Valió totalmente la pena trabajar mis vacaciones enteras, me recordé el miércoles siguiente cuando el teléfono sonó nuevamente. Me forcé a tomar una espiración profunda El aire olía a verde y puro. Cerré los ojos e intenté distinguir el aroma individual de mis flores favoritas. Encontré la esencia suave de los narcisos, la embriagadora fragancia de las rosas, y un toque suave de margaritas cuando el teléfono sonó.
Maldije por lo bajo. Las flores podrían haber olido relajantes, pero la vista de muchas de ellas apiladas detrás de la puerta de vidrio de la sala de refrigeración y esperando a ser armadas en arreglos navideños eran lo suficientemente estresante sin los clientes llamando cada tres segundos. Peor aún, el clima de veinte grados que había disfrutado el sábado pasado había huido y estaba comenzando a hacer frío.
-Jardín de Deméter. -La voz de mamá era serena-. ¿Cómo puedo ayudarlo?
Ella me sonrió detrás del mostrador mientras tomaba un pedido por el teléfono. Sus mangas estaban remangadas y tenía una mancha de suciedad en su mejilla lo que significaba que había estado plantando en el vivero de atrás antes. Era mágico ver a los vástagos emerger de la tierra, madurando bajo su toque verde. Era como si pudiera hacer crecer cualquier cosa en cualquier momento.
Se movió alrededor de la tienda con la tranquila gracia y confianza de una reina. ¿Alguna vez me sentiría así de cómoda conmigo misma? Suspiré, até mi delantal verde e inspeccioné la orden de trabajo frente a mí. Narcisos y amapolas. Podía hacer eso.
Fruncí el ceño cuando encontré una nota garabateada en la parte de atrás de la tarjeta: narcissus. Eché un vistazo al nombre del cliente y vi que era uno de nuestros clientes habituales, Flora. Pude imaginar la conversación que pudo haber tenido lugar durante esa orden. La voz estridente de Flora demandando esos pequeños y blancos narcisos que había visto en uno de los otros arreglos. Mamá gentilmente preguntándole si ella se refería a los narcissus, una flor más pequeña comúnmente confundida con narcisos, luego la vieja mujer insistiría que sabía de lo que estaba hablando hasta que mi madre escribiera la orden y la corrigiera con lápiz corrector más tarde. Para el registro, el cliente nunca tenía la razón.
-Hemos estado muy ocupadas -remarqué cuando colgó el teléfono. -Tengo que amar los días de fiestas -rió-. ¿Cómo está Melissa?
Me encogí de hombros.
-Ocupada haciendo ramos de frutas. Creo que la Sra. Minthe vende tantos arreglos frutales como nosotras flores. -La madre de Melissa era dueña de una tienda en Watkinsville que hacía arreglos florales de diversas frutas.
Mamá comenzó a hacer comentarios, pero el teléfono sonó.
-No ha parado de sonar en todo el día -dijo después de pedirle al que llamaba que aguardara-. Voy a atender esto y trabajar en el vivero. ¿Puedes atender el frente?
-¿Dónde está Chloe? -pregunté, temiendo a la posibilidad de un cliente demandando mi atención. La tienda estaba vacía ahora, pero sabía que en el minuto que mamá saliera de mi vista alguien entraría.
El teléfono sonó en la mano de mamá, recordándole la llamada en espera. Le dio una mirada preocupada.
-Haciendo repartos. No espero que vuelva esta tarde. -Metió mi cabello detrás de mi oreja cuando fruncí el ceño-. Los clientes no te morderán, lo prometo. -El teléfono sonó nuevamente y mi madre suspiró.
-Ve -le dije-. Lo tengo.
Esperé a que la pesada puerta de madera se cerrara antes de trabajar en el arreglo floral. Éramos propietarias del Jardín de Deméter desde que había nacido, y se sentía como mi segundo hogar. Sonreí, recordando que si mantenía mis notas altas e ingresaba a la universidad de Georgia, sería mi hogar. Melissa y yo compartiríamos un apartamento encima de la tienda.
