Asher King
Yo no hablo mucho.
No porque no tenga nada que decir.
Sino porque no todo lo que se siente... debe ponerse en palabras.
A veces solo basta con estar.
Mirar.
Escuchar.
Y últimamente, lo que más hago es observarlas.
Ailén, con su sonrisa nerviosa, sus sonrojos inesperados, su forma de apretar los labios cuando se siente observada.
Leia, con esa mirada firme, ese escudo que usa como piel, esa calma calculada que esconde una tormenta que me gustaría ver desatarse.
Ellas llegaron como un accidente.
Como una pausa.
Y, sin embargo, han ocupado espacios que no sabíamos que teníamos vacíos.
——————————————————
Estoy apoyado en la baranda del segundo piso. Veo el salón desde arriba.
Megan se ríe con Alexander.
Ailén juega cartas con Adriel y Eros.
Leia discute con Hades sobre un libro, y lo hace como si estuviera a punto de arrancarle la camisa solo con argumentos.
Ander camina por detrás de ellas con una bandeja de jugos que nadie pidió.
Ares trae cojines extra. Todos hacen algo.
Yo no.
Yo solo veo.
Y me doy cuenta de algo que quizás los demás ya saben... pero no dicen en voz alta:
Las queremos.
No como una ilusión.
No como una fantasía.
Las queremos aquí.
En el medio de este caos organizado que es nuestra casa.
En nuestras rutinas.
En nuestras manos.
No sé cuándo pasó.
Solo sé que ya no importa el cuándo.
Solo el cómo seguimos.
——————————————————
Más tarde, cuando la casa se apaga poco a poco, bajo las escaleras en silencio. Me cruzo con Leia, que también camina hacia la cocina. Nos miramos sin decir nada.
Ella es así.
Y yo también.
Por eso la entiendo.
Nos acercamos como si nada.
Pero el silencio entre nosotros es tan denso como un secreto compartido.
—¿Té? —le pregunto al llegar a la barra.
—Sí —dice. Solo eso.
Y nos quedamos ahí. Tomando té. Sin hablar.
No necesitamos llenar el aire con palabras.
Porque esta calma que compartimos
es más íntima que cualquier caricia.
Alexander King
A veces me despierto de noche y me da miedo.
Antes no tenía casa de verdad.
Y mis papás... no me querían mucho.
Me iban a dejar.
Pero mis hermanos dijeron que no.
Que no me iban a dejar solo.
Así que vivo con ellos. Los seis. Son mis hermanos, pero son como muchos papás en uno.
Me cuidan.
Me abrazan.
Me enseñan cosas.
Me hacen reír.
Y me quieren. Yo sé que sí.
Antes tenía miedo de dormir solo.
Ahora no. Porque siempre hay alguien en la casa.
A veces me duermo en el sofá y cuando me despierto, ya estoy en la cama.
No sé quién me lleva, pero huele a jabón y a cariño.
Y ahora están ellas.
Leia me escucha de verdad. Se ríe conmigo. Me habla como si yo fuera importante.
Y cuando me peino mal, me peina otra vez, aunque diga que no sabe hacerlo.
Ailén me deja ayudarla. Me dice "gracias" cuando le paso algo, como si yo fuera grande.
Y cuando me acerco a abrazarla, me abraza tan fuerte que siento que soy parte de su corazón.
Y Megan...
Megan es mi persona favorita.
Jugamos, nos peleamos, nos perdonamos y después jugamos otra vez.
Ella me toma la mano cuando tengo miedo. Y cuando estoy triste, me dice "yo me quedo contigo".
A veces pienso qué pasaría si ellas se van.
Y no me gusta pensar eso.
Porque con ellas... la casa se siente más llena. Más feliz. Más mía.
Yo no sé qué va a pasar después.
Pero sí sé que ahora, por fin, tengo familia.
Y no quiero perderla nunca.
Aunque ellas no son mi mamá.
Nunca tuve mamá.
Pero con ellas... ya no me siento solo.
ESTÁS LEYENDO
Mujeres King
Teen FictionEllas, mejores amigas de la infancia Ellos, hermanos de distintas madres ¿Que pasaría si dos de sus hermanos vinieran un día diciendo que han encontrado a la indicada, a la mujer con la que se casarán? ¿Y si en vez de una fueran dos? Desde hace ya...
