Capítulo 23

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Adriel King

El sonido del teclado cesó.

Los últimos archivos ya estaban en circulación, ardiendo en las redes como un incendio que nadie podría apagar.

Me recosté en la silla, cruzándome de brazos, mientras el despacho caía en un silencio extraño. No tenso. No del todo.
Era... expectante.

Leia seguía allí, de pie cerca de la mesa, su postura rígida pero su expresión algo más suave ahora.

Sus ojos ámbar recorrieron uno a uno nuestros rostros, como si evaluara. Pensará.
Buscará algo.

Y por primera vez, no parecía dispuesta a pelear.

Hades se acercó lentamente, sus pasos firmes como siempre. Se detuvo apenas a un metro de ella.

—Has demostrado más lealtad que muchos que llevan años a nuestro lado —dijo, su tono bajo, casi confidencial.

Leia apretó los labios, como si no supiera qué responder a eso.

—Aquí —intervino Ares desde la esquina de la mesa, su voz grave llenando el espacio—, los actos pesan más que las palabras.

Ander sonrió, ladeado.

—Y tú, princesa, acabas de anotarte un buen punto.

Leia frunció el ceño al apodo, pero no replicó. Solo bajó la mirada un segundo, como escondiendo una sonrisa que no quería regalar.

Yo me levanté también, despacio, acercándome un paso. No para acorralarla. No era eso.

Era... algo más primitivo. Como si estuviéramos reconociéndonos mutuamente.

Como iguales.

—Con nosotros —dije—, no necesitas máscaras.

—Ni armaduras —añadió Hades, su voz un susurro áspero.

Leia levantó la vista, directo a sus ojos.
Por un instante, el tiempo se congeló.
La dureza que solía tener tatuada en la expresión se agrietó apenas, mostrando algo que no era debilidad, sino algo mucho más real: el cansancio de siempre tener que pelear.

—No confío en cualquiera —murmuró ella, casi como una advertencia.

Ares se encogió de hombros. —Perfecto. Nosotros tampoco.

La respuesta, simple pero brutalmente honesta, pareció desarmarla más que cualquier discurso largo.

Leia suspiró, bajando un poco la guardia, y en un movimiento casi inconsciente se apoyó con la espalda en el borde de la mesa.

No huyendo.
Quedándose.

Ander, que la observaba como un halcón midiendo sus reacciones, deslizó un bolígrafo entre los dedos distraídamente.

—Sabes, normalmente no dejamos entrar a nadie en nuestro círculo —comentó, su voz más baja, como si compartiera un secreto—.
Mucho menos alguien que podría destrozarnos si quisiera.

Leia ladeó la cabeza, evaluándolo, con una chispa de curiosidad brillando en su mirada.

—¿Y si quisiera? —preguntó, su tono desafiante.

Yo solté una risa corta.

—Entonces sería una idiota. —Di un paso más cerca, sin romper el contacto visual—. Porque cuando alguien tiene a un King de su lado... nunca está sola.

Su expresión cambió. Apenas un segundo.
Una emoción cruda, casi dolorosa, cruzó sus rasgos.

Pero enseguida la enterró bajo su habitual sarcasmo.

—Grandes palabras —dijo, cruzándose de brazos.

—No hablamos en vano —sentenció Hades.
La miramos. Todos.

No como un enemigo.
No como una amenaza.
Como... algo más.

Algo que podría convertirse en parte de nosotros si así lo decidía.

Leia bajó la cabeza un segundo, su cabello rubio deslizándose como seda sobre sus mejillas.

Cuando volvió a mirarnos, sus ojos brillaban de determinación.

—Entonces demuéstrenlo —retó, su voz firme.

Sonreímos. No de burla. No de victoria.
De entendimiento.

El primer paso estaba dado.
Ella no sabía aún, no podía saberlo, pero nosotros ya lo habíamos decidido:
No íbamos a dejarla ir.

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