— Edgar... —Sentía que alguien me sacudía con delicadeza a la vez que me llamaba, aunque le escuchaba de forma lejana —. Edgar, despierta...
Entreabrí los ojos, volviéndome hacia la persona que me estaba llamando, encontrándome con los ojos dorados de Amaru mirándome.
— Buenos días. —Le sonreí somnoliento, notando los brazos de Suyan rodeando mi torso.
— Levántate, quiero hacer un entrenamiento matutino. Te espero fuera —informó antes de incorporarse e irse.
Me froté los ojos, intentando despejarme. Me deshice del abrazo de le pequeñe, colocándome bien la ropa antes de salir y buscar a Amaru con la mirada, encontrándolo en un sitio algo apartado con dos espadas en las manos, observando los rayos de sol emerger lentamente por el horizonte. Al notarme cerca, giró su rostro hacia mí con una mirada indescifrable. No hubo más diálogo entre nosotros, solo me extendió una de las espadas para que la cogiese y empezásemos a entrenar.
Nada más comenzar, noté que él no estaba como siempre, se le veía demasiado pensativo o distraído.
— ¿Ocurre algo? —pregunté sin parar de entrenar, ya tenía un poco de práctica.
— Ailin me informó anoche de que descubrieron el engaño de las Cortes de tu ciudad —confesó esquivando mi ataque y devolviéndolo —. Te están buscando.
— Entiendo, entonces será mejor que me vaya, ¿cierto? —dije bloqueando su contraataque.
— No. Morirás antes de siquiera acercarte al oasis más cercano. —Volvió a atacar con rapidez, parando el filo de su hoja a poca distancia de mi piel —. Nosotros te acompañaremos, partiremos hoy, antes de que anochezca. Serán tres días de viaje en carro hasta la ciudad del norte si nos damos prisa y no paramos demasiado. Allí te quedarás hasta que uno de los que te están buscando te encuentre.
— ¡Pero eso es peligroso para la tribu! —repliqué golpeando su espada con la mía para parar su ataque —. Si me encuentran con vosotros os atacarán sin pensar. Allí solo piensan que sois unos salvajes y fácilmente prescindibles.
— Lo sé a la perfección, Edgar. Pero ya tomé mi decisión —respondió con dureza, sin parar de luchar en ningún momento, clavando sus ojos dorados en mí.
— Me niego. No pondré en riesgo vuestras vidas —contesté devolviéndole la mirada.
— Corre más riesgo la tuya si te vas sin nosotros que la nuestra. —Sabía que Amaru se estaba enfadando, pero no quería que nadie saliese herido por mi causa.
— Me da igual. No lo permitiré.
— ¡Cállate de una vez y obedece lo que te digo! —exclamó enfadado. Con su pie me golpeó las piernas desde atrás, haciéndome tropezar y tirándome al suelo. Se colocó frente a mí, amenazándome con el filo de su espada debajo de mi mentón, endureciendo su rostro más que nunca, teniendo un brillo peligroso en sus ojos dorados —. Escúchame bien, porque no lo repetiré. No voy a permitir que mueras por mi culpa. Te guste o no, el que llegases hasta aquí fue pura suerte, y La Tierra de Fuego no es tan benevolente. Si te dejo ir solo, no durarás ni cinco días, así que haremos lo que te he dicho y ya no hay más que hablar.
Quitó su espada de donde estaba y se marchó sin volver a mirarme, dándome a entender que no había lugar para las quejas.
¿Por qué hacía aquello? No lo entendía, siempre había sido prescindible. ¿Por qué ahora no?
Me levanté del suelo con rabia, no queriendo que le pasase nada malo a Suyan, ni a Ailin, ni a Ituma ni... por supuesto, a él. Me sacudí la arena y volví al centro del campamento. Me percaté de que muchos me miraban más de lo normal, extrañándome su comportamiento.
ESTÁS LEYENDO
El Extranjero
RomanceEdgar, un nativo de una gran ciudad al sur del gran desierto, condenado a vagar por La Tierra de Fuego por un destierro injusto, se encuentra a una tribu nómada desconocida para él. Amaru, el jefe de la tribu, se ve obligado a lidiar con el extranj...