Me apoyé sobre el mostrador y miré alrededor de la tienda, imaginando todos los cambios que le haría cuando mamá se retirara. El local lucía como si hubiese sido cavado en un árbol de roble. Los pisos ásperos, el mostrador y los armarios eran todos del mismo tono color miel con puntos marrón oscuro mostrándose a cada pocos centímetros, como botones. Puertas de vidrio con revestimiento de madera formaban las paredes, mostrando arreglos florales en su refrigerada gloria. En esta época del año, los arreglos en jarrones llenaban las estanterías. Plantas en macetas colgaban de las vigas. Las ventanas llenaban tres paredes de la tienda, dándoles a los peatones una vista despejada de nuestra mercancía y permitiendo a la tienda llenarse con la cálida luz solar.
Mamá y yo llamábamos a la tienda "la pecera" cuando nadie estaba alrededor para oír. No había lugar para esconderse de los clientes mirando desde el exterior. Si llegabas temprano para hacer algún trabajo o te quedabas hasta tarde para hacer el inventario, ellos te veían. Golpeaban el vidrio o llamaban a la tienda para que tomaran su orden en ese momento. Me volvía loca.
La primera cosa que planeaba hacer era contratar a alguien para lidiar con todos los clientes. Amaba hacer arreglos, el papeleo y mantener nuestro sitio web. Simplemente no me gustaba tratar con otras personas. No manejaba bien la confrontación, y tan amigables como la mayoría de nuestros clientes eran, siempre buscaban descuentos, o pedidos urgentes, o combinaciones de flores imposibles.
Me volví hacia el arreglo, entrelazando alambres entre las amapolas y dejando que el arreglo tomara forma debajo de mis manos. Sonreí al proyecto terminado y escribí la carta con letra fluida, firmando con el nombre del esposo de Flora, como de costumbre. Él nunca recordaba las ocasiones especiales, así que ella compraba sus propias flores.
Apostaba a que Joel era el tipo de persona que recordaría enviar flores. No es que importe, pensé, sonriendo mientras colocaba la tarjeta en el centro del arreglo.
-¡Qué bonitas!
Salté, girando para mirar al hombre del otro lado del mostrador.
-¿Disculpe?
-Las flores. -Él me dio una mirada extraña-. Son hermosas. Amapolas y narcisos, ¿no? -Hice un ruido evasivo, y él sonrió como si le complaciera haber acertado-. Se ven muy bien. Tienes realmente un don.
-Gracias. -Estaba segura de que mi rostro estaba de un rojo brillante. Había saltado como si el mismo diablo me hubiera palmeado la espalda. Ahora este tipo probablemente también pensaba que yo estaba loca.
Eso sería una tragedia. Sus ojos eran del color preciso del oro líquido como los de Orfeo. Con la excepción de su anguloso rostro, su corto corte de pelo y su cuerpo más delgado, podría ser Orfeo. Me pregunto si están relacionados.
Horrorizada, me di cuenta de que lo estaba mirando fijamente.
-Oh... uh... ¿en qué puedo ayudarle? -Escondí un ondulado mechón de cabello detrás de mi oreja.
Sus ojos brillaron con diversión. Mis mejillas se calentaron cuando me di cuenta que un tipo tan ardiente como él debía estar acostumbrado a chicas de tiendas ruborizadas por diferentes motivos menos por ser atrapadas con la guardia baja. Eché un vistazo a la antigua campana dorada contra la puerta, maldiciéndome por haber estado tan concentrada en las estúpidas flores que no la había oído sonar cuando él entró.
-... arreglo para entregarlas la semana que viene -decía, apoyado en el mostrador.
-Por supuesto. -Tomé un respiro para reponerme. Saqué el bolígrafo y el bloc con las órdenes del bolsillo de mi delantal, recogiendo confianza de la rutina familiar-. ¿Puede darme su nombre y apellido?
-Pirítoo -respondió él, deletreándolo para mí. Miró hacia abajo para leer el nombre estampado en mi pecho-. Encantado de conocerte, Perséfone - dijo, pronunciándolo Pers-e-fóne.
Apreté los dientes. Mi madre se negó a cambiar el nombre con monograma en mi delantal por Kora. Estaba llegando al punto en el que estaba pensando en hacerlo yo misma.
-Es Perséfone -le corregí-. Algo así como Stephanie. ¿Cuál es la ocasión? -Sostuve el bolígrafo suspendido sobre el papel.
Él sonrió y pasó sus dedos por el cabello dorado.
-El cumpleaños de mi madre.
Mis ojos se abrieron cuando me di cuenta de por qué él pensó que se lo había preguntado. Con más énfasis que la situación requería, escribí "El cumpleaños de la madre" en la línea correspondiente para mostrarle que lo había estado haciendo profesionalmente, no para saber si estaba soltero.
Mi cara permaneció roja durante todo el proceso de pedido porque Pirítoo siguió haciéndome bromas o malinterpretando mis preguntas. Me enojé cuando me di cuenta de que estaba disfrutando al verme tan nerviosa.
-Quise decir lo que dije, ya lo sabes. -Él se inclinó tan cerca sobre el mostrador que me pregunté cómo se mantenía en equilibrio.
-¿Eh? -contesté articuladamente.
-Eres hermosa. ¿Tú... quieres ir a tomar un café alguna vez? Bueno, pensé, ya es suficiente. Hora de sacar la artillería pesada.
-Lo siento. Mi madre no me deja tener citas hasta que cumpla los dieciocho años. -A algunos chicos no les importaba que yo fuera menor de edad, pero a los que lo hacían siempre me miraban como si les acabara de ofrecer veneno para ratas.
Le di una sonrisa inocente y dejé caer su cambio en su mano abierta. Pirítoo la cerró cuando las frías monedas tocaron su piel. Sus dedos rozaron los míos. Él sonrió y, por primera vez desde que había entrado en la tienda de flores, me miró a los ojos.
Sus pupilas se dilataron y rápidamente cerró los ojos, mirando hacia otro lado.
-No lo creo.
-No, de verdad -balbuceé, tan rápido que las palabras corrieron juntas-. Acabo de cumplir dieciséis en marzo. Mi mamá es un poco paranoica, pero no puedes culparla con la universidad al final de la calle y los chicos de la fraternidad por toda la ciudad.
-¡Él estaba en lo cierto! Una hija de Zeus. No creía que quedara alguna.
Hablando de chicos de la fraternidad...
-¿No está el semestre un poco avanzado para prometer?
Su mano se envolvió alrededor de mi muñeca como un agarre de hierro. -Déjame ir -exigió, con los ojos brillantes.
-¡Después de ti! -Luché para liberar mi mano.
Él se echó a reír.
-No tienes ni idea, ¿verdad? ¿Qué eres? ¿Lo qué has hecho? Oh, es cierto, no puedes mentir. Tienes realmente dieciséis años. -Sacudió la cabeza con incredulidad-. Incluso mejor. Pensé que me habían enviado a una misión inútil. Todo el mundo sabe que Zeus está muerto, pero aquí estás... -Sus ojos brillaban como los de un maníaco-... mi oportunidad para la inmortalidad.
Tiré mi brazo hacia atrás, pero él no me soltó. El pánico inundó mi pecho. -¿Estás drogado? ¡Déjame ir!
Luché contra su agarre mientras él me tiraba de detrás del mostrador. -Eres mía. Te encontré primero. ¡Me perteneces!
Me agarré del mostrador con la mano libre. Mis dedos se cerraron alrededor de un bolígrafo, y con más fuerza de la que creía posible le clavé en el brazo.
Aulló de dolor, liberé mi brazo y me apresuré detrás del mostrador. Abrí de un tirón un cajón, derramando su contenido, buscando el cuchillo que usaba para cortar los cables y los tallos florales. Alcancé a ver el asa verde y lo agarré.
-¡Atrás! -Levanté el cuchillo en su dirección.
-¿Perséfone? -llamó mi madre, abriendo la puerta de la sala de almacenamiento-. ¿Está todo...? -Ella miró el brazo de Pirítoo sangrando para luego ver el cuchillo suspendido en el aire.
Me moví entre él y mi madre.
-¡Voy a llamar a la policía! -Saqué mi celular del bolsillo de mi delantal.
Eso pareció penetrar lo suficiente en la rabia maníaca de Pirítoo como para mirarme, sus ojos saturados de odio.
-Voy a volver a por ti -dijo entre dientes, y luego salió corriendo por la puerta.
-Como el infierno -murmuré, cerrando la puerta detrás de él.
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Persephone. Hija de Zeus
Fiksi RemajaHay peores cosas que la muerte, peores personas también. La "charla" fue bastante mala, pero, ¿a cuántas adolescentes se les dice que son una diosa? Cuando su madre se lo dice, Perséphone está segura que su madre se ha vuelto loca. No es hasta que B...
