Capitulo 14

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Ailén Wilson

Llevo casi una semana recuperándome...

Y aún no sé cómo no he terminado desmayada de tantas atenciones.

Porque desde que salí del hospital, Leia, Megan y yo estamos quedándonos en la mansión de los King. No porque nos falte espacio en nuestra casa, sino porque, palabras textuales de Hades, "tu casa no tiene sala de cine ni jacuzzi con hidromasaje terapéutico de cinco chorros, así que no sirve para una convaleciente."

Y no. No puedes discutir con alguien que te dice eso mientras te acomoda dos cojines detrás de la espalda y te pone un chocolate caliente en las manos.

Y eso es solo Hades.
Ahora multiplícalo por seis.

Ander cocina como si fuera dueño de medio planeta gourmet.
Ares insiste en levantarme en brazos cada vez que digo "ay".
Asher hace como que me ignora, pero siempre es el primero en acercarse cuando me quejo.
Eros me analiza como si fuera su paciente VIP.
Adriel me lee libros antes de dormir.
Y Alexander... bueno, Alexander simplemente se ha enamorado de Megan y ahora son un dúo dinámico.

Literalmente, los pillé pintando una "señal de tráfico" en mi puerta que decía "Zona de Mamás: prohibido molestar".

Leia Clark

—¿Cómo te sientes hoy? —le pregunto a Ailén mientras entro en su habitación con una bandeja en las manos.

Ella me lanza esa mirada suya, medio muerta por dentro y medio divertida. Su favorita últimamente.

—Como si hubiera sido atropellada por una limusina, pero que luego me dejaron en una suite cinco estrellas con servicio a la cama.

—Una forma muy elegante de decir "como la mierda" —le digo mientras dejo la bandeja sobre sus piernas.

—Estoy viva, ¿eso cuenta?

—Con lo terca que eres, más de lo que esperábamos.

Ailén bufa una risa leve, pero sus labios se curvan. Le duele reír, pero lo hace igual. Por eso la amo.

Hoy es sábado. El sol entra por las ventanas de la habitación enorme de la mansión King, filtrado por las cortinas blancas que parecen sacadas de una revista de decoración. Llevamos aquí una semana entera, desde que Ailén salió del hospital.
Porque no, nuestra casa no tiene un elevador interior ni pasillos tan largos que Megan y Alexander los usan como pista de carreras.

Y no, nuestra casa no tiene seis hombres con cuerpo de pecado, ojos eléctricos o mirada asesina, que se turnan para cocinar, cargar a Megan, revisar que Ailén no se esfuerce, y de paso, hacernos la vida difícil. O... interesante.

Los King no solo son ricos y guapos. También son atentos. Lo cual es más peligroso todavía.

—¿Dónde están los terremotos? —pregunta Ailén entre sorbos de café.

—Fuera con Adriel y Asher. Iban a montar una tienda de campaña en el jardín con sábanas y palos de escoba.

—¿Y si se matan?

—Los King los cuidan. Entre los seis podrían montar una empresa de niñeras con trajes y tatuajes.

—Sí, pero cobrarían en caricias y miradas peligrosas.

—Eso explicaría por qué Ares me guiñó el ojo cuando me ofreció el pan.

Ailén se ríe. Más fuerte esta vez. Se queja y se agarra el costado. Y yo me acerco para ajustarle la almohada y rozarle el muslo sin querer.

O queriendo.
Tal vez ambas.

—Gracias por cuidarme —murmura. Y por un segundo, su voz suena más bajita de lo normal. Como si no quisiera que nadie más lo oyera.

—Siempre, idiota —le digo, y le acaricio el cabello con cuidado.

——————————————————

Por la tarde, todos estamos reunidos en el salón principal.

Megan y Alexander están tirados en la alfombra, con una tablet entre los dos, viendo caricaturas.

Ares y Ander juegan ajedrez en una esquina con la concentración de asesinos a sueldo.
Eros se ha adueñado de la cocina abierta y prepara algo con demasiados ingredientes, aunque nadie le preguntó qué.

Adriel y Asher discuten sobre qué película ver esta noche, mientras Hades, por supuesto, no dice nada. Solo observa. Como siempre.

Y Ailén está sentada conmigo en el sofá largo, con una manta en las piernas y una mirada perdida entre los libros que Adriel dejó por ahí.

—No te aburras —le digo al oído, aprovechando que todos están ocupados.

—¿Yo? Jamás. Estoy rodeada de hombres peligrosamente atractivos, comida gratis y tú.

—Vaya, ¿yo soy parte de lo último o de lo primero?

—Tú estás en una categoría aparte: tentación reincidente.

Me río.
Y sin decir más, le acomodo la manta, le rozo el muslo con los dedos al subirla. No porque haga frío. Sino porque quiero.
Ella no se mueve. Solo se queda mirándome. Esas mejillas suyas empiezan a tomar color. Me mira los labios. Yo hago lo mismo.

Y entonces, como si Megan tuviera un radar para momentos casi eróticos, grita desde el suelo:

—¡Quiero helado!

Ailén se ríe. Yo suelto un suspiro dramático.

—¿Quieres que te traiga uno también? —le pregunto mientras me levanto.

—Solo si te quedas a ver la película conmigo después —me responde, medio seria, medio jugando.

—Sabes que no me vas a sacar de tu lado tan fácil, ¿no?

—Eso espero.

Nos quedamos mirándonos por un segundo más, ese segundo que dura el doble cuando lo compartes con alguien que te importa de verdad. Y entonces, sin más palabras, le guiño un ojo, le lanzo un beso al aire y me voy a la cocina con el corazón, un poquito más blando.

Narrador omnisciente

Desde su lugar en el sofá, Adriel observa.
La taza tibia entre las manos, los ojos fijos en esa interacción que parece pequeña, pero no lo es.

Ve cómo Leia se levanta entre risas y se aleja hacia la cocina.

Ve cómo Ailén la sigue con la mirada, sin siquiera notarlo. Mordiéndose apenas el labio.

Como si no quisiera que nadie lo viera.
Como si olvidara que él también estaba allí.

Y Adriel no dice nada.
No necesita hacerlo.
Porque lo entiende.

Porque empieza a pasar, y lo sabe.
No es celos lo que siente.
Es certeza.

Esto no va a quedarse así por mucho tiempo.

No con ellas.
No entre ellos.

Y cuando el momento llegue, no va a ser un salto.

Va a ser una caída lenta, compartida, inevitable.

Y nadie —ni siquiera él— va a querer detenerla.

Mujeres KingDonde viven las historias. Descúbrelo ahora