Capítulo 11

1.6K 100 0
                                        

- Ahí estas –exclamo Cassandra, arrastrando a una rubia y hermosa mujer con ella –. Perséfone, Helena. Helena, Perséfone. Vamos, que tenemos mucho que hacer.
-¿Cómo qué? –La seguí hasta mi dormitorio.
-Helena diseña los mejores vestidos, y tenemos que repasar todo lo que necesitas saber sobre el baile de mañana.
-Voy a estar aquí si me necesitas –me recordó Tánatos.
Helena y Cassandra estaban balbuceando entre sí a la velocidad de la luz sobre telas, colores y cortes. Todo lo que sabía sobre vestidos era que salían del centro comercial.
—Creo que podría necesitarte —le susurré a Tánatos con temor. Tánatos me sonrió.
—No hay manera en el infierno. —Me guiñó un ojo mientras mi puerta se cerraba.
Diseñar un vestido no tomaba mucho tiempo en el Inframundo. Helena me tocó el hombro y llevaba un vestido de corte princesa. Ella frunció el ceño e hizo ajustes aquí y allá, tocando mi hombro cada vez.
—¿Eres Helena de Troya? —le pregunté. Sus ojos dorados se volvieron hacia mí con cautela y asintió.
Era extraño estar en la misma habitación con la cara que lanzó mil barcos. Era bonita, pero no era su cara lo que se destacaba para mí. Era su cabello. Era un hermoso tono de rojo y rubio que se combinaban para hacer un color dorado que nunca había visto antes. Caía por su espalda en ondas lujosas. Nunca había tenido un problema con mi cabello antes. Lo consideraba mi mejor rasgo, pero viendo el cabello de Helena, estaba celosa.
—¡Tienes un cabello hermoso! —solté. Mis ojos se abrieron, horrorizados porque había hablado en voz alta.
—Gracias —dijo efusivamente—. ¿Quieres probártelo?
—¿Eh?
Un espejo de cuerpo entero apareció frente a mí y me miré en él, sorprendida al ver mi cabello del mismo tono dorado. Miré a las dos de pie una al lado de la otra en el espejo, y algo acerca del reflejo me molestaba.
En un instante supe lo que era.
—¡Te pareces a mí! —dije volviéndome a mi sombra rubia—. Quiero decir, no el color del cabello, obviamente, pero nos parecemos.
—Compartimos un padre.
Momentáneamente estaba atónita antes de recordar: Helena de Troya era una hija de Zeus.
—Está bien, ya terminamos aquí. —Ella tocó mi hombro, y llevaba un par de pantalones cortos negros y una camiseta sin mangas azul, hechos de un material impermeable delgado.
—¿Qué? —Miré a mi atuendo sin habla.
—Es hora de tus clases de defensa personal. —Cassandra sonrió.
Helena sonrió.
—Estaré mañana por la noche, justo antes del baile.
Apenas habían salido cuando Caronte entró a mi habitación.
—Buenas tardes —gritó con voz jovial—. ¿Estás lista para aprender a patear algunos culos?
Me enseñó algunos movimientos básicos de autodefensa. Me acordé de la mayoría de ellos de las clases que había tomado hace algunos años. Caronte repasó cómo escapar de diferentes agarres.
—¿Puedo conocer a algunos de los héroes? —le pregunté, cuando concluyó la lección.
—Lo siento, cariño. La mayoría de los héroes deciden beber del Lete. Tienden a tener vidas trágicas. Ahora por fin pueden descansar.
—Oh.
Se rió de la evidente decepción en mi voz.
—¿A quién estabas esperando conocer?
Me sonrojé.
—Era una fan de la serie de Hércules cuando era más joven.
—¿Tenía una serie? —Caronte levantó las cejas—. Solo alcancé a ver la caricatura.
—¡Me encantaba esa caricatura!
—No dejes que Hades te oiga decir eso —rió Caronte—. O que eres fan de Herc.
—¿Por qué?
—Ha habido mala sangre entre los dos desde que Hércules robó el perro de Hades.
—¿Cerbero? El mito decía que fue un "préstamo".
—Lo fue. Pero Hércules nuca trajo a Cerbero de vuelta, y ahora está borracho del Lete así que nunca podrá decir a Hades dónde encontrarlo.
