¿Saben lo que es el extasis ?
Si lo buscas en Google, te dirán que es una droga capaz de alterar el estado de ánimo y la percepción de algunos escenarios, causa dependencia rápida y en su ausencia deja cuadros graves de depresión.
Se le dice extas...
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—Odio la Tierra —masculla Marcus, con el ceño tan fruncido tan fastidiado que parece que va a pelearse con el planeta entero.
Yo solo volteo los ojos. No con malicia, sino con esa actitud de "ay, por favor" que una desarrolla después de estar mucho rato cerca de un hombre guapo que dice tonterías.
—¿Y para qué te compraste una casa en la playa?—le lanzo, arqueando una ceja mientras la brisa me revuelve el pelo como si también quisiera opinar.
Marcus me mira evocando de nuevo esa media sonrisa
—Creo que sabía que te podría gustar —dice, y es tan bueno mintiendo que casi le creo. Le doy un golpecito en el brazo, más en juego que en reclamo.
—Mentiroso —le respondo, entre risas—. ¿Quién sabe a cuántas trajiste aquí antes?
No me contesta. Solo me mira como si le divirtiera que yo saque las garras por cosas que no existen... o que no quiere admitir. El viento me estampa el pelo en la cara con violencia y Marcus lo aparta con delicadeza, cuidando que el gesto apenas sea un roce entre sus dedos y mi rostro.
—Debe estar quemándose el mundo después de lo de ayer —Hablo con un tono más serio, tratando de encontrar la conversación a la que él le ha estado huyendo toda la noche y se muevo colocándome justo frente a él. Su cercanía me estremece. Siempre me pasa, como si mi cuerpo supiera antes que yo lo que está por suceder. Sus manos van directo a mi cintura y me atrae hacia él, con una calma tan segura que me desarma.
—Si tu mundo y el mío están en calma, el de los demás puede arder como si fuera el mismo infierno. Y me besa. Me besa como si tuviera prisa de demostrarme que todo lo demás, absolutamente todo, es ruido.
Cuando se separa, yo decido volver a hablar
—¿Estás en calma?
—Nunca había estado más tranquilo —responde, y me lo dice tan serio que me cuestiono el si es necesario tocar esos temas que quedaron abiertos en el pasado. Y sin embargo, yo no lo estoy. No del todo calmada. Hay cosas que siguen ahí, dando vueltas. Cosas que no hemos hablado. Cosas que no entiendo. Marcus no es de explicaciones. No es de esos que se sientan a desmenuzar emociones. Él es de hechos. De silencios que se sienten. De acciones que hablan más de lo que alguna vez se atreverá a decir en voz alta. He aprendido a aceptarlo así. A confiar en que, si bien su boca a veces calla, sus manos no mienten.
Nos quedamos en silencio, viendo cómo el sol se termina de levantar sobre el mar. Llevo una hora aquí sentada y mi estómago decide recordarme que soy humana.
—Tengo que irme unos días —dice él, justo cuando estoy por anunciar mi urgencia más inmediata.
—Tengo hambre —espeto con toda la sinceridad del mundo, porque si no lo digo, me puede dar un bajón