Confianza y descendientes

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Desde aquella noche, las cosas entre Amaru y yo parecían no haber cambiado.

Parecían.

Era algo que solo se podía percibir si observabas muy atentamente. Debías observar la forma en la que nuestras acciones "accidentalmente" hacían que coincidiésemos en algún sitio, la forma en la que nuestras miradas se cruzaban de forma accidental en cualquier momento, pequeños roces sin importancia al pasar al lado del otro. Eran pequeños gestos, "coincidencias", que aunque nunca dijésemos nada al respecto, ahí estaban. A pesar de lo turbado que me dejó la noche del beso, aquel posterior comportamiento me alivió en cierta medida, aún si a su vez me descolocaba.

Sin embargo, las noches transcurrieron con normalidad y aquello no volvió a ocurrir. Algo que a mí me fastidiaba en mi fuero interno. No lo iba a admitir en voz alta, pero deseaba volver a besarle.

Aunque todos esos pensamientos los acabé haciendo a un lado, pasando a sentirme preocupado por él. Su madre estaba cada vez más enferma y débil en los últimos días, no pudiendo salir de su tienda. Últimamente, aunque Amaru parecía el mismo hombre serio de siempre, podía notar que estaba decaído. No sabía cómo describirlo, solamente... veía que su mirada tenía menos brillo.

Hasta que... el día llegó.

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— Jefe, su madre me ha ordenado que le informe de que desea que vaya a su tienda —me anunció una de las personas que se dedicaban a cuidarla.

Asentí sin mostrar emoción alguna y me dirigí a su tienda en completo silencio. Al asomarme al interior, pude verla tumbada entre cojines y mantas, con su cabello blanco destacando sobre las coloridas telas, demasiado débil para levantarse.

— ¿Qué querías, madre? —le pregunté mientras me arrodillaba a su lado.

— Hijo, ya sabes que me queda muy poco tiempo —habló con una voz terriblemente cansada —. Debo hablar contigo de algo importante.

— Te escucho, madre —susurré, intentando que no me afectase más de lo necesario la escena de la mujer que me dio la vida muriéndose.

— Amaru, tienes veintiséis años, y aún no tienes ninguna persona a tu lado, y mucho menos une hije... Nunca me gustó presionarte en este asunto, sé que todo va a su ritmo, pero ahora mismo eres joven, debes aprovecharlo y tener descendencia, alguien a quien poder dejar al cargo de la tribu cuando tú estés en mi lugar. —Alzó una temblorosa y arrugada mano, posándola sobre las mías. Yo la envolví entre mis manos, sintiendo que mis ojos se aguaban aún si hacía acopio de todas mis fuerzas para no dejar que ninguna lágrima cayera.

— Te entiendo, madre. Pero no quiero tener una pareja por el simple hecho de tener descendencia —hablé, intentando que mi voz no temblase, bajando mi cabeza para ocultar mi rostro con mi cabello.

— Lo sé, hijo. Pero debes empezar a planteártelo, la tribu debe seguir teniendo un líder cuando tú ya no estés. —Su voz cada vez iba perdiendo más fuerza, señal de que su vida se escapaba poco a poco. Asentí, cerrando mis párpados con fuerza, intentando mantener mi respiración regular inspirando profundamente.

— Lo haré, mamá... —respondí débilmente, abriendo mis ojos para poder ver su rostro. Ella me dirigió una ligera sonrisa llena de cariño, estrechando con sus escasas fuerzas mi mano antes de cerrar sus párpados lentamente y dormir para siempre.

Apreté mi mandíbula, intentando ser fuerte, como el líder que debo ser. No podía derrumbarme siquiera en momentos así.

Posé su mano sin vida sobre las mantas con cuidado y después me levanté lentamente, manteniendo un precario equilibrio. Las personas que cuidaban de ella ya estaban haciendo los preparativos para incinerar su cuerpo esta misma noche.

