La enemistad entre Harry y Amara no era fácil, no cuando todo había comenzado por un pequeño mal entendido y menos cuando el mejor amigo de ambos era Mitch Rowland.
Y si a Harry no le agradaba mucho Amara, ¿Entonces por qué escribió tantas cancione...
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Harry Styles
No sé en qué momento empecé a fijarme tanto en cada detalle de Amara. En cómo juega con el hielo de su vaso cuando está incómoda, en cómo fuerza una sonrisa cuando en realidad desearía desaparecer, en cómo se queda rígida cada vez que algo la descoloca.
Anoche lo confirmé. El ruido de los platos rompiéndose la dejó temblando, y aunque nadie más lo notó, yo sí. Me bastó una mirada para entender que estaba al borde de un ataque de pánico. Y sin pensarlo demasiado, puse mi mano sobre su pierna.
No lo hice para que me lo agradeciera, ni para que los demás lo vieran. Lo hice porque necesitaba que supiera que no estaba sola. Y aun así, Sarah lo notó.
La vi observándola durante toda la velada, como si intentara descifrar un misterio, y luego me miraba a mí con esa expresión curiosa que tanto me irrita. Sarah habla demasiado, y eso podía jugarnos en contra, porque sabía que la reacción de Mitch no sería la mejor.
Pero en ese momento mi preocupación no era lo que la banda pudiera pensar sobre mis encuentros fortuitos con Amara Willson. Todo mi enfoque estaba puesto en ella, en su estabilidad mental, en lo evidente que resultaba que necesitaba ayuda, lo admitiera o no.
Esa idea me persiguió durante toda la semana siguiente al encuentro en la casa de Elin. Por eso, el martes, mientras estábamos reunidos en el estudio para dejar lista la cuarta canción del álbum antes de volver a América, decidí que debía hablar con Amara y decirle lo que creía que era mejor para ella: ir a terapia.
—¿Tabaco? —escuché decir a Mitch, y levanté la vista para verlo de pie frente a Amara. Ella tenía su computador en su regazo y asintió lento antes de seguirlo hacia la parte trasera del estudio.
Dejé la guitarra de lado, junto a todas las partituras desordenadas, y los seguí sin pensar que quizás podía interrumpir algo.
Cuando llego afuera, lo primero que veo es a Mitch y Amara encendiendo un tabaco en pleno silencio.
—Hey... —llamé la atención de ambos. Ellos se voltearon, Rowland me regaló una sonrisa cerrada.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—Sí, todo bien, solo que hace un poco de calor allí adentro —comenté.
Amara permanecía en silencio, con los ojos fijos en el tabaco de uva que se consumía entre sus dedos.
—El vuelo está fijado para el cinco de junio para ustedes —hablé con voz neutral—. Yo vuelvo el primero de julio.
—¿En serio? ¿No te irás con nosotros? —preguntó Mitch, un poco extrañado.
—No, ayer tuve una reunión y me avisaron que debo volver a grabación, y probablemente se demore más de lo previsto, así que me agendaron todos esos días —informé.