Capítulo 13

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Al despertar a la mañana siguiente, me sentía miserable. En la cumbre de una resaca inevitable, también tenía arañazos en los nudillos y un moretón en mi brazo derecho. Pero el lado positivo era que no recordé ninguna pesadilla. Tal vez debería tomar más seguido antes de ir a la cama. Reí, luego hice una mueca al oírlo. A mamá le daría un ataque. Probablemente ella habría inventado el discurso de "tu cuerpo es tu templo". Claro que en su caso, de cierto modo supongo que lo era.
Cepillé mi pelo, haciendo muecas cuando agarraba el cepillo con mi mano. ¿Qué había sucedido anoche? Recordé volver a mi habitación. Hades me había dejado como un perfecto caballero.
Miré mis nudillos y ahogué un grito de sorpresa. Allí no había nada. La piel estaba intacta y sin manchas. Lo debo haber imaginado.
Me obligué a continuar con el día. Detestando las sonrisas de complicidad que todos me daban. Mi dolor de cabeza aún no se había retirado en el momento en que tenía lecciones de diosa con Hades.
—No te estás esforzando lo suficiente. —Puso la fuente de M&Ms frente a mí—. Trata de usar el encanto conmigo para que te dé los M&Ms rojos. Esos son mis favoritos.
Miré a Hades a los ojos.
—Dame los M&Ms rojos.
—Todavía no es suficiente.
—Dame los malditos M&Ms rojos —solté. Él rió.
—Eso no fue muy encantador.
Hice una mueca al oírlo. —Por favor.
—Esfuérzate más.
Me levanté, empujando mi silla hacia atrás y quitando la otomana de cuero del camino. Hades arqueó una ceja pero no dijo nada cuando le toqué los hombros, mirándolo fijamente a los ojos.
—Tú realmente quieres darme los M&Ms.
Empujó su silla hacia atrás, liberándose de mi mano.
—No es seducción, Perséfone. —Se levantó, dirigiéndose a la ventana y empujando hacia atrás las cortinas de terciopelo rojas—. Solo mírame a los ojos y dime lo que quieres. Si lo estás haciendo bien, la persona se sentirá obligada a dártelo.
Capturé su mirada. —Quiero Paracetamol.
Su sonrisa era amable. —Eso estuvo un poco mejor. Suspiré e intenté de nuevo.
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Durante la próxima semana caí en una rutina con mis lecciones y aprendí mi camino por el Inframundo. En la víspera de Año Nuevo, me retiré temprano a mi habitación y esperé a que el reloj marque las doce. No hubo vítores ni fanfarrias. Casi esperaba otro baile, pero resulta que los muertos no celebran el paso del tiempo.
En todo el tiempo que había estado en el Inframundo, no me había sentido sola hasta esta noche. No sabía por qué. No era como si la víspera de Año Nuevo fuese importante para mí en el reino de los vivos. Todo lo que hubiera hecho era tener una pijamada con Melissa, acurrucada en su sofá viendo la celebración mientras comía masa para galletitas.
Mi pecho se contrajo. Extrañaba tanto a Melissa. Cassandra resultaba ser una excelente amiga, también Helena, pero había conocido a Melissa desde que nacimos. Nunca habíamos estado separadas por tanto tiempo como ahora. Había tanto que quería contarle.
Me metí en la cama, sintiendo la pelusa del edredón a mi alrededor. No quería dormir, no quería dormir de nuevo, pero estaba exhausta. Había estado teniendo pesadillas horribles desde Brumalia. El entrenamiento diario, físico, mental y divino, estaba empezando a pasar su factura. Especialmente combinado con noches sin dormir.
Pero la cama era cómoda. Mis párpados se hicieron más pesados y empecé a quedarme dormida. Con un grito ahogado mis ojos se abrieron. Podía ver el techo, pero los bordes de mi visión eran borrosos. Lágrimas picaban en mis ojos, pero no podía parpadear. Un peso se asentó en mi pecho. No podía respirar, no podía moverme. Mis extremidades estaban pesadas, presionadas en la cama. No podía girar mi cabeza. Un grito subió por mi garganta pero no podía abrir mi mandíbula para dejarlo salir.
Mi garganta ardía debido a los gritos silenciosos. Mi mente estaba despierta pero atrapada en cuerpo de peso muerto. La pesadilla había empezado. No podía decir si estaba dormida o despierta cuando empezaba. Tal vez estaba en un punto intermedio.
El techo era blanco. De él caían copos, derritiéndose en mi piel congelada. Mi cuerpo se hundía en la nieve como una roca. Luchaba, pero mi cuerpo no estaba respondiendo.
Mis pensamientos desaparecieron cuando escuché una risa glacial. Hielo se deslizaba hasta los dedos de mis manos y pies. Serpenteaba a lo largo de mis extremidades, el frío latiendo en mi carne. El viento susurraba mi nombre, y luché con más fuerza.
Sentí algo cálido creciendo dentro de mí, y me aferré a la sensación. Mi mente recordó mis pocos éxitos en mi entrenamiento con Hades, y la vez que hice crecer la flor. Escuché pasos crujiendo hacia mi tumba de hielo y supe con todo certeza que si ellos me alcanzaban estaría condenada. Sueño o no, este dolor se sentía real.
Los pasos estaban más cerca. No podía mover mi cabeza para ver la figura que se acercaba, pero el sueño nunca antes había progresado hasta este punto. Me aferré a la sensación cálida dentro mío, y se disparó por mi cuerpo, liberando mis extremidades y mi garganta.
Me senté de golpe en la cama, gritando con todas mis fuerzas. Las sábanas se enredaron alrededor de mis piernas y las aparté frenéticamente, rasgándolas en mi prisa por ser libre. La puerta se abrió de golpe y Hades se precipitó a entrar a la habitación, indicando a una Cassandra de ojos abiertos quedarse detrás de él. Miró por toda la habitación hasta que su mirada descansó en mí. Mi grito murió. Tomé un respiro jadeante y rompí en lágrimas.
—Lo siento. Lo siento tanto. Solamente fue un estúpido sueño. No fue mi intención despertarte. Lo siento tanto —balbuceé entre un castañeo de dientes—. Tan solo tuve una pesadilla. Lo siento.
Hades frunció las cejas y se arrodilló a mi lado en la cama.
—Te estás congelando. —Tocó mi mejilla. Su mano se sintió tan cálida que instintivamente me incliné hacia ella.
—Lo siento. —Contuve mis lágrimas. Al parecer no podía dejar de repetirlo. Mi corazón martillaba en mi pecho, no podía recuperar el aliento—. Lo siento, tanto...
Hades me hizo callar, pasando un brazo alrededor de mis hombros. Con su otra mano, me cubrió con la sabána.
—Cassandra, trae a Hipnos. —Su voz tenía una calma forzada como si le estuviera hablando a un animal enjaulado. No vi a Cassandra salir de la habitación. Me aferré a Hades, temblando y llorando.
—Lamento tanto haber despertado a todos. —Mi voz era ronca.
Me hizo callar. Cuando dejé de temblar se alejó de mi y miró a mi ojos húmedos.
—¿Qué soñaste?
Algo en el tono de su voz me asustó. Estaba intentando sonar tranquilo, pero escuché un trasfondo de rabia, aunque no sentí que estuviese dirigida a mí.
Empecé a temblar de nuevo.
—Esto es tan estúpido. Solo fue hielo y nieve. —Me estremecí—. Casi exactamente lo que pasó ese día en el claro, pero esta vez Bóreas estaba ahí y...
Los dedos de Hades agarraron en mis hombros.
—Me estás lastimando.
—Lo siento. —Los soltó y frotó mis hombros.
—N-no pasó nada. No sé porqué estaba tan asustada. Es solo...sentí... — Tragué saliva—. No podía moverme, y era solo...era solo...
—¿Cuánto tiempo has estado teniendo estos sueños? —Su voz sonaba artificial, controlada.
—No...no lo sé. Desde Brumalia, supongo. —¿Por qué no me lo dijiste?
Lo miré, perpleja. ¿Estaba realmente molesto porque no había confiado en él sobre mis pesadillas?
—No somos tan cercanos.
Me dirigió una mirada mordaz, y alguien llamó a la puerta. Salté.
—Solo son Hipnos y Cassandra —me aseguró—. ¿Tienes una bata o algo?
Me ruboricé. No es como si estuviera usando lencería ni nada, solo un pantalón holgado y una camisa Tramp como la que tenía en casa. Cerré mis ojos e imaginé una bata esponjosa, unos pantalones de pijama y unas pantuflas de peluche. Aún me estaba congelando.
—Adelante —dijo Hades.
—¿Quieres que me quede? —me preguntó Cassandra mientras entraba, Hipnos la seguía.
—¿Para qué? —pregunté, prepleja—. ¿Qué está sucediendo? —Me dirigí a Hades—. ¿Por qué trajiste a Hipnos? Sin ofensas.
—No hay problema —me aseguró Hypnos.
—Cassandra, puedes irte —dijo Hades.
Parecía como si quisiera oponerse pero se encogió de hombros. —Estoy al otro lado del pasillo —me recordó.
—Gracias —respondí.
—Hipnos está aquí para ayudarte a construir una barrera mental mientras duermes —explicó Hades después de que ella cerró la puerta.
Arqueé una ceja.
—¿Ustedes curan pesadillas? Eso es impresionante. Hades vaciló.
—No te estamos protegiendo de las pesadillas. Es... —se interrumpió, pasando sus dedos por su pelo—. Los dioses pueden usar los sueños para comunicarse entre sí y con ciertos mortales. Todos tenemos barreras, por lo que otro dios tendría que golpearlas, por así decirlo. —Su voz era suave, solo yo podía escucharlo—. Ha pasado tanto tiempo desde que esto ha ocurrido, no pensé en pedir a Hipnos que construyera una barrera para ti.
La comprensión se apoderó de mí y miré fijamente a Hades con los ojos abiertos.
—¿Eso fue real? ¿Bóreas estaba en mi cabeza? —Comencé a temblar de nuevo.
—No. —respondió Hipnos—. Tu conocimiento estaba en un espacio neutral.
—Nada era neutral en ese espacio —solté, y me arrepentí inmediatamente. Hipnos no había hecho nada malo—. Lo siento. —Acuné mi cabeza en mi manos—. Es solo que esto es demasiado. ¿Atacar a personas en los sueños? ¿Hay algo más que necesite saber?
Hades se encogió de hombros.
—Olvidaste que para nosotros esto es tan normal como respirar. No estoy acostumbrado a tener que explicar conceptos tan básicos.
—No hay nada natural o básico en dioses invadiendo tus pesadillas.
—¿Puedo? —Hipnos se acercó a la cama, extendiendo sus brazos. Miré a Hades. Cuando él asintió, dejé que Hipnos tomara mis manos entre las suyas, y sentí algo hacer clic en su lugar en mi mente. Sacudí mi cabeza ante la sensación desconocida—. Necesitas pensar en una frase para decir todas las noches antes de dormir —murmuró Hipnos, sus ojos cerrados.
—No en voz alta —advirtió Hades.
Cerré mi boca con un clic e intenté pensar en una frase.
—Solo piensa en esa frase todas las noches antes de dormir. Es como un candado. Si por alguna razón quieres abrirte para conversar, simplemente piensa en la frase de nuevo. Puedo enseñarte más sobre caminar en sueños, si deseas. —Hipnos me sonrió—. Puedes desarrollar un talento para ello.
—Gracias. —No estaba segura de poder manejar otro conjunto de lecciones, pero tal vez podía sorprender a Bóreas en la próxima. Mi mente se llenó de ideas oscuras, como arrojar a Bóreas a un incinerador—. Me gustaría.
—Gracias, Hipnos —dijo Hades en despedida. Cuando Hipnos se marchó, Hades murmuró:
—No lo entiendo.
—¿No entiendes qué?
—Bóreas no debería seguir persiguiéndote. Él tiene que saber que ahora estás aquí abajo conmigo. Venir detrás de ti es un suicidio. —Sacudió su cabeza—. Unos poco miles de años atrás, un truco como el que hizo esta noche sería motivo de guerra.
—¿Harás algo al respecto? Hades sacudió la cabeza.
—Algo más está sucediendo aquí. Necesito descubrir de qué se trata antes de actuar.
Con ese pensamiento inquietante, me dejó para volver a dormir.
Sí, claro.

Persephone. Hija de ZeusHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora