24.- Donde esta el amor

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Un año

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Un año. Había pasado un año desde que Jimin salió del centro de rehabilitación. Doce meses desde aquel día en que el sol le tocó el rostro y, por primera vez en mucho tiempo, no quiso esconderse.

La vida, poco a poco, había comenzado a dibujar un nuevo rumbo.

Jimin volvió a enseñar danza. Al principio con miedo, con inseguridad en los músculos que se habían debilitado por el encierro, con temor de no estar a la altura. Pero el cuerpo tiene memoria, y el alma también. Cada movimiento le devolvía un pedazo de sí mismo. Cada clase que daba, cada mirada que recibía de sus alumnos, era un recordatorio de que aún era útil. Que aún era arte. Que aún estaba vivo.

Volver a sentirse útil fue un salvavidas.

Los días dejaron de ser grises. Comenzaron a llenarse de música, de sudor, de risas tímidas. Empezó a hacer planes, a construir sueños, a pensar en futuro. El más grande de ellos: abrir su propia academia. Algo suyo. Un espacio donde otros también pudieran sanar a través del movimiento, como él lo estaba haciendo.

Namjoon fue parte esencial de este renacer.

Lo que comenzó como una relación profesional, terapéutica, se transformó con el tiempo en algo más íntimo. Fue lento, muy lento. Namjoon jamás cruzó los límites mientras Jimin estaba en tratamiento. Pero fuera del centro, con el tiempo, con la distancia necesaria, ambos fueron descubriendo una conexión distinta. No basada en el pasado, ni en el dolor compartido, sino en la complicidad de dos personas que sabían hablar desde la calma.

Namjoon fue prudente. Jimin fue honesto. Ambos entraron en esa relación sabiendo que sería frágil al principio. Pero lo intentaron. Y por primera vez en años, Jimin no sentía que tenía que esconder sus grietas para ser amado.

Y entonces... estaba Jungkook.

Siempre ahí. Silencioso. Presente. Amigo.

Había cumplido su promesa. No se había ido, incluso cuando verlo feliz con otro le partía el alma. Nunca lo dijo. Nunca lloró frente a él. Nunca reclamó nada. Se limitaba a sonreír, a apoyar a compartir cafés, a correr cuando Jimin le pedía ayuda.

A veces se iba después de clase  y se quedaba viendo a Jimin reír con los alumnos. Lo observaba sin ser visto, permitiéndose sentir en esos segundos lo que ya no podía tener.

Cuando se enteró que Namjoon y Jimin estaban juntos, algo en él se apagó un poco. Fue una herida silenciosa. No gritó. No se enojó. Solo asintió. Lo único que dijo fue:

—Si te cuida bien... entonces está bien.

Y lo decía de verdad. Aunque por dentro, se sintiera como si alguien le arrancara los recuerdos uno por uno.

Hubo días en que se odiaba por seguir ahí. Por no irse. Por no cortar el lazo. Pero entonces lo veía sonreír, lo veía bailar, lo veía avanzar, y entendía: su amor ya no era para poseer. Era para sostener. Y sostener a veces significa quedarse en silencio mientras el otro florece lejos de ti.

TERAPIA DE CHOQUEHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora