Asher King
Llegamos todos juntos, en el mismo coche. El ambiente era silencioso, más que de costumbre, y no por falta de conversación... sino por exceso de pensamientos. Era el primer día de universidad de Ailén después del accidente. Volvía con una sonrisa tímida en los labios, pero sus dedos jugaban con la tela del pantalón con un nerviosismo que no podía esconder.
—¿Estás segura? —preguntó Ander, girándose desde el asiento del copiloto para mirarla.
—Sí, tengo que volver en algún momento —respondió ella, firme. Pero su voz temblaba un poco.
Cuando el coche se detuvo, todos salimos en silencio. Ailén ajustó la mochila sobre su hombro, y Ander sin decir nada le colocó una mano en la espalda. El gesto era sutil, pero lo decía todo. Se fueron caminando juntos hacia el edificio de cocina, cruzando el campus entre murmullos y miradas curiosas.
Nos quedamos atrás Leia, Adriel y yo. Caminamos en dirección al edificio de psiquiatría y empresariales, aunque ninguno parecía con prisa por llegar.
—¿Por qué me miráis así los dos? —preguntó Leia de pronto, cortando el silencio.
—¿Así cómo? —respondió Adriel, fingiendo ignorancia.
—Como si fuera una bomba a punto de explotar —refunfuñó ella, caminando un poco más rápido. No sirvió de mucho: nosotros la seguimos igual.
—Tal vez lo eres —dije con calma, observando cómo sus hombros se tensaban.
Ella giró sobre sus talones, abrupta, enfrentándonos con una mirada de fuego.
—¿Y a ti qué te importa?
Adriel apretó la mandíbula.
—Me importa, Leia. Me importas tú —dijo, con la voz baja pero cargada. Se acercó, demasiado. Leia no retrocedió.
Yo los observaba a los dos, sintiendo cómo la tensión se pegaba a la piel, casi doliendo. La rabia de Leia no era rabia. Era miedo. Era deseo. Era todo eso que no sabía cómo manejar. Y Adriel... él ya había perdido el control. Lo veía en los ojos.
—¿Vas a decir algo más o solo piensas seguir mirándome como un idiota? —espetó ella.
—No voy a decir nada —intervine yo, acercándome—. Pero si sigues con esa actitud, te juro que el que no se va a controlar soy yo.
Los ojos de Leia se clavaron en los míos. Luego se movieron hacia Adriel, después de nuevo hacia mí.
—¿Ah, sí? ¿Y qué harías?
No pensé. Solo actué. La tomé del brazo y la llevé hacia el baño más cercano, arrastrando a Adriel con una mirada.
La puerta se cerró con un golpe suave.
Dentro, el silencio era eléctrico. Leia estaba en medio de los dos, con la respiración agitada. Sus mejillas rojas. Su pecho subiendo y bajando rápido.
—Dilo otra vez —le susurró Adriel, acorralándola con el cuerpo, pero sin tocarla.
—¿Qué...? —preguntó, casi sin voz.
—Dinos que no lo quieres —dije yo, acortando la distancia. —Dinos que no te mueres por esto.
Ella tragó saliva. Sus labios entreabiertos. Sus pupilas dilatadas. Pero no dijo nada.
Y entonces Adriel la besó.
No fue un beso suave. Fue furioso, urgente. Leia respondió con las mismas ganas, con las mismas ganas con las que discutía, con las que miraba, con las que vivía. Cuando se separaron, jadeando, sin siquiera procesarlo bien, yo también la besé. No como Adriel. Fue distinto. Más profundo. Más controlado, pero igual de intenso. Y esta vez, ella no reaccionó con sorpresa. Solo se dejó llevar.
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Mujeres King
Novela JuvenilEllas, mejores amigas de la infancia Ellos, hermanos de distintas madres ¿Que pasaría si dos de sus hermanos vinieran un día diciendo que han encontrado a la indicada, a la mujer con la que se casarán? ¿Y si en vez de una fueran dos? Desde hace ya...
