Donde Jungkook quiere divorciarse de Jimin como sea cansado de su codepencia sin saber que después de lograr su objetivo el costo seria muy alto . Jungkook desearía nunca haber sometido a Jimin a la Terapia de choque.
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Dicen que cada persona vive el duelo del divorcio a su manera. Algunos lo enfrentan con rabia, arrojando culpas como piedras, intentando encontrar alivio en el eco de sus propias quejas. Otros lo aceptan con resignación, como quien observa un incendio sabiendo que ya no hay nada que salvar. Y hay quienes lo viven en silencio, con una tristeza que se esconde tras la rutina, en gestos pequeños, en ausencias que nadie nota pero que lo llenan todo.
Pero cuando el divorcio es entre dos hombres, entre dos personas que lucharon contra todo para estar juntas, el duelo pesa distinto. Más denso. Más cruel. No es solo la pérdida de un amor. Es la carga de una historia que muchos nunca aceptaron como válida. La sombra de una sociedad que esperó el final desde el principio. Para algunos, su unión fue un error. Para otros, una provocación. Y cuando todo se rompe, no faltan los murmullos, los "te lo dije", los suspiros hipócritas disfrazados de compasión.
No era simplemente el fin de una relación. Era la caída de un símbolo, de una esperanza que, para ellos, significaba más que amor: significaba libertad, dignidad, verdad. Habían amado con todo, no solo al otro, sino la idea misma de poder amar sin esconderse. Habían caminado de la mano sabiendo que cada paso era un acto de valentía.
Por eso el duelo se sentía más cruel. Porque además de la soledad, del dolor íntimo y punzante, estaba la humillación pública. La sensación de haber fallado no solo al otro, sino a sí mismos, a quienes creyeron en ellos, a quienes los miraban como prueba de que el amor —cualquier amor— podía triunfar.
Y ahora, cada uno por su lado, con el corazón hecho trizas, intentaban seguir respirando en un mundo que no se detuvo, que no miró atrás, que nunca los entendió del todo. Un mundo que jamás supo cuánto costó construir ese amor... y que nunca sabrá cuánto dolió perderlo.
Por todo eso, Jimin podía creer todo lo que había pasado. Tal vez no lo entendía del todo, pero lo sentía en cada rincón de su cuerpo, en cada noche de insomnio, en cada silencio que lo envolvía al llegar a casa. Jamás pensó encontrarse en esa situación... pero ¿qué más podía hacer? Aún resonaban las palabras de aquella mujer en su cabeza.
—Por favor... perdona a mi hijo.
¿En serio le había pedido eso? Justo ella, la señora Jeon, que durante tanto tiempo hizo de su propósito personal la tarea de separarlos, de negar la existencia misma de su relación, de mirar a Jimin como si fuera una mancha en el futuro impecable que había soñado para su hijo. ¿Cómo podía ahora suplicarle perdón? ¿Cómo podía siquiera atreverse a pedirle algo así?
Algo no cuadraba. No sonaba a ella. No parecía una súplica nacida de orgullo tragado, sino de un dolor genuino, de un arrepentimiento que parecía haberla quebrado por dentro. Estaba ahí, de pie, con la voz temblorosa y los ojos empañados por lágrimas que amenazaban con desbordarse en cualquier momento. Ya no era la mujer altiva que conocía, ni la figura imponente que solía interponerse entre ellos con una frialdad . Era solo una madre. Una madre rota.