JASON TODD ❤️

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Edades: Jason 22 años & TN 21.
Tipo: Angst con Final Feliz
Título: Sin Que el Mundo se Entere.

El humo del callejón olía a pólvora quemada y a la lluvia fría de Gotham que se mezclaba con el asfalto sucio. El primer encuentro con Jason no había sido precisamente idílico; fue un choque brutal, un cruce de balas cruzadas y miradas letales donde la tensión se cortaba con un cuchillo.
El puerto de Gotham estaba tan oscuro que resultaba casi imposible distinguir la línea donde terminaba el cielo y empezaba el mar. Yo llevaba apenas unas semanas trabajando en los bajos fondos, intentando sobrevivir a las sombras de una ciudad que devora a los débiles.

Aquella noche, una entrega de información había salido horriblemente mal y, de pronto, me vi acorralada entre el sonido de sirenas lejanas y los pasos pesados de los hombres de Black Mask. Creí que estaba acabada. Cerré los ojos, esperando el impacto de la primera bala, pero en su lugar, escuché un estruendo ensordecedor proveniente del techo. Dos disparos perfectos. Silencio. Cuando abrí los ojos, el callejón estaba bañado en una luz rojiza y humo.

Un hombre corpulento descendió como un ángel vengador con una máscara que parecía de cráneo brillante. Red Hood. Había oído hablar de él: un monstruo fuera de la ley, un justiciero brutal al que la Batfamily cazaba con la misma intensidad que a los criminales. Creí que me ejecutaría solo por estar en el lugar equivocado, pero en su lugar, guardó una de sus pistolas con un movimiento mecánico, se quitó el casco y me miró.

La cicatriz en su ceja izquierda y la intensidad de sus ojos verdes me paralizaron. No me miraba con desprecio, sino con una furia calculadora que poco a poco se transformó en pura exasperación.

-¿Qué haces aquí, niñata? -su voz era áspera, un rugido ahumado que vibró en mi pecho.

-Sobrevivir, igual que tú -respondí, tragando saliva pero obligándome a mantener la mirada fija en la suya.

Ese fue nuestro inicio. Un tira y afloja lleno de insultos cargados de electricidad, tensión sexual innegable y el peligro constante de que cualquiera de los dos terminara con un tiro en la cabeza.

Nos cruzamos de nuevo una semana después en los muelles, luego en un bar de mala muerte a las afueras, y de repente, nos buscábamos sin querer admitirlo.

Hubo una noche, acorralados por la policía en el techo de un almacén abandonado, en la que su máscara cayó al suelo tras un forcejeo. El aire gélido de la noche nos golpeaba, y nos besamos como si el mundo se fuera a acabar al segundo siguiente. Fue un beso rabioso, desesperado, lleno de la frustración de dos almas rotas que por fin encontraban un reflejo idéntico en el otro.

Desde entonces, nos volvimos una adicción que no podíamos permitirnos. Nuestras reuniones eran erráticas y peligrosas. Él solía buscarme en mi departamento de mala muerte, apareciendo por la ventana, o nos citábamos en moteles de carretera fuera de los límites de Gotham, donde nadie hacía preguntas y el anonimato era nuestra única armadura. Pasar de ser dos desconocidos a anclar nuestras vidas el uno al otro en la clandestinidad ocurrió tan rápido como una bala.

En esos lugares, sin máscaras ni leyes, Jason dejaba de ser Red Hood; se convertía en el chico que se aferraba a mí por las noches, buscando calor en mis brazos, murmurando palabras de lealtad feroz y enterrando la culpa que le corroía por meterme en su mundo infernal.

Ambos sabíamos que era una locura, él estaba oficialmente muerto para el mundo, era el renegado, el hijo pródigo que había decepcionado al mismísimo Batman, y yo era su secreto mejor guardado, su única zona segura en medio del caos.
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Las pocas horas de paz que teníamos estaban siempre contadas por el tic-tac de un reloj invisible. Después de que la tensión inicial estallara en ese primer beso rabioso, nuestra realidad se redujo a la clandestinidad absoluta, nos convertimos en fantasmas dentro de una ciudad llena de vigilantes y criminales.

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