Visitas inesperadas

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La camilla era incómoda, como todas las camillas de todos los consultorios del mundo. Regina estaba recostada, con el vientre enorme al aire, cubierto apenas por una sábana de papel que crujía con cada respiración. La doctora, una mujer de unos cincuenta años con manos frías pero mirada amable, movía el ecógrafo sobre su abdomen con gestos precisos.

— Treinta y ocho semanas — Dijo, con ese tono neutral que los médicos usan para no alarmar — La bebé está en posición, encajada, lista para salir cuando decida. Pero...

Regina levantó la cabeza de la camilla.

— ¿Pero?

— Su presión está baja. No es grave, no se alarme. Pero está en el límite — La doctora señaló el monitor — Noventa sobre sesenta. Para una mujer de su edad y condición, es un poco más baja de lo que me gustaría.

— ¿Qué significa eso? — Preguntó Regina, y su voz sonó más tranquila de lo que se sentía.

— Significa que tiene que cuidarse. Nada de esfuerzos. Nada de estrés. Mucha agua, mucha sal — Con moderación, y si siente mareos, vértigo, visión borrosa, llama al médico de inmediato o va a urgencias.

Regina asintió, procesando la información. Baja presión. Podía manejarlo. Había manejado cosas mucho peores.

— Por lo demás — Continuó la doctora, limpiando el gel del abdomen de Regina — Todo está perfecto. La bebé es grande y fuerte, usted está sana, el parto puede ocurrir en cualquier momento a partir de ahora. ¿Tiene a alguien que la acompañe? ¿El padre?

— Sí — Dijo Regina, y la palabra salió natural, sin pensar — Tengo a alguien.

La doctora sonrió, anotó algo en su tableta y se despidió con la indicación de volver en una semana, o antes si había cualquier síntoma extraño.

Regina se vistió lentamente en el consultorio, procesando la información. Baja presión. Nada grave, pero... ¿Y si pasaba algo? ¿Y si se mareaba en la calle? ¿Y si estaba sola?

No estás sola, le recordó una voz interna. Tienes a Federico.

Salió a la sala de espera, donde él la esperaba sentado, hojeando una revista de decoración con una expresión de concentración fingida. Al verla, se levantó de inmediato.

— ¿Todo bien?

— Todo bien — Respondió ella, pero en el momento en que las palabras salieron de su boca, sintió que el mundo comenzaba a inclinarse.

Fue un mareo repentino, como si alguien hubiera movido el suelo bajo sus pies. Las paredes del consultorio se desdibujaron, los colores se mezclaron, y una oscuridad gris comenzó a cerrarse en su visión periférica.

— Regina — La voz de Federico llegó desde muy lejos — Regina, mírame.

Ella intentó enfocar, pero no podía. Sus piernas cedieron.

Federico la sostuvo antes de que tocara el suelo. Sus brazos fuertes la rodearon, bajándola con cuidado hasta una silla, manteniendo su cabeza erguida.

— Respira — Dijo, con esa calma que nunca fallaba — Respira conmigo. Inhala. Exhala.

Regina obedeció, aferrándose a su voz como a un salvavidas. La oscuridad comenzó a retroceder lentamente. Los colores volvieron. El mundo recuperó su equilibrio.

— ¿Qué pasó? — Susurró, aturdida.

— Te mareaste. La presión, supongo. — Federico estaba de rodillas frente a ella, sus manos sosteniendo las de ella, su rostro muy cerca — ¿Cómo te sientes ahora?

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