Capítulo 18

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Leia Clark

El reloj marcaba las dos de la tarde cuando apagué el motor del coche frente al colegio, acomodé mi bolso sobre el hombro y me bajé, aspirando el aire fresco que corría bajo el cielo limpio de nubes. A esa hora, el patio del colegio comenzaba a llenarse de padres que esperaban a sus hijos; algunos charlaban entre ellos, otros revisaban distraídamente sus móviles, y había quienes, como yo, miraban hacia el edificio principal con una sonrisa ligera, esperando ver salir a los pequeños.

Caminé entre ellos con paso tranquilo, esquivando balones rodando, mochilas abandonadas en el suelo y carreras infantiles que estallaban en carcajadas, sumergiéndome en ese ambiente bullicioso pero inocente que siempre acompañaba las salidas escolares. Llegué hasta el corredor principal, dejando atrás la verja metálica, y avancé siguiendo la conocida ruta hacia el aula de Megan.

El pasillo olía a crayones, papel recién cortado y el leve aroma del desinfectante matinal. Las paredes estaban decoradas con dibujos coloridos y carteles hechos por manos pequeñas. Todo parecía exactamente como debía ser, pero aun así, una inquietud sorda se enroscó en mi pecho. Sacudí la cabeza para disiparla. Era absurdo. Solo venía a recoger a mi niña.

Nada podía salir mal.

Me detuve frente a la puerta del aula de Megan, que estaba abierta de par en par. Me asomé discretamente y vi a mi pequeña sentada en una de las mini sillas, abrazando a su inseparable osito Lulu. Estaba tan concentrada en su juego de bloques que no me vio de inmediato. Sonreí sin poder evitarlo.

—Buenas tardes —dije, dejando que mi voz suave llenara la sala.

Megan levantó la cabeza y, al verme, su rostro se iluminó con esa pureza que solo tienen los niños. Soltó los bloques y corrió hacia mí con los brazos abiertos.

—¡Mami Leia! —gritó emocionada mientras se lanzaba a mis brazos.

La recibí en un abrazo apretado, sintiendo su cuerpecito cálido y la energía vibrante que siempre la acompañaba. Acaricié su cabello sedoso mientras ella me bombardeaba de palabras, contándome, atropelladamente, que hoy habían hecho una granja de cartón, que ella había creado un caballo que se parecía más a un dinosaurio, pero que la maestra dijo que era el caballo más bonito de todos.

Reí suavemente y la levanté en brazos mientras la maestra se acercaba para entregarme una carpeta con dibujos, además de su abrigo.

—Todo en orden —dijo la joven profesora con una sonrisa amable.

—Gracias —respondí, acomodando el abrigo bajo mi brazo y sujetando a Megan contra mí.

Salimos del aula y empezamos a caminar hacia la salida del colegio. Megan, subida a mi cadera, hablaba sin parar sobre sus actividades mientras yo la escuchaba con atención fingida, atrapada en esa ternura que solo ella podía provocar.

Estábamos a punto de doblar la esquina que llevaba directamente al portón cuando algo detuvo mi avance.

Un sonido seco, brutal, rompió el murmullo alegre del colegio.

¡PLAF!

Me congelé. Megan también lo sintió; se tensó en mis brazos y, por un segundo, el mundo pareció contener la respiración.

Desde un pasillo lateral, a pocos metros, surgió un gemido sofocado. No podía ver qué estaba pasando, pero el instinto maternal me gritaba que algo andaba terriblemente mal.

Dejé a Megan suavemente en el suelo, asegurándome de que se pegara contra la pared, y la miré a los ojos.

—No te muevas de aquí, ¿entendido? —le dije con una voz firme que apenas reconocí como propia.

Mujeres KingDonde viven las historias. Descúbrelo ahora