Parpadeé. Todo muerto venía al Inframundo. Si Cerbero nunca había regresado...
—¿Quieres decir que hay un perro de tres cabezas dando vueltas en la superficie?
—Tu conjetura es tan buena como la mía. Parece que tienes una idea bastante firme de lo básico, así que vamos a ver cómo te va.
—¿Cómo me va? Como... —Luché para recordar la palabra—. ¿Sparring? —Sí.
—¿Contigo? ¿Hoy? Solo acabo de empezar. Tánatos y tú no se tomarán en serio la apuesta, ¿verdad?
—No, Tánatos no es un idiota. No se atrevería a poner un dedo sobre ti, y tampoco yo.
Levanté una ceja.
—¿Por qué no?
—Tú eres la esposa de Hades.
Me sonrojé.
—En realidad no, nosotros solo... Caronte hizo un gesto con la mano.
—Eso no importa. Ningún dios en su sano juicio va a poner un dedo encima tuyo a menos que quiera empezar una guerra. Necesitamos a alguien que con seguridad pueda canalizar el enojo de Hades si te haces daño.
—No creo que esté lista para...
—Tú no eres humana. Los seres humanos tienen instintos de lucha o de vuelo. Nosotros solo de lucha. No fuimos diseñados para tener miedo a nada. Hemos creado la cadena alimenticia, por lo que la arrogancia viene conectada directamente a nuestro ADN. Tienes mejores instintos de lo que crees, y la única manera de evaluarte es viéndote en acción.
—Espera. ¿Mejores instintos? Como puedo hacer florecer las flores, ¿estoy preparada para la batalla? —Me reí.
—No todos los dioses tienen la suerte de obtener poderes —señaló Caronte—. Así que no critiques el tuyo. Cada dios es bendecido con mejores reflejos y con un toque más de fuerza que un humano promedio. —Frunció el ceño—. Era una diferencia mucho más notable antes de que la humanidad descubriera las vitaminas.
—No soy más fuerte que nadie. —Me hubiera gustado poder decir lo contrario, pero algunas puertas pesadas me daban problemas. No tenía ilusiones sobre mi fuerza.
—Todavía no. Aún no has desarrollado tus poderes. No estamos hablando de súper-fuerza, de todos modos, es un ligero y bonito refuerzo. Y se correlaciona con la altura y la construcción, así que hay posibilidades mientras seas más fuerte que otra persona de tu mismo tamaño, pero todavía no superarás a la mayoría de los seres humanos.
—Oh.
—Así que vamos a ver en qué tenemos que trabajar. —Caronte chasqueó los dedos.
Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, un hombre me agarró por detrás. Tiré mi cabeza hacia atrás como me habían enseñado, pero en vez de romperle la nariz, mi cabeza rebotó inofensivamente en su pecho.
Le pisé fuerte, haciéndole gruñir de dolor. Su agarre se aflojó apenas, pero fue suficiente para torcerme y liberarme. Me volví hacia él y me congelé.
La figura frente a mí era una cáscara encorvada y retorcida de un hombre. Su piel era de color gris, blanqueada de color y demacrada. Podía ver cada hueso de su cara. Sus ojos brillaron con odio y vino hacia mí con un gruñido gutural.
Salté hacia atrás.
—¿Qué es?
—Este es Bob —dijo Caronte, su actitud alegre parecía fuera de sincronía en la misma habitación que el hombre delante de mí. La cosa cortó con una mirada irritada a Caronte y Caronte se encogió—. ¿No eres Bob? Meh, a nadie realmente le importa cómo te llamas. Bob es uno de los habitantes del Tártaro. Le dije que si podía vencerte consideraría dejarlo salir por buena conducta.
Recordé lo que había dicho Caronte sobre la necesidad de un blanco seguro para Hades si me lastimaban, y mis ojos se abrieron. Antes de que pudiera responder, Bob se lanzó hacia adelante y me apresuré a salir de su camino. No fui lo suficientemente rápida, y él me agarró del hombro. Tropecé y su mano apareció repentinamente, la envolvió alrededor de mi cuello y me estrelló contra la pared.
Forcejeé con su mano pero su agarre no se debilitó. Mi visión se volvió borrosa. Le di un rodillazo en la ingle y me dejó caer con un grito furioso. Le di una patada a sus rodillas. Cayó al suelo. Me puse de pie, pero su mano agarró mi tobillo y me dio un tirón atroz. Caí, mi cabeza golpeando la colchoneta lo suficientemente fuerte como para ver estrellas. Me clavó en el suelo. Me retorcía debajo de él, tratando desesperadamente de escapar de sus garras, y de repente el peso se levantó de encima de mí.
—Adiós, Bob —dijo Caronte, chasqueando los dedos. Bob se desvaneció—. Está bien, entonces esto es lo que hiciste mal —comenzó Caronte a aleccionar.
Poco a poco me puse de pie, mirando a Caronte con incredulidad.
—No dejarás que se vaya, ¿verdad?
—Lo consideré. —Los ojos de Caronte brillaron con malicia—. Y entonces me di cuenta de que no tengo la facultad de autorizar algo así. Relájate, Perséfone. No sería el infierno si no pueden experimentar una falsa esperanza. ¿Puedes correr?
—Soy capaz de correr —le contesté, confundida por el rápido cambio de tema—. Por supuesto.
—¿Rápido, distancias largas?
Fruncí el ceño. Cada año en la clase de gimnasia entrenábamos para el Premio Presidencial de Capacidad y corría una milla en la pista. Melissa y yo por lo general terminábamos siendo las últimas de nuestra clase, pero nunca habíamos intentado hacerlo mejor.
Corríamos por un minuto para que nuestro profesor no pudiera decir que no lo habíamos intentado y caminábamos y hablábamos el resto del tiempo.
—Tal vez.
Caronte negó con la cabeza.
—Eso no es suficiente. Tienes que correr todos los días.
—¿Por qué?
—Cada técnica que te voy a enseñar se trata de escapar. Si no puedes huir de tu agresor, entonces es una pérdida de tiempo.
Pensé en mi pesadilla de anoche y me estremecí. —¿Qué pasa si no puedo escapar?
—Si es un mortal, le darás una patada en el culo. Si se trata de algo más que una deidad menor, estás jodida.
Fruncí el ceño.
—Tenemos que tener algún tipo de debilidad.
—Sí, nuestros hijos. ¿Sabes toda esa cosa de creados, no nacidos? Asentí con la cabeza.
—Cuando los dioses conciben, dan a sus hijos parte de su poder. Literalmente. Por lo que sé, Deméter te dio una parte importante de ella, y probablemente Zeus solo te dio tu personalidad encantadora. —Me sonrió. Entrecerré los ojos, sin saber si tomar eso como un cumplido o un insulto—. Independientemente de cuánto poder tiene un dios de sus padres, fue una vez parte de sus padres, por lo que sus padres son vulnerables a ellos.
Todos los mitos que había oído de que los padres estaban convencidos de que sus hijos iban a matarlos de pronto tuvieron mucho más sentido.
—Eso no te ayuda, sin embargo. Te enfrentas a un dios, corres hacia otro lado y rezas para que no se puedan tele transportar.
Con ese pensamiento alegre, elaboró un programa de entrenamiento para mí. Se suponía que debía caminar durante cinco minutos, luego trotar durante treinta segundos, aumentando los intervalos de trote a lo largo de un par de semanas, y luego gradualmente aumentando la velocidad y la distancia. Caronte me ayudó a conectar mi teléfono a la red del Inframundo y descargar una aplicación para correr que algún alma con conocimientos de tecnología había creado. Se ofreció a ayudarme a crear una habitación con una pista cubierta, pero decliné a favor de encontrar una al aire libre. Seguía inquieta por la lucha y quería estar lo más lejos posible de Caronte.
El Inframundo no tenía escasez de hermosos senderos que atravesaban densos bosques de olmos, arces, pinos y robles. Tánatos me mostró un camino que serpenteaba alrededor de un lago pintoresco, rodeado de robles cubiertos de musgo español. Me puse los auriculares y comencé mi lista de reproducción, permitiendo que el programa me guíe de caminar a correr.
Caí en el ritmo sin ningún problema, dejando a mi mente libre para vagar. No me gustaba la idea de estar indefensa ante nadie. ¿Y si no podía correr? ¿Qué pasaría si Bóreas podía tele transportarse? Me detuve con un pensamiento repentino. ¿Podría tele transportarme? Tendría que preguntarle a Hades después, pero si pudiera, ¿era necesario que aumentara la resistencia para correr?
Tal vez insistir en las lecciones de defensa personal era una tontería. Hades parecía pensar que sí, y Caronte prácticamente confirmó que sería inútil si estaba en algún peligro real.
Pirítoo es humano. Él todavía puede hacerme daño. La gente, los chicos, en particular, habían estado actuando extraño a mi alrededor. No me había sentido segura desde hacía tiempo. Sería bueno saber que podía manejar la situación si algo loco aparecía. Mi mente viajó a Helena y me pregunté si eso era algo que teníamos en común.
Terminé de correr y bajé a mi habitación para una ducha, cambiándome a un vestido verde antes de ir a cenar. Dejé la mesa después con toda la intención de ir a la cama, pero Hades me llevó a un lado a lo que llamaba Diosa 101.
—Pensé que necesitabas tiempo para ti después de la cena —le dije mientras me llevaba a su biblioteca.
—¿Quién dijo que esto iba a tardar mucho? —Hizo un gesto para que me sentara en una de las dos sillas de cuero de respaldo alto—. No puedo saber lo que vas a ser capaz de hacer, pero podemos hacer algunas pocas conjeturas. Eres hija de Zeus, por lo que muy probablemente tienes lo mismo que le dio al resto de sus hijos. —Me sonrió—. Encanto.
—¿Encanto? —repetí con incredulidad. Volví a pensar en el elogio de Caronte de que había heredado la personalidad encantadora de Zeus—. ¿En serio eso es algo que se puede heredar?
—Carisma, o como quieras llamarlo. Algo que dijiste ayer me lleva a creer que ya está haciendo efecto.
—¿Qué quieres decir?
—En el apogeo de su poder, Zeus era... —Hades hizo una pausa como si estuviera buscando las palabras adecuadas—. Él era imparable. Todo el mundo lo escuchaba y todo el mundo lo amaba. Los dioses confiaban en él, sin duda. Los seres humanos reaccionaron a él volviéndose celosos, posesivos, agresivos o enamorados. Zeus sacó todo lo que estaba en sus corazones, sus más bajos instintos. Fue un caos.
Sentía la garganta seca.
—¿Cómo es ese encanto?
—Si puedes desequilibrar a una persona, entonces puedes controlarla. Zeus prosperó en el caos. Cuanto más irracional se volvían todos a su alrededor, tanto más era capaz de controlar. Ese no es su único poder, por supuesto, pero es el que siempre le ha dado a sus hijos.
—Genial —murmuré—. ¿Así que eso es lo que le pasó a todo el mundo después de la pasada primavera? Ese es un poder de mierda.
—No si puedes controlarlo.
Mis ojos se encontraron con los suyos y me atreví a tener esperanzas. —¿Puedo?
—Tienes suerte. Un semidiós no puede controlar su carisma. No necesito decirte lo cuidadosa que necesitas ser con esta capacidad. Los seres humanos son impotentes contra ella. No va a funcionar sobre los muertos, pero en la superficie es muy poderoso.
Me moví, incómoda con la idea de controlar a la gente. —¿Cómo puedo desactivarlo?
—Vamos a trabajar en eso, pero primero tenemos que ir a lo que va a pasar mañana por la noche.
Me tensé, esperando una lección sobre la etiqueta. En cambio, tomó mis manos entre las suyas y me miró a los ojos, la expresión de su cara seria.
—Las almas te van a adorar. Es natural. Tú eres su reina y diosa. Si comienzas a experimentar dolores de cabeza o molestias, cualquier cosa, dímelo inmediatamente.
Asentí con la cabeza, los ojos de par en par. —¿Por qué?
Hades comenzó a responder, pero un golpe en la puerta lo interrumpió.
—Hades. —Hipnos abrió la puerta—. Mis disculpas, pero necesito tu opinión para la seguridad de mañana en la noche.
Hades asintió, e Hipnos entró a la habitación.
—Te veré mañana en el baile, Perséfone —dijo Hades—. Buenas noches. Parpadeé ante mi despido y salí de la habitación sintiéndome entumecida.

Persephone. Hija de ZeusHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora