Al salir de la tienda de Edgar, me dediqué a recorrer el campamento ayudando a recoger agua, a transportar objetos de una tienda a otra, ayudar a la preparación de la cena... en una tribu nómada siempre había algo que hacer, y nadie debía quedarse de brazos cruzados mientras los otros trabajaban, ni siquiera el jefe.
Después de haber recogido y puesto la madera para poder encender el fuego para esta noche, vi a mi madre dirigirse hacia donde me encontraba.
— Hijo, tenemos que hablar —me anunció. Y sin más, sin dejarme lugar a réplica, se dio la vuelta y se dirigió a mi tienda. Cuando llegué, me senté en frente de ella y esperé a que hablase —. Hijo, ¿cuánto tiempo falta para partir hacia la ciudad del norte?
— Si todo va bien, en un mes partiremos hacia allí para reabastecernos —informé sin saber muy bien a dónde quería llegar mi madre.
— Sabes que es tan posible como siempre que uno de los poblados enemigos nos atacara en ese tiempo, ¿cierto?
— Perfectamente, madre. Para eso estoy listo, ya lo sabes; si alguno de los guardias detectase una amenaza, sé cómo dirigir a mi tribu para huir a tiempo —respondí con total seguridad en lo que decía, entrelazando mis dedos sobre mi regazo.
— Pero... ¿has contado con la presencia del extranjero? —preguntó mirándome con sus ojillos completamente negros, siempre un paso por delante. Me quedé un momento en silencio, cayendo en la cuenta de que no había pensado en esa situación concreta.
— No, madre, no he pensado en ello. Pero si se diera la ocasión, no dudaría en dejarle atrás —contesté, no mostrando ningún signo de duda. Sin embargo, por alguna extraña razón, al decir aquellas últimas palabras sentí una minúscula inquietud.
— ¿De verdad? —Yo solamente asentí —. Bueno, si resulta que es útil, esa sería una decisión algo más complicada —meditó mi madre, razonamiento ante el que asentí.
— Puede ser, madre, pero no deja de ser un extranjero. Si cuando tengamos que huir, él no es capaz de seguirnos el ritmo, no tendré más remedio. Por más útil que pueda resultar para nosotros. Aunque si me lo permites, eso lo dudo —hablé con seriedad, sin mostrar emoción alguna al respecto. Ella suspiró con pesadez antes de volver a hablar.
— Puedes retirarte, hijo. Pero intenta averiguar la utilidad de ese hombre, tampoco queremos inútiles aquí gastando suministros —finalizó con cansancio, despidiéndome con un ademán.
— Lo tendré en cuenta, madre —dije antes de levantarme y dirigirme a la salida.
¿Un extranjero útil? Me resultaba difícil de creer. Los habitantes de las ciudades no eran como nosotros, mucho menos los más pudientes de ellas. Vivir en una comunidad como la nuestra para alguno de ellos debería ser demasiado extraño, por no decir que probablemente serían recelosos ante ello.
Salí de la tienda y me dirigí hacia la zona central del poblado, aún pensando que aquel extranjero probablemente sería un inútil. Sin embargo, pronto el llanto de une niñe interrumpió mis pensamientos. Me volví rápidamente hacia donde provenía el sonido y me dirigí a aquella zona a paso ligero; pero antes de poder llegar y ver lo que pasaba, me topé con Edgar, el cual iba en mi misma dirección con una expresión tan preocupada que siquiera pareció verme.
Al parecer unes niñes habían intentado ayudar en el traer madera para el fuego, pero a une de elles se le cayó el leño que traía sobre el pie. Aunque este era bastante pequeño en comparación con los que se suelen llevar para ello. Vi a Edgar acercarse al niñe con un aura calmada, apartar el leño sin esfuerzo alguno, y examinar el pie del infante cuidadosamente. Ladeé la cabeza y fruncí el ceño, observando las acciones del extranjero.
— Solo ha sido un susto —susurró, contagiándole esa tranquilidad al pequeñe —. El leño era muy pequeño —. Las últimas palabras me las dirigió mirando en mi dirección con una sonrisa realmente dulce.
Se volvió hacia el infante y le sonrió de la misma forma, acariciando con cuidado su pie, el cual parecía que empezaba a adquirir un color rojizo por el golpe, aunque nada importante.
— ¿Puede decirle que no pasa nada? —me preguntó sin apartar la vista del niñe. Este ya había dejado de llorar hace rato y observaba con suma curiosidad a Edgar. Tardé un momento en reaccionar, pero no tuve problema en traducir lo que me había dicho.
— En un rato ya estará de nuevo correteando con sus amigos por el campamento —me informó levantándose y volviéndose a mirarme, mostrando una actitud animada que me descolocaba un poco.
— Gracias —agradecí su preocupación, a lo que él pareció cohibirse, rascando su nuca con su diestra.
— No ha sido nada, siquiera se ha hecho daño de verdad —le quitó importancia, ampliando un poco su sonrisa.
Me encogí ligeramente de hombros, no añadiendo nada más al respecto. Les demás infantes intentaron coger el leño que se le había caído a su amigue para poder llevarlo, pero cada une ya llevaba el suyo y no podían con uno extra. Antes de yo ir a cogerlo, Edgar se me adelantó otra vez y simplemente siguió a les niñes hasta donde estaban encendiendo el fuego. Tal vez podía no ser tan inútil como pensaba...
Me di la vuelta y fui de nuevo al centro del campamento, viendo que el fuego ya estaba encendido y la gente que se encargaba de cocinar ya estaba asando la carne. Ya estaba poniéndose el sol por el horizonte, por lo que era momento de hacer la cena para la tribu.
— ¿Por qué nunca sonríe? —me preguntó Edgar al oído. A pesar del factor sorpresa, yo no me inmuté, ni siquiera me volví a mirarle.
— ¿Para qué? No tengo la necesidad, tengo demasiadas preocupaciones como para eso —respondí sin darle importancia y con los brazos cruzados, viendo cómo las llamas iban devorando la madera poco a poco.
— A tu tribu le va bien, no tenéis falta de suministros, nadie está gravemente enfermo, y los niños juegan alegres —volvió a hablar, dirigiendo su mirada hacia el fuego, adoptando mi misma posición a excepción de los brazos, pudiendo ver de reojo que entrelazaba sus manos tras su espalda en su lugar.
—No todo es tan bonito como lo ves, mi madre cada vez está más cerca de la muerte, las tribus enemigas son una continua amenaza, estoy preocupado por la falta de frutos, y el que dependamos de mis relaciones con los gobernantes de las ciudades para que estos nos dejen reabastecernos a cambio de algunos trabajos temporales —le contradije, negando a su vez con mi testa —. La gente de mi tribu no se queja de mi falta de expresión, mientras mi liderazgo sea bueno, no se preocupan por ello.
—Estoy seguro de que a más de uno le gustaría verle sonreír, aunque no lo diga —aseguró él con cierta suavidad en su voz. Me quedé en silencio, dando la conversación por terminada.
Mi principal deber era mantener mi tribu a salvo de todos los peligros, todo lo demás era secundario, incluido aquel extranjero.
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El Extranjero
RomanceEdgar, un nativo de una gran ciudad al sur del gran desierto, condenado a vagar por La Tierra de Fuego por un destierro injusto, se encuentra a una tribu nómada desconocida para él. Amaru, el jefe de la tribu, se ve obligado a lidiar con el extranj...
