28.-Por fin, Casa

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Era el día más esperado

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Era el día más esperado.
Durante años, ella había sido testigo de historias que nacían y se desvanecían ante sus ojos. Historias que alguna vez brillaron con intensidad, como estrellas fugaces, para luego apagarse en la penumbra del olvido. Historias de amor valiente, que desafiaban al mundo, y otras de amor cobarde, que se rendían antes de luchar. Pero ninguna, ninguna, se comparaba con esta.

Esta historia no solo vivía.
Esta historia dolía.
Esta historia ardía en el pecho como un fuego imposible de apagar.
Esta historia era de esas que primero te destrozan hasta lo irreconocible, te arrancan el aliento y te hacen cuestionar todo lo que creías saber sobre el amor... para luego enseñarte, con una suavidad casi sagrada, lo que significa amar de verdad.

Y ahora, frente a ella, estaban ellos.
Jungkook y Jimin.
De pie, tomados de la mano, en el centro de un mundo que parecía detenerse para contemplarlos.
Ellos, los que habían desafiado lo imposible.
Ellos, los que se habían perdido en la oscuridad, tambaleándose al borde del abismo.
Ellos, los que casi no lo cuentan.

Y, sin embargo, ahí estaban.
Vivos. Radiantes. Eternos.

No hacían falta palabras para entenderlo. La felicidad flotaba en el aire, tan tangible que casi podía tocarse.
Ella la vio en los ojos de Jungkook, que no podían apartarse de Jimin, como si aún temiera que fuera un sueño frágil que pudiera desvanecerse con un parpadeo.
La escuchó en la risa de Jimin, libre, cristalina, como el sonido de un arroyo que encuentra su cauce tras años de sequía.
La sintió en la forma en que Jungkook inclinaba la cabeza para besar la mejilla de Jimin, con una delicadeza que parecía pedir permiso, como si aún no pudiera creer que tenía derecho a tanto amor.

Y los ojos de ambos...
Dios, los ojos de ambos.
Se buscaban con una urgencia silenciosa. Se encontraban con una certeza absoluta. Se decían, sin necesidad de palabras, todo lo que habían callado durante años de dolor, de lucha, de redención.

Era amor.
Un amor que había sangrado hasta quedar exhausto.
Un amor que había llorado hasta quedarse sin lágrimas.
Un amor que había gritado en la tormenta y, aun así, había sobrevivido.

Ella sintió un nudo en la garganta, un calor que le subía por el pecho. No era dolor. No era tristeza. Era la certeza de que, al presenciar ese amor, algo dentro de ella también sanaba.

Recordó las noches en que Jimin llegaba a sus sesiones, con el rostro pálido y los ojos vacíos, al borde de rendirse. Recordó las mañanas en que Jungkook era solo un torbellino de rabia contenida, un hombre atrapado en su propio orgullo, negándose a aceptar el amor que lo consumía.
Los había visto destruirse.
Los había visto dejar de reconocerse.
Pero también los había visto reconstruirse, paso a paso, cicatriz tras cicatriz, hasta convertirse en lo que ahora eran: dos almas que habían encontrado su lugar en el mundo, una al lado de la otra.

Y entonces entendió que este amor no era de este mundo. Era el tipo de amor que sobrevive a la muerte, que desafía al tiempo, que se ríe en la cara del destino.

TERAPIA DE CHOQUEHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora