Cap. 46

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Narradora

El tiempo no borra.

El tiempo acomoda.

Cinco años habían pasado desde aquella noche en que todo se rompió y, contra todo pronóstico, nadie se fue del todo.

El restaurante era pequeño, cálido, con luces amarillas colgando del techo y música suave de fondo. No era un lugar lujoso, pero sí uno que daba sensación de hogar. Samantha lo había elegido por eso.

— Aquí no parece que el pasado pese tanto —había dicho Osvaldo cuando llegaron.

Samy sonrió. Él siempre entendía esas cosas sin que ella las dijera.

Felix y Alicia fueron los primeros en llegar. Alicia llevaba el cabello más largo, la mirada más tranquila. Felix seguía siendo Felix, pero ya no tenía esa impulsividad desordenada de antes; ahora hablaba menos, observaba más.

— Cinco años, wey —dijo Felix, levantando su copa—. Quién diría que seguiríamos juntos después de todo.

— No juntos como antes —respondió Alicia—, pero sí presentes.

Después llegaron Rocío y Aldo. Rocío entró con seguridad, como siempre, pero ahora había algo distinto: una calma aprendida a golpes. Aldo le rodeó la cintura con naturalidad, sin posesividad, sin miedo.

— Samy —Rocío la abrazó fuerte—. Te ves... bien. De verdad.

— Tú también —respondió ella—. Más ligera.

Roier apareció unos minutos después, solo. Saludó con un gesto breve, una sonrisa pequeña. Había aprendido a vivir con silencios que antes lo ahogaban.

Y entonces...

Juan.

Entró con alguien más.

No hubo sobresaltos. No hubo tensión explosiva. Solo un segundo de silencio inevitable.

— Hey —dijo Juan, levantando la mano—. Perdón la tardanza.

A su lado estaba Valeria. No necesitó presentarla con demasiadas palabras. Su forma de mirarla decía lo suficiente. No era una relación nacida del olvido, sino del aprendizaje.

— Mucho gusto —dijo ella—. He oído mucho de ustedes.

Ari llegó unos minutos después... también acompañada.

Mateo le sostuvo la silla con cuidado cuando se sentó. Ari ya no cargaba esa culpa constante en los hombros. No estaba intacta, pero estaba de pie.

Los saludos fueron tranquilos. Respetuosos. Humanos.


Samantha POV

Verlos a todos ahí me revolvió el pecho.

No con dolor.

Con memoria.

Osvaldo apretó suavemente mi mano debajo de la mesa.

— Estás temblando —susurró.

— Es emoción —le respondí—. De la que no duele.

Juan y Ari cruzaron miradas solo una vez. No hubo reproches, ni nostalgia peligrosa. Solo un reconocimiento silencioso: sobrevivimos.

— Nunca pensé que volveríamos a reunirnos así —dijo Rocío—. Sin hospitales, sin gritos, sin secretos.

— Sin cadáveres —añadió Felix en voz baja.

El silencio fue breve, pero nadie lo esquivó.

Arabella estaría burlándose de nosotros —dijo Roier de pronto—. Diría que hicimos todo un drama innecesario.

Una risa suave recorrió la mesa.

— Y tendría razón —murmuró Juan.


Juan POV

Pensé que volver a verlos me rompería.

No pasó.

Me dolió un poco, sí. Pero fue un dolor limpio.

Valeria me tomó la mano debajo de la mesa. No sabía todos los detalles, pero sabía lo suficiente. Nunca me exigió explicaciones completas. Nunca intentó salvarme.

Y eso fue lo que me salvó.

Miré a Ari. Estaba bien. De verdad bien.

Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí culpa al verlo.

— Quiero decir algo —dije, aclarando la garganta.

Todos me miraron.

— Hace cinco años... yo toqué fondo —continué—. No el fondo dramático de las películas. El real. El silencioso. El que da miedo porque nadie te ve.

Osvaldo asintió. Samy bajó la mirada.

— Si sigo aquí —dije—, no es porque fui fuerte. Es porque ustedes no me soltaron cuando yo ya me había soltado a mí mismo.

Respiré hondo.

— Gracias por quedarse. Incluso cuando no era fácil. Incluso cuando no era justo.

Ari levantó su copa.

— Gracias por no rendirte —dijo—. Eso también fue un acto de amor.

Chocamos las copas.


Osvaldo POV

Miré a Samy reír.

De verdad reír.

Cinco años atrás, esa risa no existía. Solo había noches en vela, sobresaltos, miedo a los ruidos fuertes.

— Lo logramos —le dije.

— No —respondió ella—. Seguimos intentando. Y eso es mejor.

La miré con orgullo.

— ¿Sabes qué es lo más loco? —agregó—. Que no somos las mismas personas... pero seguimos eligiéndonos.


Narradora

La noche avanzó entre anécdotas, silencios cómodos y brindis pequeños.

Nadie habló de la policía.

Nadie habló de esconder cuerpos.

Nadie habló de culpas que ya no podían cambiarse.

Porque algunas historias no se superan.

Se integran.

Arabella no estaba ahí.

Pero tampoco se fue del todo.

Vivía en las risas nerviosas, en los silencios largos, en la forma en que se miraban antes de hablar de temas importantes.

Cinco años después, no eran un grupo roto.

Eran personas marcadas.

Personas vivas.

Personas que, a pesar de todo, eligieron seguir.

Y a veces, eso es el final más honesto que existe.

𝙎𝙝𝙚 𝘪𝘴 𝘮𝘺 𝙨𝙤𝙪𝙡𝙢𝙖𝙩𝙚Donde viven las historias. Descúbrelo ahora