11. Amanecer

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Canción: If I don't See you Again - Neil Diamond


I

Angie había pensado que Brad la abordaría en el taxi y entrarían a su departamento medio desnudándose y besuqueándose por todo el camino, pero no, las cosas no siempre ocurrían como en las películas. Brad se comportó como el caballero que es, comentaron sobre cualquier cosa sin importancia mientras llegaban, intentó pagar el taxi pero ella lo hizo primero, luego salieron del taxi y caminaron hacia las rejas que custodiaban el complejo departamental.

Ambos llegaron al departamento riendo por tonterías, subieron las escaleras de manera sonriente y se soltaron las manos mientras ella buscaba las llaves, luego abrió la puerta de su departamento y encendió la luz.

Fer le había llamado a su teléfono antes de que Brad la atacara con ese súper beso preguntándole si ya había llegado a casa, en ese momento le explicó que sí se había quedado en casa de su novia y que quizás llegaría hasta el día siguiente.

Miró a Brad recorriendo el pasillo, como en un sueño, como algo tan irreal. Él sonrió y el corazón de Angie latió como el de un adolescente. Sonrió feliz al descubrirse sintiendo mariposas en el estómago.

—¿Quieres algo de beber? ¿Agua?

—Te acepto un vaso de agua natural, creo que empiezo a sentir resaca.

Angie rió mientras veía cómo Brad se rascaba la cabeza desacomodando sus rizos, aún despeinado lucía bastante apuesto. No había caso, ella tenía que aceptar que Brad era en verdad atractivo. Se quitó la chamarra prestada y la aventó al sillón del fondo, después tomó dos vasos y los llenó con agua natural de garrafón. Cuando volvió descubrió a Brad observando algunas de las fotografías encontradas sobre la pared del comedor. Todas las había tomado ella, eran de eventos, de sus amigos o de técnicas fotográficas.

—Eres buena fotógrafa —comentó él.

—Ah, gracias —contestó Angie, tendiéndole el vaso con agua.

Brad dio un trago al agua y luego colocó el vaso en la mesa, se quitó la chaqueta y antes de aventarla al mismo sillón donde ella colocó la suya le preguntó si podía hacerlo, ella accedió con un "claro". El reloj de la pared frente a él marcaba las cuatro con cincuenta minutos de la madrugada.

—Casi las cinco —murmuró ella.

—Ni pienses que vas a dormir pronto, Angie —informó él, añadiendo esa sonrisa que bien podía hacer que todo al rededor dejara de existir.

Angie sonrió también y caminó hacia atrás por el pasillo que guiaba a las habitaciones, aún sin perder contacto visual con él, Brad la siguió dejando el vaso en la mesa. Ella abrió la segunda puerta, encendió la luz de la habitación y le pidió que entrara porque debía apagar la luz del comedor.

Él tuvo poco tiempo para examinar la habitación, al parecer a ella le gustaban los muñecos de peluche ya que había muchos de diversos tamaños tanto en la cama como en un librero encontrado al lado. El librero estaba casi lleno, incluso había un estante donde estaban dos filas de libros, otros se amontonaban en una esquina y había lo de dos años de suscripción a Nacional Geografic en otro estante. Era verdaderamente una chica cultivada, pero también era un poco infantil.

—Veo que te gustan los libros y los muñecos de peluche —comentó él cuando Angie entró y cerró la puerta.

—Esos no son todos, hay más muñecos y más libros en mi otra casa.

—¿Por qué tienes tantos muñecos?

Brad podía comprender que tuviera muchos libros, pero no lo otro.

Rojo Amanecer ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora