20. Intervención Angelical

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Parecía que mi destino era siempre huir, desde el momento en que había puesto los pies sobre Gaea.

Mientras corría como no lo había hecho hasta ese momento eché más que nunca en falta mis alas. Gracias a Lucifer, había pasado de ser un polluelo que no podía volar, a hacerlo con la destreza de un serafín.

Pero ahora estaba atado otra vez a la tierra; abatido por su implacable gravedad.

A mis espaldas podía sentir el aleteo de mis perseguidores en la sinfonía de una bandada de aves de presa. El ejército de potestades de Mikael me sobrevolaba demasiado cerca; podía oír el zumbido de la Lanza del Exorcista. No sabía si podía dañarme con ella o si en mi condición era inmune a sus poderes, pero no planeaba quedarme a averiguarlo.

Se lanzaron uno a uno en picada para arremeter contra mí, mas conseguí evadirlos sorteando obstáculos y metiéndome por los recodos y recovecos más estrechos que podía encontrar, escapando por callejones, entre murallas y autos, y bajo puentes y techumbres.

Ellos me superaban en número y eran proverbialmente más fuertes que yo en mi forma humana, pero al menos tenía ahora una mejor noción de las calles de La Doncella y pude recorrer una distancia considerable sin ser derribado.

Para cuando alcancé la mitad de un largo puente que cruzaba la ciudad, me vi acorralado por un lado y otro del mismo. Me detuve jadeante y con el pecho agitado. Debajo transcurría un rio caudaloso y de aguas torrentosas.

Me creí perdido... hasta que recordé algo que aprendí durante mi primer día en Gaea: Un ángel no puede volar en el agua... pero un ser humano puede nadar.

Fiado de aquella certeza, consciente de que era quizá mi única oportunidad, me desvié a uno de los costados del puente y salté por encima de las barandas de seguridad.

Caí por un tramo vertiginoso y desesperantemente largo, y me hundí con un chapoteo en las heladas aguas del río, entre cuyas corrientes tempestuosas me perdí de la vista de mis perseguidores.

Las aguas me sacudieron con ferocidad. Golpeé rocas, los costados de la ribera y el fondo lodoso. Cada vez que lograba asomar a la superficie, las corrientes tiraban de mi ropa y me arrastraban de vuelta al fondo, y no contaba más que con unos segundos para poder respirar cada vez, antes de que el agua volviera a cubrirme, metiéndose por mi nariz y mi garganta. No estaba seguro de haber perdido a Mikael y a su ejército, pero esperaba al menos ganar algo de tiempo.

Aún si conseguía llegar a un sitio transitado, los ángeles eran invisibles al ojo humano. Las personas alrededor no podrían ayudarme; solo me verían morir sin imaginar jamás las reales circunstancias.


***


Lucifer me reveló esa noche, bajo el firmamento estrellado de Gaea, que existía un arma capaz de devastar aquel mundo hermoso y exterminar a toda criatura que lo habitaba. Pensé en la grama y los árboles de color esmeralda; en los cielos azules; en su flora y fauna... Toda la belleza que había conocido en mi breve paso por ese mundo... extinta.

Pensé en los hermosos mares azules, secos. Y la tierra fructífera, desolada. En sus criaturas, muriendo...

No podía permitirlo. Y el único modo de evitar que el Padre desatara ese destino nefasto sobre Gaea era...

Los Dos CaídosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora