Cap. 39

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Juan POV

No dormí.

No porque no pudiera cerrar los ojos, sino porque cuando lo hacía, ella estaba ahí.

Arabella no gritaba.

No lloraba.

Solo me miraba.

Como si me preguntara por qué.

Me senté en la cama a las cuatro de la mañana con el pecho apretado, sudando frío. El aire no entraba bien. Me llevé la mano al corazón, apreté fuerte, como si así pudiera ordenarlo.

— Respira, Juan... respira —me dije.

No funcionó.

Me levanté y fui a la cocina. El departamento estaba en silencio, demasiado limpio para lo que había pasado ahí. Abrí el refrigerador sin hambre, lo cerré, lo volví a abrir.

Mis manos temblaban.

La imagen volvió sola:

el peso de su cuerpo,

el frío de su piel,

la forma en la que su cabeza cayó hacia un lado.

— Mierda... —susurré.

Me apoyé en la encimera y entonces pasó.

El aire se fue.

Así, de golpe.

Sentí que alguien me apretaba el cuello, que el pecho se me cerraba, que el corazón iba demasiado rápido, desordenado.

— No, no, no... —murmuré, doblándome.

Me dejé caer al suelo.

Las lágrimas salieron sin aviso. No bonitas, no silenciosas. Salieron como si mi cuerpo se estuviera rompiendo desde adentro.

— Yo te grité... —dije en voz alta, solo—. Yo te dejé llorando mil veces... yo no hice nada...

Me cubrí la cara.

— Perdóname... perdóname...

El sonido que salió de mí no parecía humano.

Ari POV

Lo escuché desde el cuarto.

Al principio pensé que estaba enfermo, que había vomitado o algo así. Pero cuando abrí la puerta y lo vi en el suelo, hecho un nudo, supe que era peor.

— Juan... —corrí hacia él.

No me miró.

Tenía los ojos rojos, desorbitados, perdidos.

— No puedo... —dijo—. Ari, no puedo con esto.

Me arrodillé frente a él, tomándole el rostro.

— Mírame. Mírame —le pedí—. Estás aquí. Respira conmigo.

Negó con la cabeza.

— No merezco respirar —susurró—. Ella está muerta.

Eso me rompió.

— Juan, no fue tu culpa...

Se rió. Una risa corta, amarga.

— Siempre dicen eso —respondió—. Pero yo sé todo lo que no hice.

Se tapó la boca con la mano, temblando.

— La defendí de todos... menos de mí mismo.

Lo abracé.

Sentí cómo se aferraba a mí como si se estuviera cayendo de un precipicio.

Juan POV

Ari olía a hogar.

Y eso me dio más culpa.

— No quiero que me mires así —le dije—. No quiero que me quieras ahora.

— No voy a dejarte solo —respondió, firme—. No después de esto.

Me separé un poco.

— ¿Y cuando sepas todo? —pregunté—. ¿Cuando entiendas que yo también soy una mierda?

No respondió de inmediato.

— Ya lo sé —dijo al final—. Y aun así estás aquí.

Eso fue peor.

Me puse de pie de golpe.

— ¡NO ENTIENDES! —grité—. ¡YO LA ODIÉ POR MOMENTOS! ¡LA ODIÉ!

El silencio cayó pesado.

Ari abrió los ojos, sorprendida.

— Eso no te hace un monstruo —dijo con cuidado—. Te hace humano.

— ¡NO! —negué—. Porque los humanos no esconden cuerpos.

Ahí fue cuando todo me cayó encima.

Me llevé las manos a la cabeza.

— Dios... —susurré—. ¿Qué hicimos?

Osvaldo POV

Samantha me despertó.

— Juan está mal —me dijo—. Muy mal.

Lo encontré sentado en el balcón, mirando la calle como si esperara ver algo... o a alguien.

Me senté a su lado.

— ¿Quieres hablar?

— No —respondió—. Pero si no lo hago, creo que voy a explotar.

Asentí.

— Entonces habla.

Juan apretó los labios.

— Tengo miedo —dijo—. Miedo de olvidar su voz. Miedo de recordarla demasiado. Miedo de que esto me siga toda la vida.

Lo miré.

— Te va a seguir —le dije con honestidad—. Pero no tienes que cargarlo solo.

Se giró hacia mí.

— ¿Y si un día no aguanto?

No supe qué responder de inmediato.

— Entonces ese día... te sostenemos —dije—. Como podamos.

Juan cerró los ojos.

— No quiero ser el siguiente —susurró.

Samantha POV

Lo vi quebrarse desde la puerta.

Juan, el que siempre gritaba, el que siempre bromeaba, el que parecía indestructible... estaba roto.

Me acerqué despacio.

— No tienes que ser fuerte —le dije—. No ahora.

Él levantó la mirada.

— Tú sobreviviste —me dijo—. ¿Cómo hiciste?

Tragué saliva.

— No lo hice sola.

Juan asintió lentamente.

— Entonces... no me suelten —pidió.

Ari le tomó la mano.

Osvaldo se quedó cerca.

Yo me senté frente a él.

Y por primera vez desde esa noche, Juan lloró sin rabia.

Lloró de verdad.

Y nadie lo juzgó.

𝙎𝙝𝙚 𝘪𝘴 𝘮𝘺 𝙨𝙤𝙪𝙡𝙢𝙖𝙩𝙚Donde viven las historias. Descúbrelo ahora