Capítulo 20

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Asher King

Ver a Alex sonreír, aunque fuera tímidamente, mientras ayudaba a decorar cupcakes en la cocina, era probablemente la cosa más importante que había visto en toda la semana.

Ailén se movía entre la isla central y el horno como un rayo de sol, con esa facilidad suya de transformar cualquier espacio en algo cálido, acogedor, seguro.

Incluso después del infierno que habíamos vivido en el colegio, incluso después de la furia que aún me retumbaba en las venas, ella conseguía que el ambiente se sintiera... ligero. Como si todo pudiera ser reparado.

Megan, subida en un pequeño banco, salpicaba crema y chispitas de colores por toda la encimera, riendo a carcajadas, y Alex, tímido todavía, pero ya menos encogido, la miraba con una sonrisa diminuta que me apretó el corazón.

Eros, apoyado contra la encimera, vigilaba la escena como un lobo guardián. Sus ojos, normalmente duros, ahora eran suaves cuando miraban a los niños... y cuando miraban a Ailén.

Yo también la miraba.
Era imposible no hacerlo.

El cabello de Ailén caía en una coleta despeinada, algunos mechones sueltos enmarcándole el rostro enrojecido por el calor del horno y el esfuerzo. Sus mejillas estaban sonrosadas, y en la comisura de sus labios persistía una sonrisa tranquila que, honestamente, me mataba lentamente.

En un momento, Ailén se acercó a Alex con una manga pastelera llena de crema azul.

—¿Quieres decorar uno tú solo, campeón? —le ofreció en voz baja, como si fuera un secreto entre ellos.

Alex dudó un segundo, pero finalmente asintió.

Le tendió la manga pastelera con toda la ceremonia de quien entrega una espada mágica a un joven héroe. Alex tomó la manga con manos inseguras pero brillantes de emoción.

Megan aplaudió suavemente, emocionada por él.

Y por un instante, por un pequeño instante, todo estuvo bien.

Cuando terminaron, los cupcakes decorados parecían un arcoíris desordenado y caótico, pero a nosotros nos parecieron perfectos.

Megan y Alex miraron a Ailén con orgullo.

—¿Podemos ir a enseñarlos? —preguntó Megan saltando de alegría.

Ailén asintió.

—Claro, cielo. Llévenlos al salón. Sorprendan a los demás.

Eros ayudó a Megan a bajar con cuidado del banco. Alex, ya con una bandeja pequeñita en manos temblorosas, caminaba a su lado, concentrado en no dejar caer nada.

Cuando salieron, las risas de Megan resonaron por el pasillo como campanillas.

Y entonces quedó silencio en la cocina.
Un silencio diferente.

Ailén se giró para limpiar la encimera, pero sus manos temblaban ligeramente.

No era del esfuerzo.

Lo supe en cuanto vi cómo mordía su labio inferior, en cuanto noté el leve temblor de su respiración.

Eros también lo notó.

Nuestros ojos se encontraron brevemente, y en ese cruce silencioso hubo un acuerdo tácito: era ahora.

Avancé primero.

Me acerqué despacio a Ailén, colocándome a su espalda, tan cerca que casi podía sentir la electricidad brotando de su piel.

Llevé las manos a sus caderas, acariciándolas suavemente, como quien marca territorio con adoración y hambre contenida.

Ella se tensó un segundo, pero no se apartó.
Incliné la cabeza, acercando mis labios a su oído.

—Eres increíble —murmuré, mi voz ronca, cargada de algo más que simple agradecimiento.

Eros se colocó frente a ella, apoyando una mano sobre la encimera, bloqueándole cualquier posible escape.

Los ojos de Ailén buscaron los suyos.

—Todo el rato pensando en los niños... en Alex, en Megan... —dijo Eros en voz baja, acariciándole el rostro con el dorso de la mano—. Siempre pensando en los demás.

La mano de Eros bajó lentamente, rozando su cuello, sus clavículas expuestas por el escote amplio del jersey.

Yo la giré suavemente hacia mí, haciendo que su espalda descansara contra mi pecho.

Ella cerró los ojos un instante, como absorbiendo la sensación de nuestros cuerpos rodeándola.

Mis manos se deslizaron por su cintura, ascendiendo lentamente, mientras Eros acercaba su rostro al suyo, apenas rozando sus labios sin llegar a besarlos.

La tensión era casi insoportable.

El corazón de Ailén latía desbocado contra mi palma, y juro que el mío no iba mucho más lento.

Me incliné para besarle el hombro expuesto, despacio, dejando que mis labios acariciaran su piel sensible.

Ella soltó un suspiro que parecía llevar días atrapado.

Eros sonrió de lado, con esa expresión suya de lobo a punto de devorar.

—Déjanos cuidar de ti, Ailén —susurró, apenas rozando su boca contra la de ella.

La vi morderse el labio inferior, debatiéndose un segundo.

Pero no huyó.
Jamás huía.

Se entregó.

Primero a Eros, cuando él la besó despacio, tomándose su tiempo, como quien saborea un regalo precioso.

Y luego a mí, cuando giré su rostro hacia mí y la besé con hambre, con la necesidad brutal que llevaba días, semanas acumulando.

Entre nosotros, Ailén temblaba, no de miedo, sino de algo mucho más profundo.

De deseo.
De amor.


Por cierto, de dónde sois??

Mujeres KingDonde viven las historias. Descúbrelo ahora