—¡Vuela, Mephistophiel! —exclamó la Piedad.
«Arriba» y «abajo» eran nociones tan nuevas y desconocidas para mí como todo lo demás. La diferencia entre ambos extremos en oposición era todavía borrosa; sólo sabía que uno de los dos, no estaba segura de cual, se acercaba a una velocidad desmesurada.
—Tus alas. ¡Extiende tus alas, pajarillo!
Intenté obedecer a lo que me decía; pero tuve dificultad en determinar qué reflejos dominaban qué extremidades, y conseguí diferenciarlos solo momentos antes de encontrar el final de la dirección a la cual nos aproximábamos a toda velocidad. Entonces, las alas negras se extendieron como abanicos y se agitaron, y una fuerza invisible tiró de nuestros cuerpos en el sentido contrario.
Nuestro nuevo rumbo volvió a torcerse tan pronto como nos alejamos del trayecto original. Los miembros en mi espalda eran igual de torpes que los otros cuatro. Los moví de manera descoordinada y estos nos llevaron a tumbos por los aires; en una dirección, luego en otra; sin que consiguieran armonizar de manera efectiva.
La Piedad extendió sus alas doradas y las batió con energía una sola vez, con lo cual nos impulsó al fin en una orientación fija; sin embargo, no duramos muchos siguiendo un rumbo recto antes de que la torpeza de las mías volviera a empujarnos fuera de órbita y en picada otra vez. Dejé colgar el rostro y vi la distancia cerrándose otra vez entre nosotros y el suelo. Para ese momento ya no agitaba las alas y estas revoloteaban fláccidas a merced de la fuerza que nos arrastraba.
La Piedad tomó el control por completo y desplegó las suyas, las cuales agitó justo antes de que colisionásemos con el final del camino. La fuerza de la moción tiró de nuestros cuerpos, primero a un costado, y después arriba. Asió firme mis manos y tiró de ellas al elevarse por encima de mí, aleteando con más calma.
De modo repentino, nuestro turbulento vuelo se estabilizó. Una vez frente a frente, miré a su rostro sereno y afable. Pese a la agitación de los momentos previos, su sonrisa tranquila me llenó de seguridad. Presté atención al movimiento de las alas doradas e intenté imitarlo con las mías. Amenazaron con sacarnos de dirección nuevamente, pero conseguí coordinarlas y que se agitaran al mismo tiempo, con lo cual mantuvimos la dirección vertical.
Miré alrededor, desde las alturas. Al paisaje que se tendía en extensiones tan vastas que la vista no alcanzaba para divisar el final. Navegábamos por un firmamento claro e inmenso, el cual se propagaba en distancias aún más inconcebibles. No tenía nacimiento, final u horizonte; simplemente estaba; allí y en todas partes; eterno; inconmensurable...
Y sentí.
Nació en mi interior apenas como un indicio minúsculo, y después se desplegó, concentrándose en el centro de mi cuerpo. Algo se escabulló por mi garganta a través de mis labios, ahora retraídos hacia mis mejillas. Un sonido encantador; aún impreciso. Al mismo tiempo, una curiosa agitación hizo vibrar mi pecho, rebosante ahora de un sentimiento excitante y agradable.
Frente a mí, el gesto de La Piedad devolvió el mío como un eco. Curvó los labios en un arco ascendente, que puso una suave turgencia en sus mejillas arreboladas, e igualó el sonido que estremecía mi garganta:
—Sí. ¡Eso es! —me alentó.
Mi querida Piedad me acompañó de ese modo en la expresión de mi primera emoción. La dicha, de la clase más pura y absoluta, sería así el primer sentimiento que conocería... y el más precario desde ese momento y por toda la eternidad que tenía por vivir.
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Los Dos Caídos
FantasyLucifer ha castigado a su demonio más amado... convirtiéndolo en humano. Mephistopheles, el príncipe de los demonios, pasa su existencia inmortal víctima de la apatía, llevando a cabo en la Tierra la tarea de pactar almas para Lucifer, soberano de I...
