Adriel King
El salón principal de la mansión King, acostumbrado a los ecos solemnes de nuestras reuniones y al murmullo contenido de conversaciones importantes, hoy parecía otro.
La luz dorada de la tarde se filtraba por los ventanales y el aroma cálido y dulce de vainilla y chocolate flotaba en el aire, impregnándolo todo de una sensación de hogar.
Desde mi sitio, observé cómo Megan entraba corriendo con su pequeña bandeja en las manos, su cabello negro rebotando en cada paso, seguida muy de cerca por Alex, concentrado al máximo en no dejar caer nada.
La escena me sacó una sonrisa antes incluso de poderlo evitar.
Megan, adelantándose como siempre, parecía caminar sobre nubes de orgullo. Su sonrisa era radiante, como si llevara en sus manos el secreto de la felicidad absoluta. Alex, con su lengua apenas asomando entre los labios y las cejas fruncidas de concentración, la seguía como un pequeño soldado.
Ares y Ander, que estaban sentados frente a unos documentos estratégicos, fueron los primeros en reaccionar. Ander dejó la carpeta a un lado, sus labios curvándose en una sonrisa genuina, de esas que pocas veces concedía. Sonrisas reales, esas que no sabían de máscaras.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó Ander, su voz cargada de esa calidez que reservaba solo para momentos especiales.
—¡Cupcakes mágicos! —declaró Megan con orgullo, su risa clara llenando el salón como campanas en primavera.
No pude evitar reír bajo la nariz. A pesar de todo el caos que solíamos vivir, esos pequeños instantes eran los que más valoraban, aunque casi nunca lo admitiéramos en voz alta.
Alex se acercó, su bandeja temblando ligeramente entre sus manos pequeñas. Me incliné para ayudarlo, pero Hades fue más rápido, arrodillándose frente a él y tomando uno de los cupcakes con cuidado, como si fuera una reliquia.
—¿Mágicos, eh? —preguntó Hades con una sonrisa ladeada.
—¡Sí! ¡Si los comes te pones feliz! —aseguró Megan, completamente convencida.
La risa brotó de nosotros como una ola suave. Hasta Hades, siempre tan severo, dejó escapar una carcajada real, breve pero sincera, mientras alzaba su cupcake torpemente decorado.
—Este será mi favorito —anunció, sosteniéndolo en alto como si fuera un brindis solemne.
El pequeño Alex soltó una risita baja, apenas un susurro, pero ese sonido... Dios. Ese pequeño sonido bastó para apretar algo dentro de mí que creía perdido.
Alex empezaba a confiar de nuevo. Y nosotros estábamos siendo testigos de su milagro.
Sin pensarlo, nos unimos a la escena: Ander, Ares, Hades, Leia y yo tomamos nuestros cupcakes. Incluso yo, que no era amante de estas cursilerías, terminé permitiendo que Megan me untara un poco de crema en la nariz. Fingí un gruñido de fastidio mientras ella soltaba carcajadas musicales.
En esos minutos, todo fue perfecto.
Y por un instante, creímos que el mundo allá afuera no existía.
Pero la perfección dura lo que tarda en cruzarse una sombra.
Hades se levantó, limpiándose las manos con una servilleta de lino, y su expresión cambió en un parpadeo. La dulzura desapareció como si nunca hubiera estado.
—Es hora —dijo, su voz firme, cortando el aire.
La calidez se disipó.
La familia King volvía al campo de batalla.
Megan y Alex, ignorantes de la tormenta que se avecinaba, fueron llevados hacia la cocina por Ailén, Eros y Asher, entre promesas de más juegos y dulces.
Y nosotros —Hades, Ares, Ander, Leia y yo— nos dirigimos al despacho principal.
El clic de la puerta cerrándose a nuestras espaldas fue como el sonido de un sello en un contrato. Afuera, seguía existiendo el hogar. Dentro de esas paredes, se estaba gestando la guerra.
La mesa estaba cubierta de dispositivos: portátiles abiertos, móviles vibrando, papeles desordenados pero estratégicamente organizados. La luz era más tenue aquí, filtrándose a través de las gruesas cortinas como si incluso el sol supiera que debía quedarse fuera.
Me senté frente a mi portátil, dedos ya en movimiento sobre el teclado. La recopilación de pruebas estaba casi completa. Solo quedaba el toque final.
—¿Tenemos el video? —preguntó Ares, apoyándose en la mesa con los brazos cruzados.
No aparté la vista de la pantalla mientras respondía:
—Sí. Tenemos varias grabaciones: padres, alumnos, cámaras de seguridad. Ángulos de sobra.
Leia, sentada a mi lado, mantenía los puños apretados. Su rabia era un latido sordo que se sentía en el aire.
—Difundámoslo —dijo, su voz una cuchilla afilada.
Hades asintió de inmediato, sin un atisbo de duda.
—Ya contacté a nuestros periodistas de confianza. —Se volvió hacia mí—. Adriel, filtra el material en redes sociales. Que parezca espontáneo. Padres indignados. Nada que nos relacione.
—En eso estoy —contesté, los dedos volando sobre las teclas.
Ander revisaba en su móvil listas de medios locales y nacionales, su ceño fruncido en concentración.
—En menos de dos horas esto será titular local —murmuró—. Y para mañana, nacional.
Me permití una sonrisa breve.
Lo lograríamos. No había otra opción.
Hades se enderezó, su silueta proyectando una sombra alargada sobre nosotros.
—No vamos a permitir que esto se olvide —declaró con esa voz suya que admitía pocas réplicas—. Vamos a asegurarnos de que esa mujer no pueda encontrar trabajo ni como repartidora de volantes.
Ares soltó una risa breve, seca, más un gruñido que una carcajada.
—Con suerte, tampoco podrá caminar tranquila por la calle.
Leia, con los ojos reluciendo de pura furia, añadió:
—Y el colegio que la encubrió caerá con ella.
Nos miramos unos a otros.
No hubo discursos grandilocuentes. Solo asentimientos silenciosos.
Éramos un frente unido. Una familia.
Una manada.
Y la manada protege a los suyos.
Mientras tanto, en el exterior de la mansión, la tormenta empezaba a formarse:
Los primeros videos ya comenzaban a recorrer la red como un incendio alimentado por gasolina.
Y allí, en el corazón de nuestro refugio, nosotros nos manteníamos firmes, planificando, anticipando cada posible movimiento.
La guerra había empezado.
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Mujeres King
Teen FictionEllas, mejores amigas de la infancia Ellos, hermanos de distintas madres ¿Que pasaría si dos de sus hermanos vinieran un día diciendo que han encontrado a la indicada, a la mujer con la que se casarán? ¿Y si en vez de una fueran dos? Desde hace ya...
