Donde Jungkook quiere divorciarse de Jimin como sea cansado de su codepencia sin saber que después de lograr su objetivo el costo seria muy alto . Jungkook desearía nunca haber sometido a Jimin a la Terapia de choque.
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El divorcio es un abismo que se traga todo lo que alguna vez fue hogar, dejando solo ecos de un pasado que duele como una herida fresca. Jungkook lo comprendía mejor que nadie, porque cada amanecer lo enfrentaba a una realidad fracturada, un mundo que ya no le pertenecía. Hace apenas seis meses, su vida era otra: risas compartidas, promesas susurradas, un amor que creía eterno. Pero cada error que cometió, cada lágrima que arrancó del alma de Jimin, cada traición que dejó caer como un puñal, ahora lo perseguían, clavándose en su pecho con una precisión cruel. No necesitaba preguntarse cómo lo sabía; lo había vivido. Lo había visto desde la distancia, en un silencio que gritaba, con el mismo dolor ardiente que lo consumía día tras día.
Habían pasado seis meses, días más, días menos, desde que todo se derrumbó. ¿Cómo había sido capaz de causar tanto daño? La respuesta era un eco constante: lo estaba pagando, y lo pagaba caro. Recordaba con claridad aquella noche, meses atrás, cuando lo vio. Como siempre, desde las sombras, como un ladrón que no merece la luz. Jimin salía de un club nocturno, con el brazo despreocupado alrededor de uno de sus tantos "amigos". El instinto de Jungkook fue visceral: correr, arrancarlo de ese desconocido, gritar que Jimin aún era suyo. Pero se detuvo, petrificado, cuando los vio besarse bajo el resplandor sucio de un letrero de neón. Ese beso fue un golpe que le robó el aire, un recordatorio brutal de que él ya no era nadie en la vida de Jimin. Él mismo había cavado esa tumba, con cada mentira, cada engaño, cada noche que eligió el placer fugaz sobre el amor verdadero. ¿Así se había sentido Jimin cada vez que lo traicionó? ¿Cómo había soportado tanto dolor? ¿Cómo había cargado con el peso de sus promesas rotas?
Desde la penumbra, Jungkook los observó entrar a un hotel, el letrero parpadeando como si se burlara de su miseria. Su mente rugía, urgiéndolo a irrumpir, a sacar a Jimin de ahí, a reclamarlo, a gritar que ese cuerpo —su cuerpo, el que había jurado proteger— no podía ser tocado por otro. Pero no tenía derecho. Eran extraños ahora, dos almas separadas por un abismo de errores. Con el corazón hecho trizas, se alejó, buscando refugio en una botella de soju que no calmó nada. Esa noche, se hundió en el alcohol, imaginando —con una esperanza rota y delirante— que Jimin aparecería en la oscuridad, lo abrazaría, lo besaría, y todo volvería a ser como antes. Pero los sueños eran traicioneros, y al despertar, el vacío seguía ahí, más pesado que nunca.
En su oficina, el zumbido monótono de las luces fluorescentes era su único consuelo. El trabajo se había convertido en su salvación, una adicción que lo mantenía a flote. Se enterraba en reportes, casos ,juicios imposibles, cualquier cosa que silenciara los recuerdos. Durante el día, podía fingir que no estaba roto. Pero las noches eran un infierno. En su apartamento, el silencio lo asfixiaba, roto solo por el tintineo del vidrio contra la mesa o el murmullo inútil del televisor encendido. No dormía; no podía. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Jimin: su risa, sus ojos brillando con amor, y luego, la sombra de la traición que él mismo había pintado en ellos.
Una tarde, mientras revisaba documentos sin sentido, la voz de Yoongi cortó el aire como un cuchillo.
—Te ves como muerto, Jungkook —dijo, apoyado en el marco de la puerta, los brazos cruzados y una preocupación cruda en su mirada—. Tenemos que hablar.