Salí de la tienda intentando no mostrar ningún sentimiento, notando las miradas de mi gente sobre mí. En una tribu como la nuestra, las noticias como esta iban de boca en boca rápidamente. Me dirigí a mi tienda, pero antes de llegar, me topé con Edgar, con sus ojos verdes observándome atentamente. Él ya sabía lo suficiente de nuestro idioma como para entender la noticia que iban contando los demás. Le miré por unos segundos antes de entrar a mi tienda, a lo que él entró sin esperar ninguna invitación.

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Estaba preocupado por Amaru. En cuanto me había enterado de la muerte de su madre fui a buscarle para ver cómo estaba, encontrándomelo a punto de entrar a su tienda con su expresión seria de siempre. Sabía que todo eso era una fachada, por lo que entré detrás de él para poder hablar tranquilamente.

— ¿Por qué entras sin mi consentimiento, extranjero? —me preguntó sin volverse hacia mí, provocando que mi paso se detuviera en seco. ¿Me volvía a llamar extranjero ahora?

— Quería ver cómo estabas... —informé con una voz tal vez demasiado débil mientras él se sentaba sobre la alfombra, dándome la espalda.

— Estoy bien, gracias por tu preocupación, pero debes irte —me ordenó con voz neutra, tan intimidante como era usual.

— Amaru, sé que eso no es verdad —le dije a la vez que le rodeaba para poder observar su rostro. Él tenía la mirada perdida, sin su brillo característico, observando sin ver los dibujos de la alfombra.

— Edgar... ahora no es el momento, por favor, márchate —me pidió sin mirarme, reduciendo esta vez su tono, perdiendo fuerza.

— ¿Por qué actúas así? —le pregunté, ignorando lo que me acababa de decir.

— Edgar, de verdad, márchate —repitió con un pequeño temblor en su voz.

— ¿Por qué no dejas ver que estás mal? —le volví a preguntar, sentándome en frente de él, haciendo que por fin dirigiese su mirada dorada demasiado apagada a mi rostro.

— Debo mantenerme firme por el bien de mi tribu —confesó sin dejar ver ninguna emoción —. Si no, todo esto se vendría abajo.

— Pero yo no soy de tu tribu —dije con una sonrisa que pretendía transmitirle calma —. Soy un extranjero ¿no? Conmigo no tienes por qué actuar así.

Él entreabrió los labios, abriendo sus ojos con sorpresa por lo que acababa de decir. Me acerqué en poco más a él, intentando que dejase de actuar de esa manera, como si fuese un muñeco sin sentimientos cuando en realidad no lo era. Él bajó la cabeza, haciendo que su cabello cobrizo le ocultase el rostro.

— Las cosas que te afectan de esta manera no debes enfrentarlas solo, todo el mundo necesita el apoyo de alguien. —Volví a hablar, viendo que su cuerpo temblaba ligeramente. Él se tapó los ojos con su mano y apretó los dientes, siendo visible que cada vez su muro se iba derrumbando más y más —. Puedes confiar en mí... —susurré, viendo que una diminuta gota se caía de su rostro.

Amaru intentaba retener sus lágrimas, aún escondiéndose entre los restos de su máscara destrozada por el dolor de su pérdida. Alargué mi mano hacia él, apartando con cuidado la suya de su rostro y haciendo que me mirase. Vi sus ojos dorados llenos de tristeza y dolor, no pudiendo evitar derramar lágrimas por ello.

Lentamente, dirigí su cabeza a mi hombro, a lo que él se dejó sin articular palabra, como si tan solo se tratara de una muñeca de trapo. Sentí sus lágrimas caer una tras otra, en un completo silencio, notando su cuerpo temblar ligeramente bajo mi tacto. De vez en cuando, pasaba las yemas de mis dedos por su espalda, dejando que él se desahogase cuanto tiempo necesitara.

— E-esto no debe salir de aquí, Edgar... —habló con voz rota, sin cambiar la posición en la que estábamos.

— Lo sé, lo sé... —susurré con suavidad, atreviéndome a acariciar su cabello.

Cerré los ojos y esperé pacientemente a que él consiguiese liberarse de la angustia que le ahogaba, expresándola en lágrimas silenciosas. Internamente daba gracias por esa confianza que al final había puesto en mí...

El ExtranjeroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora