18. La seducción, parte II

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Éter pareció de pronto más oscuro; más desolado... Como si el solo pensamiento de renunciar a mi Estrella me hubiese despojado de su luz.

Pero en mi condición inferior, no solo como el ángel más joven, sino creado para servir a un arcángel; una virtud... ¿Cómo podría negarme?

—Me avengo a tu palabra... querida Piedad —acepté, mansamente.

En cuanto al otro asunto que me atribulaba, aunque Zadkiel lo soslayó por completo y se evadió de volver a tratar el tema, mis dudas prevalecieron. Y demandaban ser contestadas con más fuerza cuanto más me afanase en evitar el pensamiento.

Por lo que, contra sus deseos, determiné saciar mi curiosidad en el único sitio en que creí que hallaría las respuestas.

Mis pasos me llevaron otra vez a los lindes de Los Durmientes. Sentí que necesitaba estar allí para entenderlo; dejarme embargar por su desolación abrumadora; saturarme de su abstruso concepto hasta que cobrase significado. Quizá si observase al Abaddon directamente, como Azrael, el vacío mismo me diría lo que necesitaba saber; que me contaría las historias prohibidas que las paredes del Aurorae Palatis se negaban a revelarme.

Errando por sus parajes yermos de frondas marchitas y tierra infértil me encontré nuevamente, transitando por entre las ramas largas y desnudas de árboles ennegrecidos, pisando parches de grama seca de color ocre y roca oscura y agrietada bajo cielos cada vez más sombríos.

Me sentía debilitada con cada paso; supuse que pronto empezarían a flaquear mis fuerzas, pero estaba empeñada en perseverar hasta obtener algo. No necesitaba volar; estaba acostumbrada a caminar.

En un momento dado, cuando alcé el rostro buscando comprobar si me había alejado por completo de la luz, fue que me di cuenta de que, conforme se desvanecía a mi alrededor la belleza que nutría el Fuego Divino, otra muy distinta se asomaba, mas ya no en la tierra, sino sobre mi cabeza, en donde los matices áureos de la luz de los Dominios se consumían, dejando a la vista un cielo translúcido, a través del cual se observaba una infinitud abismal, no como aquella al fondo de Abaddon, sino profunda, brillante y resplandeciente.

Puntos luminosos viajaban de un lado al otro, mientras que cúmulos de partículas refulgentes estallaban y se arremolinaban formando nebulosas que rutilaban en todos los colores existentes sobre un lienzo oscuro que no era negro, sino toda clase de azules, violetas y rojos en sus tonalidades más profundas.

Me paralicé de asombro, a punto de caerme de espaldas en mi afán de plegarme lo suficiente para poder contemplarlo en toda su extensión.

Extendí la mano, convencida de que podría tocar los puntos luminosos. La inmensidad era tal que lucía así de cercana, como algo que se encuentra tan próximo a los ojos que se extiende más allá de los límites de la vista. Pero me bastó alargar los dedos para percatarme de cuán lejano estaba en realidad; y aún así parecía cernirse sobre mí a punto de tragarme.

Nunca había contemplado nada más extenso... ni más maravilloso; ni siquiera desde las alturas más vertiginosas de Éter, desde donde los Dominios del padre eran visibles hasta perderse en el horizonte.

Luciel me sorprendió así, cautivada por la visión de arriba.

—Son hermosas, ¿no lo crees así? —susurró, muy cerca.

Los Dos CaídosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora