Leia Clark
La calma después de la tormenta.
El viaje de regreso a la mansión se hizo en silencio.
Un silencio pesado, cargado de emociones contenidas, como si el aire dentro del coche fuera demasiado denso para respirar con normalidad. Megan dormitaba apoyada contra mi costado, aferrada a su osito Lulu, mientras Alex descansaba en brazos de Eros, con la carita todavía húmeda de lágrimas, aunque sus ojitos ya se cerraban por el cansancio.
Nadie decía una palabra. No hacía falta.
La furia seguía palpitando en el ambiente, pero ahora estaba controlada, canalizada, esperando el momento justo para estallar de la forma correcta.
Cuando el coche entró en los terrenos de la mansión King, las puertas se abrieron con su habitual majestuosidad y el personal salió a recibirnos. No obstante, uno de ellos corrió enseguida hacia la casa principal para avisar a Ailén de nuestra llegada.
Ailén, siempre atenta, ya esperaba en la puerta cuando los vehículos se detuvieron frente a la entrada. Vestía unos vaqueros cómodos y un jersey amplio, su cabello recogido en una coleta alta. Sonrió al vernos... hasta que notó nuestras caras.
Su expresión cambió al instante.
Cojeó hacia nosotros, su mirada saltando de Alex a Megan, de Megan a mí, buscando respuestas.
—¿Qué pasó? —preguntó en voz baja, temiendo la respuesta.
Eros no soltó a Alex mientras entrábamos, pero yo me acerqué a Ailén y, con la voz más serena que pude reunir, le conté todo: la bofetada, el escándalo en el colegio, la llegada de los chicos, la expulsión inmediata de la maestra.
Ailén escuchó sin interrumpir, pero vi cómo su expresión se endurecía a medida que hablaba.
Sus puños se apretaron inconscientemente a los costados.
Cuando terminé, sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y rabia.
—Esa mujer... —murmuró—. Esa maldita mujer...
Eros se acercó entonces, bajando a Alex que aún se aferraba a su cuello como si temiera que lo volvieran a alejar de él. El pequeño alzó la mirada, vulnerable, asustado, todavía demasiado callado para ser el niño alegre que todos conocíamos.
Ailén se agachó frente a él, sonriéndole con dulzura.
—¿Sabes qué cura los días malos, campeón? —le preguntó en voz baja.
Alex negó tímidamente con la cabeza, con los ojos empañados.
—Los cupcakes —respondió ella guiñándole un ojo.
Eros sonrió por primera vez en todo el día, asintiendo.
—Los cupcakes de Ailén son mágicos —añadió, acariciándole el cabello a Alex.
—Ven, pequeño —intervino Asher, tomando la mano libre de Alex—. Vamos a la cocina. Vamos a hacer los cupcakes más increíbles que hayas visto.
Megan, que no había soltado mi mano desde que bajamos del coche, parpadeó y se enderezó emocionada.
—¿Yo también puedo ayudar? —preguntó en un susurro esperanzado.
—Por supuesto, princesa —le sonrió Ailén, extendiéndole la otra mano—. Eres nuestra pastelera de honor.
Mientras ellos tres —Ailén, Eros y Asher— se dirigían a la cocina acompañados por Alex y Megan, riendo suavemente y empezando a decidir los sabores de los cupcakes, nosotros nos quedamos en el gran salón, donde la seriedad volvió a caer como un manto inevitable.
Hades, Ares, Adriel, Ander y yo nos sentamos alrededor de la enorme mesa de roble. Nadie sonreía. Nadie relajaba los hombros.
Era el momento de actuar.
Hades apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando las manos frente a su rostro, su mirada fija, helada.
—Necesitamos destruirla —dijo simplemente.
—No solo a ella —añadió Ares, su voz un gruñido contenido—. También al colegio. Si no hacemos algo, cubrirán todo, fingirán que fue un error, que no sabían nada...
Adriel, siempre meticuloso, ya había abierto su portátil. Sus dedos volaban sobre el teclado mientras sus ojos se volvían aún más fríos.
—Estoy recopilando antecedentes —informó—. Esta mujer no tiene denuncias anteriores, pero con el video que grabaron hoy, tenemos suficiente para arruinarla. Y al colegio también, por negligencia.
Ander, que rara vez hablaba en reuniones tensas, apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Qué quieres hacer exactamente, Hades?
La mirada de Hades era un abismo.
—Primero, una denuncia penal. Agresión a menor. Segundo, demanda civil. Daños emocionales, daños físicos, daño psicológico.
—Hizo una pausa antes de añadir con una voz más baja—: Y tercero, presión mediática. Vamos a asegurarnos de que su nombre esté en cada noticiero, en cada red social, en cada rincón de este país.
Asentí lentamente. Mi corazón latía rápido, pero con una fuerza nueva, determinada.
—Quiero hacerlo también —dije—. Quiero
ser parte de la denuncia. Estuve allí. Fui testigo.
Hades me miró durante un largo momento, como evaluándome, y finalmente asintió.
—Lo serás —confirmó—. No vamos a dejar pasar esto. No después de lo que le hizo a Alex.
Desde la cocina llegaba el sonido de risitas infantiles, el tintinear de utensilios, y el inconfundible olor dulce de la vainilla empezaba a llenar el aire.
Era como un recordatorio silencioso de por qué luchábamos.
No era solo venganza.
Era justicia.
Era protección.
Era amor.
Y los King no sabían hacer las cosas a medias.
Cuando termináramos con esa maestra, y con cualquiera que intentara encubrirla, aprenderían lo que significaba tocar a uno de los nuestros.
Nunca más.
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Mujeres King
Novela JuvenilEllas, mejores amigas de la infancia Ellos, hermanos de distintas madres ¿Que pasaría si dos de sus hermanos vinieran un día diciendo que han encontrado a la indicada, a la mujer con la que se casarán? ¿Y si en vez de una fueran dos? Desde hace ya...
