Utilidad y necesidades

376 34 15
                                        

— ¡Rápido! ¡Vienen los de la tribu enemiga!

Miré a mi alrededor y vi a toda mi gente esperando mis órdenes. Respiré hondo, y empecé a guiarles como sabía que debía hacer.

— ¡Todos, recojan lo imprescindible y métanlo en los carros! ¡Ensillen los caballos y aten a los carros a los de tiro! ¡Rápido! ¡Y guardias, preparaos para cubrir la retirada!

Todos se pusieron en marcha, todo marchaba según lo previsto, las cosas iban como la seda. Excepto por él. Edgar miraba confuso a todos lados, sin haber entendido lo que le había dicho a mi gente en mi idioma. Este intentaba recoger sus cosas, imitando a los demás, pero era demasiado lento.

La mayoría de la gente ya estaba en sus monturas o en los carros, listos para partir. Yo, espada en mano, estaba junto a mis hombres y mujeres entrenados para luchar, viendo la llegada del enemigo. Edgar se quedó sin poder subir a ningún caballo o carro y la otra tribu ya había empezado a cruzar espadas con nosotros.

Derrotamos a los más adelantados, y antes de que pudiesen venir los demás, ya había partido toda la tribu, por lo que los guardias y yo nos montamos en nuestras respectivas monturas y empezamos la retirada.

— ¡Amaru! —escuché a Edgar llamarme con desesperación.

Me volví hacia él y observé que este había tropezado y necesitaba ayuda, pero la segunda ráfaga de enemigos estaba al llegar. Le miré por última vez, impasible ante su situación antes de instar a mi caballo a que empezase a galopar.

Y fue tras aquel momento que me desperté súbitamente con la respiración agitada, como si hubiese corrido por un largo tiempo, cubierto de un sudor frío que me hacía tiritar un poco. Me incorporé e intenté calmar mi respiración, aquel sueño me había alterado en exceso. Aunque era probable que este se volviese realidad...

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Desperté tranquilamente, estirando mi cuerpo aún tumbado sobre la alfombra de mi pequeña tienda, viendo los rayos de sol colarse por las cortinas de la entrada. Cogí mi poncho y me lo puse, intentando peinar un poco mi cabello con mis dedos. Ya no me dolían las quemaduras, al parecer lo que me puso Amaru surtió efecto.

Salí de la tienda y estiré mis brazos por encima de mi cabeza mientras observaba los alrededores, ya había bastante gente levantada, algunos estaban recogiendo agua del lago, otros desayunando, y otros arreglando alguna que otra cosa. Me dirigí al centro del campamento y me dispuse a recoger los restos del fuego de anoche junto a otras personas. Cuando llevaba los restos carbonizados de la hoguera hacia un lugar más apartado para enterrarlos, me encontré con Amaru saliendo de su tienda con un par de ojeras bajo sus ojos. A juzgar por su aspecto no durmió muy bien...

Al terminar de enterrar los restos del fuego, volví a ver si necesitaban de mi ayuda, pero a estas horas no había mucho que hacer aún, por lo que me senté bajo la sombra de uno de los pocos árboles que había alrededor del lago del pequeño oasis. A su vez, me dediqué a observar a Amaru, el cual parecía estar aún somnoliento mientras entraba a la tienda de las provisiones y salía con un gran trozo de pan. Me sorprendí al ver que se dirigía hacia donde yo estaba y se sentaba a mi lado.

— Pensaba que dormirías hasta tarde siendo tu primera noche durmiendo en una tienda después de tanto tiempo haciéndolo a la intemperie —habló mientras partía el pan por la mitad y me daba un trozo.

— No suelo dormir mucho —respondí observándole mientras cogía el trozo de pan que me ofrecía. Sus ojos dorados se veían demasiado agotados —. ¿Durmió bien? —Él me miró con los ojos entrecerrados, pareciendo que no me iba a responder, pero al final lo hizo.

El ExtranjeroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora