CAPITULO VIII: El chico de la calle

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Durante una semana no he podido sacar aquella idea de mi cabeza. ¿Seré tan torpe como para inventarme a Alberto? Eso significaría que he vivido siempre engañado, estafado por mi propia soledad, por aquella carencia que me obligó a idear un ser idílico, un príncipe azul que de otra manera, jamás se acercaría a mí. Como me es costumbre, trato de ser feliz, de sonreír y alegrar a quienes me rodean, solo que en estos siete días se me ha dificultado mucho más aquella tarea.

Son las cinco de la mañana, me levanto para ir nuevamente a la consulta del doctor Eguiguren. Debo cruzar la ciudad completa, aunque el saber que ya me queda menos para lograr la operación de Andrés, me da ánimos para seguir adelante. Debo ser sincero y reconocer que no solo esa idea me alienta, sino también la oportunidad de jugar con mi nueva amiga, con la pequeña Carlota. Durante todos estos días me ha ayudado a hacer mi trabajo, obviamente con tareas muy fáciles y mientras jugamos a esas andanzas que siempre quiso realizar. –Mis compañeros del jardín de niños no quieren jugar conmigo... ¿por qué son tan malos?- Me dijo el otro día la rolliza de bellos ojos. No sabía qué responderle, supongo que debe ser por la misma razón que argumentan sus hermanos, eso del síndrome de Down. –No es que sean malos... yo creo que deben ser tímidos y les da vergüenza acercarse a alguien que es diferente a ellos. ¿Has intentado hablarles?- Le pregunté y es que no quiero que cometa los mismo errores que yo en mi infancia. Ahora de grande puedo hacer amistades y conversar con desconocidos, solo que en mi pasado moría del pánico al saber que otra persona me oiría. Creo que la pequeña todavía no se atreve, pero trataré de convencerla que ella es capaz de tener amiguitos de su edad. Por mientras, me divierto jugando con ella.

Tras salir de la ducha, y colocarme la ropa, me encuentro con Leandro, quien quiere ocupar también el baño. –Buenos días... toma, para que te sientas mejor...- Y con ello toma mis manos para depositar un caramelo en mi palma. Siempre hace lo mismo, si no es en la mañana, lo hace en la noche, nunca deja de entregarme esos dulces y es que supuestamente esos arreglarán todos mis problemas. ¿Será verdad? Me dan un momento de alegría y dulzura, aun cuando vengan de él. ¿Por qué le rechazaré tanto? Si lo pienso bien, ha sido una muy buena persona conmigo y con mi familia, ¿no debería merecer mi simpatía? Pienso en ello mientras camino al paradero del autobús.

Llego temprano a la consulta y tras colocarme el overol que poseo como uniforme, me dirijo a los pasillos para limpiarlos, junto con las salas de espera y algunas oficinas desocupadas. Como el doctor no se encuentra, me dirijo hasta su despacho para asearlo. Estoy en eso cuando la puerta se abre de improviso, asustándome de sobremanera. –Lo siento, no pensé que estuvieras aquí...- Dice el señor Eguiguren, tras mostrar su figura alta y aquella cabellera tan dorada. Deja sus pertenencias en el escritorio, mientras sigo con mis quehaceres.

-¿Pilar siempre ha sido tan guapa?- Escucho de pronto aquella voz gruesa, esa de hombre de mundo. El médico me dirige por primera vez la palabra sin ahondar en el trabajo ni en la operación de mi niño, esta vez de una forma amena, sumamente cercana. Sonríe ampliamente, de seguro imagina a mi hermana de pequeña, no como la chica pobre que en realidad fue, sino como una señorita de clase. –Siempre he sentido mucho aprecio por ella y por Orlando. Me da mucha pena que sus padres hayan muerto cuando ellos eran tan pequeños... Él es mi mejor amigo, a quien le he dejado el trabajo de administrar mis empresas, confío plenamente en su labor... Es pequeño el mundo, mira que justo tú, quien se acercó para pedirme una operación para su amigo, resultó ser hijo de la sirvienta que terminó criando a mi esposa... Lo he pensado mejor y en agradecimiento a lo que tu madre hizo por mi amada, operaré a tu amigo sin que sigas trabajando para mí... ¿estás de acuerdo?- Habla largamente, sorprendiéndome palabra tras palabra. Mi pecho se contrae al pensar lo engañado que está el pobre hombre, que cree en la bondad de dos personas que tanto a mi madre como a mí, nos han decepcionado. En mi garganta se crea un nudo, todo mi ser me pide que ayude al doctor, que le abra los ojos, aunque simplemente callo y es que son mis hermanos, a quienes amo aun luego de todo lo que han hecho.

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