Capítulo 11.

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A la mañana siguiente, me despierto de golpe, revolviéndome entre las sábanas de la cama de Kim al escuchar un horrible y terrorífico sonido, parecido al típico "CHAN CHAN CHAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAN" que suelen agregar en algunas escenas de películas o videos cuando algo malo está a punto de pasar, pasa o ya ha pasado.

Después de tanto revolverme, terminé cayendo al suelo, reventada en mi trasero, mientras que Kim sólo abre los ojos y se encoge de hombros, para luego seguir durmiendo tranquilamente, como si éste maldito sonido la despertase todos los malditos días a las malditas ocho y media de la maldita mañana.

Mi corazón latía con muha fuerza, y tuve que taparme los oídos, porque ya de por sí, Kim no se despertaba del todo, y si no se despertaba del todo, no apagaría el despertador, y si no apaga el despertador (si es que ese sonido de terror se lo pueda llamar despertador), voy a tener que seguir soportando ese maldito sonido, y si tengo que seguir soportando ese maldito sonido, se me va a grabar en la cabeza para siempre y no me lo podré sacar nunca más, y si pasa eso último, me volveré completamente loca a tal punto que mis padres se decidirán por internarme en un manicomio de por vida.

Finalmente, Kim decide estirar el brazo hasta apagar el despertador... y no porque la haya hartado (o porque a mí ya me estaba hartando), sino porque, desde afuera, se escuchaba el grito grotesco de Jev, ordenándole con varias malas palabras para que apague esa maldita cosa del diablo.

Kim gruñó.

—No sé qué tanto le molesta. Es sólo un despertador —murmuró, y cuando se estaba a punto de levantar, me miró algo sorprendida—. Oh... ¿qué haces en el suelo?

«Como si no tuviera mucho con tu queridísimo despertador», quise decirle, pero... ya saben. No puedo, y además, mi rostro, en estos precisos momentos, ya debe decir mucho.

—No me juzgues, necesito éste despertador o sino no me despierto nunca —se levantó, dejando a la vista su hermoso pijama rosa de conejitos blancos, y se puso sus pantuflas blancas (con forma de conejo)—.

Kim salió de su cuarto, arrastrando los pies, y se dirigió al baño. Suspiré, y me acosté al suelo, todavía mi corazón latiendo a mil por hora. Cerré mis ojos un rato, y traté de tranquilizar a mi mente que todavía seguía reproduciendo ese maldito sonido de horror, una y otra y otra y otra y otra y otra vez.

Hasta que escuché una risa masculina.

—¿Duermes desnuda, Audrey? —escuché a Jev a lo lejos—.

Abrí mis ojos por completo y miré hacia mi izquierda, donde podía ver a un soñoliento Jev tendido en la cama, sin camisa, mirándome con una sonrisa llena de picardía. Me sonrojé (qué raro), y rápidamente miré mi torso para ver si no era cierto lo que él decía, y... no. No era cierto. ¿O no lograba ver las finitas tiritas negras que sostenían mi gastada musculosa negra que suelo usar para dormir, o... lo dijo en broma, sólo para molestarme?

Volví mi vista hacia Jev, y le negué con la cabeza. Él sólo se reía.

—Desde aquí parece que sí —suspiró—. Qué lastima. Esperaba ver algo diferente además de las tetas de Kim o de mi ex —gruñó—.

Ok, ahora mismo, mi rostro debe estar hecho un tomate. Si el calor que siento por todas mis mejillas es una advertencia...

Mi corazón latía muy fuerte.

«Tranquilízate, Audrey. Él sólo quiere joderte».

Un momento... ¿acaba de decir "las tetas de Kim"? Ok, ésto cada vez es más extraño... pero, si vamos al caso, tiene sentido, porque... Kim y Jev no se parecen EN NADA. Cualquiera que los conozca diría que no parecen hermanos. Kim es pelirroja, Jev es castaño. Kim tiene ojos verdes, Jev tiene ojos marrones. Kim tiene la piel extra blanca, y Jev... bueno, también tiene la piel blanca, ¡pero no tanto como la de Kim!

Muda.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora