No volví a saber más nada de mi querida Estrella. Lucifer había desaparecido.
Gabriel me acompañaba en los jardines del Aurorae Palatis, en donde yo había permanecido todo el tiempo, esperando por la mejoría de Zadkiel. La culpa, tanto por lo ocurrido a la Piedad, como por el estallido en ira de Lucifer, me siguió durante todo ese tiempo como una sombra de la cual no podía desprenderme. Mis hermanos de Éter me visitaban en los jardines del palacio, de los que no volví a apartarme, y se empeñaban en brindarme conforte. Pero conforme más afanaban en ello, más hondo el remordimiento hincaba en mí sus garras.
El Mensaje y yo entretejíamos flores en los rizos del otro cuando advertimos a Rafiel acercarse. Nos envaramos, atentos a lo que tendría para decirnos, pero la suave sonrisa en sus labios parecía anunciar buenas nuevas. La Cura se apartó entonces, y detrás de sus hermosas plumas atigradas emergió la Piedad. Andaba todavía con pasos cuidadosos y su ala se mantenía rígida, como si temiera efectuar con ella cualquier movimiento; pero su expresión sincera y gentil fue la de siempre.
Me alcé del piso y me arrojé al encuentro de sus brazos. Dejé escapar un sonido que fue al mismo tiempo angustioso y aliviado en cuanto me recibió entre ellos.
—¡Oh, Zadkiel! —gimoteé contra su pecho llano y suave.
—Está bien, pajarillo... —murmuró, acariciándome el pelo con cuidado de no maltratar las flores—. Todo está bien ahora...
Gabriel nos concedió unos instantes y después se unió a nuestro abrazo, a lo que la Piedad nos atrajo a ambos contra sí. Rafiel permaneció a una distancia cauta, con las manos sobre el regazo y rostro afable. Mas si hubiese sabido entonces lo que sabría después, hubiese puesto mayor cuidado al observarlos, y quizá hubiese notado la tristeza de Rafiel, enmascarada por su sonrisa... y hubiese advertido que la de Zadkiel se había desvanecido demasiado pronto.
***
Ocho de los más preeminentes ángeles fueron llamados al Aurorae Palatis; entre ellos la Piedad. Mikael fue en representación de las Potestades; Jofiel, de los Dominios; y Rafiel, de las Virtudes; Gabriel, Camiel y Zadkiel, de los Principados. Uriel acudió en representación de los Serafines, y Azrael, de los Tronos. Esperaba ver a algún Querubín en representación de los suyos, pero no había ninguno entre los llamados. Se presentaron en la antecámara del Sanctasanctórum y deliberaron por largo tiempo sin intervención.
Para cuando concluyeron, una nueva orden había sido creada:
"La Orden de los Siete"
No supe cuál fue la determinación que se había tomado en el Aurorae Palatis, sobre la que Lucifer me advirtió, ni qué rol jugaría en ella mi creación, según me dijo también. Todo lo que supe, fue que algo había cambiado.
No era inmediatamente evidente, pero podía intuirlo en el halo que rodeaba a todos a mi alrededor. Algo había distinto en su aura, en su forma de observarme, en los susurros a la distancia, y en su modo de callar con mi proximidad.
Incluso Zadkiel estaba distinto. Sus sonrisas se habían vuelto infrecuentes y reservadas, y parecía todo el tiempo a punto de decirme algo que jamás llegaba a pronunciar. No inferí en ello. No quería causarle más problemas con mis quimeras; por lo que decidí que aguardaría por el momento en que estimara prudente hablar conmigo; tanto con respecto a mi misión; la cual, dado mi exabrupto, nunca llegó a revelarme; como de aquello que sus labios rojos de botón de rosa callaban, cuando las comisuras de su sonrisa temblaban con un sufrimiento secreto.
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Los Dos Caídos
FantasíaLucifer ha castigado a su demonio más amado... convirtiéndolo en humano. Mephistopheles, el príncipe de los demonios, pasa su existencia inmortal víctima de la apatía, llevando a cabo en la Tierra la tarea de pactar almas para Lucifer, soberano de I...
