16. Mundo Maldito

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El sonido de los gritos y risas enardecidas de demonios a nuestro alrededor era como un barullo distante en la sinfonía de gruñidos animales que conformábamos mi nuevo oponente y yo.

Climnos era un demonio fuerte, aún limitado a las facultades del cuerpo humano que poseía, pero yo tenía de mi lado la fuerza propia de mi naturaleza etérea, que poco a poco recobraba, exacerbada por la furia que ahora me consumía. Notaba hendirse en mi carne los fragmentos de cristal de la mesa rota conforme rodábamos uno sobre el otro, convertidos en un amasijo de miembros, y el olor denso de la sangre acuchillando mi nariz, tan profundo que casi podía saborearla en la parte posterior de mi lengua. Mas el dolor se sentía ajeno; adormecido por el ardor de la pelea.

Climnos se posicionó sobre mí e intentó apuñalarme con un fragmento alargado de vidrio que recogió del suelo. Concentré mis fuerzas en los músculos abdominales y logré erguirme con él encima, tumbándolo sobre las espaldas antes de que pudiese descargar su ataque, a lo cual volvimos a rodar enmarañados; esta vez, fuera del área cuadrangular de la mesa hecha trizas, y lejos del corro de asientos.

Recobré la ventaja al conseguir someter al demonio contra el piso, bajo el peso de mi cuerpo, y apresarlo entre mis piernas. Con una mano sostuve su cuello, y en la otra, el brazo al final del cual sostenía aún el arma. Cerré los dedos alrededor de su muñeca hasta que el hueso humano crujió, y el demonio soltó el cristal roto, el cual golpeó el suelo con un agudo graznido, y continué estrujando su garganta con la otra mano, armado con nuevas fuerzas, alimentadas por la ira.

Climnos boqueó intentando respirar. Su rostro mutó de color hasta volverse purpúreo; las venas alrededor de su frente y sus sienes se hinchieron a punto de estallar, y las paredes de su cuello pulsaron al interior de mi mano, al ritmo de un latido cada vez más pesado y lento. El demonio agitó desesperado la zarpa libre en el aire, intentando alcanzar mi garganta. Me abrió un rasguño en la mejilla y otro tres en el pecho; mas su voluntad de pelear cedía conforme perdía las fuerzas, y la luz que restaba en los ojos humanos de su vehículo pronto comenzó a menguar.

Obra de la euforia de la batalla, de mi vista nublada por el frenesí y de sus rasgos temblorosos de espasmos, su rostro distorsionado y azul se desfiguró de tal manera que, de súbito, mutó ante mí en uno diferente.

Este era joven; inocente... y me contemplaba desde dos ojos desorbitados de terror, balbuceando súplicas. Era Theo, el chico del faro; cuya sangre bañaba mis manos, más antigua que la que ahora las impregnaba.

Al acto, mi agarre se aflojó alrededor de la garganta de mi oponente. El rostro de Theo desapareció y reapareció el de Climnos. Ese fue el momento en que todo se torció para mí.

El demonio se libró de mis manos y me tumbó con poco esfuerzo a un costado. Sin embargo, al someterme esta vez no estaba solo. Como hienas alentadas por la primera mordida de la más temeraria al león moribundo, más demonios cayeron sobre mí y consiguieron inmovilizarme con pocos esfuerzos mientras aún me hallaba absorto, espantado por el error que había estado a punto de repetir.

De pronto estaba rodeado de rictus frenéticos y rabiosos que daban alaridos como los de fieras hambrientas. Innumerables pares de manos se afianzaron a cada una de mis extremidades, tirando de ellas en el afán de arrancarlas, hincando las uñas y arañando la piel hasta dejar canales sangrantes.

—¿Qué sucede, Mirlo? —se burló el demonio sobre mí, en el idioma de Inferno. Su voz era diferente; profunda, gutural, venida del abismo oscuro donde anidara su verdadera naturaleza. Tal y como antes hiciera yo con él, estrujó mi garganta hasta impedir el paso al aire—. Me tenías a tu merced, Mirlo. Ganaste justamente, Mirlo. Aah... Está prohibido asesinar a un humano —dijo ahora en la lengua de Gaea, y volvió a cambiar—. Es la ley absoluta de los ángeles. ¿Te crees un ángel todavía, mi señor?

Los Dos CaídosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora