—Siguiente —llamo Hades.
Me removí ante la mirada del hombre que se adelantó. Me estaba mirando fijamente. Ya debería estar acostumbrada a esto. Las almas nos miraban a Hades y a mí como si fuéramos... bueno, dioses, pero no estaba cómoda con la atención.
—¿Kora?
Miré al hombre de nuevo y lo hice mejor.
—¿Orfeo? —exclamé con incredulidad—. Qu... ¿cómo has muerto?
—¿Ustedes se conocen? —Hades nos miró a los dos.
—¿Tú no? —Cassandra se inclinó hacia adelante en su asiento—. Es sólo el más famoso cantante de alta categoría ahora mismo. Tú sabes... —Cantó una línea de Mortus Dei—... ese chico.
—Um, gracias —dijo Orfeo con un modesto asentimiento a Cassandra antes de volverse hacia a mí—. ¿Qué estás haciendo aquí abajo?
—No puedo creer que te acuerdes de mí. —Sonreí abiertamente. Hades y Cassandra intercambiaron miradas, y di un codazo a Hades—. Lo conocí a él y a su esposa tras bastidores en un concierto.
—Qué emocionante —respondió Hades secamente—. ¿Kora?
—Mi segundo nombre. —Me volví hacia a Orfeo—. Puedes llamarme Perséfone aquí abajo. ¿Cómo podemos ayudarte?
—¿Tu segundo nombre es Kora?
Di a Hades una mirada.
—¿Y eso es de alguna manera más extraño que Perséfone?
—Más genérico, seguro. Es chica en griego.
Parpadeé. ¿Mamá me había llamado "chica"? Eso era bastante genérico. No me extrañaba que no le gustara que vaya con mi segundo nombre.
Orfeo elevó su voz.
—La última vez que te vi, ni siquiera sabías que eras una diosa. ¿Cómo terminaste aquí abajo? No te ves como si pertenecieras con el grupo Ctónico. Sin ofender —le dijo a Hades.
—No es que sea asunto tuyo, pero sus padres son Olímpicos —replicó Hades.
—¿Ctónico? ¿Olímpicos? ¿De qué están hablando?
—Las deidades Ctónicas son dioses asociados con el Inframundo. Tendemos a tener rasgos más oscuros. —Hades indicó su cabello negro—. Los Olímpicos son asociados con el Olimpo, y tienen varios tonos de rubio. Los primordiales tienden a representar su elemento al extremo, y los Titanes eran... bueno, Titánicos en tamaño.
Parpadeé. ¿Los dioses eran clasificados por apariencia? Supuse que no era relevante con tan pocos de nosotros que quedábamos, pero todo el sistema se veía extraño para mí. Sin embargo, nada de eso importaba, ¡porque Orfeo recordaba la última vez que me vio! Estaba segura que mi rostro estaba rojo brillante. Hades suspiró, sin duda aburrido por toda la conversación.
—Cómo llegué aquí abajo es una larga historia —respondí. ¡Quiere conocer la historia de mi vida!
—¿Qué podemos hacer por tí? —repitió Hades impacientemente.
—Bueno, verán, no he muerto aún.
La noticia causó agitación entre los jueces. Murmuraban, mirándose los unos a los otros. Hades disparó una mirada a Cassandra.
—¿Entonces cómo llegaste a estar aquí? —preguntó.
—Mi madre es la musa Calíope...
—¡Debí haber sabido que eras un semidiós! —interrumpí—. No sabía sobre la cosa de los ojos cuando te conocí, pero era tan obvio. Digo, bueno, si alguien fuera un semidiós serías tú.
—Bueno... —Orfeo se movió incómodamente—... soy humano por todo propósito práctico. Sólo estoy dotado con la música.
Suspiré.
—Seguro que lo estás
¡Oh mi Dios! ¿Acabo de decir eso en voz alta? Qué humillante.
—Calíope misma es una deidad bastante menor —explicó Hades, ignorando mi metida de pata—. Bueno, sub-deidad. Es una cantante con algo de renombre. Tal vez la conozcas como... —Hizo una pausa—. ¿Con qué nombre se la conoce ahora, Cassandra?
Cassandra proporcionó el nombre, y mi mandíbula cayó.
—¿Ella es tu madre?
Orfeo se encogió de hombros.
—Sí, pero no hacemos publicidad de ese hecho. La falta de diferencia de edad sería difícil de explicar.
—Estaba bajo la impresión de que no habían quedado muchas deidades. ¿Hay como un club o algo? Me encantaría hablar con alguien un poco más cercana a mi edad... —Me fui apagando cuando noté que todos estaban mirándome.
—¿Estarás en la superficie de nuevo entonces? —preguntó Orfeo—. ¿Eres una psicopompa?
—¿Una psico qué?
—Un dios que puede viajar entre los reinos —replicó Hades—. Es su privilegio como mi esposa. No está extendido a cualquier otro mortal, dios, o... —Le dio a Orfeo una mirada significante—... semidiós.
—Mi madre me mostró una entrada en Italia, en un cráter al oeste de Nápoles que conduce hasta aquí. —Miró a Hades—. Fui capaz de pasar. Tal vez quieras ocuparte de eso.
—¿Cómo fuiste capaz de pasar el Tártaro? —pregunté a Orfeo, asombrada.
—Mi madre me dijo que sólo los inocentes podrían cruzar a través del río de fuego —dijo Orfeo, encogiéndose de hombros—. Supongo que soy lo suficientemente inocente.
Supongo que la protección no funciona cuando estás vivo. Es bueno saberlo. Cassandra y yo intercambiamos miradas. Tenía la sensación que una noche de chicas estaba en camino.
—¿Qué es tan importante para ti que valga la pena viajar a través de los fuegos del Infierno? —preguntó Hades.
—Mi esposa, Eurídice. Estábamos de senderismo, y una serpiente la mordió. No pude conseguir ayuda a tiempo. Murió. —Nos miró, sus ojos vidriosos por la emoción—. Tengo que recuperarla.
Hades asintió.
—Me temo que has recorrido un largo camino por nada. Miré a Hades.
—Tiene que haber algo...
—Es suficiente, Perséfone.
—¿Si me permitieran presentar mi caso con una canción?
Hades suspiró pesadamente, pero ante mi emocionada mirada, asintió a Orfeo. Orfeo esperó un momento, y luego abrió su boca para cantar una desgarradora canción suplicando por su esposa. Viniendo de alguien más hubiera parecido cursi, pero mientras su voz llenaba la habitación, podía sentir mi propio corazón rompiéndose por él.
Lágrimas picaban mis ojos cuando terminó su canción.
—Tenemos que hacer algo.
—Perséfone —suspiró Hades.
Me volví a Moirae.
—¿Es posible?
Se veía sorprendida.
—Sí, mi reina.
Parpadeé ante el título. Durante el pasado mes, cuando Moirae no estaba mirándome como si quisiera ser testigo de mi crucifixión, pretendía que yo no existía. Mayormente devolvía el favor.
Sonreí a Hades coquetamente y posé una mano sobre la suya. Me sentí un poco tonta, pero debía poner ese encanto para una buena causa.
—Significaría mucho para mí —susurré, mirándolo a través de espesas pestañas. Estaba sorprendida al ver su rostro cambiar. Se veía completamente desprotegido. Eso nunca pasó durante las lecciones de diosa.
—Uh... —Hades sacudió su cabeza—. ¿Ya alguien sabe que está muerta?
—Sólo mi madre —respondió Orfeo, pretendiendo no notar la escena que recién acababa de tener lugar—. La convoqué cuando... obviamente no pudo ayudar a Eurídice. Se quedó con su... cuerpo, sólo en caso de que fuera capaz de regresar con su alma.
—Llama al alma en cuestión adelante —instruyó Hades a Moirae—. Orfeo, date la vuelta.
Eurídice se materializó ante nosotros.
—¿Es esta mujer juzgada de gran bondad o gran maldad? —preguntó Hades.
—Ninguno, mi señor —respondió Moirae.
—Muy bien, entonces. Orfeo, debes marcharte de la manera en la que entraste. No hay otra manera en la que puedas regresar al mundo de los vivos.
—¿Está ella allí? —preguntó Orfeo. Comenzó a volverse.
—¡No la mires! —La voz de Haces sonó con una aterradora autoridad que congeló a Orfeo en su lugar—. Ambos pueden irse, pero no puedes contemplarla hasta que haya regresado al reino de los vivos. Su alma se reunirá con su cuerpo una vez que alcance la superficie, pero si la miras en esta forma ella no será capaz de regresar.
Se veía igual a como lo hacía cuando la había visto viva. Miré a Cassandra.
—Hay una diferencia para los humanos —me susurró Cassandra—. Hades no está tratando de hacerlo difícil para ellos; es sólo la manera en la que funciona. Si alguien se entera de su muerte antes de que regresen, tampoco funcionará. El reconocimiento hace a la muerte final.
—Pero Orfeo sabe.
—Las reglas son grises cuando se trata de semidioses.
—¡Gracias! —exclamó Orfeo—. Se lo recompensaré, lo prometo. —Cerró sus ojos y se volvió hacia nosotros, dando una torpe reverencia.
—Buena suerte —le dije.
—Cassandra, ¿los guiarías por favor hasta el Tártaro? Haré arreglos para que alguien los tome desde ahí. —Hades hizo señas a Moirae y los jueces para que dejaran la habitación.
—Por supuesto. —Posicionó a Eurídice detrás de Orfeo—. Vamos.
Hades esperó hasta que Cassandra guiara a la pareja fuera de la habitación del trono antes de volverse hacia mí.
—Estamos solos.
—Lo estamos —coincidí, de pie con nerviosismo.
Hades se paró y se movió cerca de mí, presionándome contra la pared. Tomé una respiración estremecida mientras Hades se inclinaba más cerca, sus labios casi rozando los míos.
Va a besarme, me di cuenta. Mi corazón dio un vuelco; no estaba preparada para esto. No había pensado que toda la cosa del encanto de diosa iría tan bien.
—Uh... Hades —chillé, mis labios tocando los suyos mientras hablaba. Tragué duro. Maldición, Hades era tan ardiente. Mi corazón estaba latiendo a más de cien kilómetros por minuto y aceleró mientras Hades me sonreía.
—Hay algo que necesitas saber, pequeña diosa —susurró, volteando su rostro así su aliento cosquilleaba mi oreja. Se sentía realmente bien. Sonrió, y mi corazón se congeló. No era una bonita sonrisa—. Soy mucho más fuerte que tú. No puedes usar tus pequeños trucos en mí. Soy inmune, estúpida niña. Perdonaré esta única transgresión, pero si alguna vez tratas de manipular mis sentimientos de nuevo, no seré tan complaciente. ¿Entiendes?
Mis mejillas se colorearon por la vergüenza.
—En la práctica, siempre conseguía que me des los M&M rojos.
—Eso era un engaño para hacerte saber cuándo estabas usando suficiente encanto para afectar a un humano —espetó—. Lo obtuve de un manual humano de paternidad. No creí que fueras lo suficientemente estúpida para creer que podrías usar tu encanto en contra mío.
Mis ojos destellaron. Recordé a mi madre diciéndome que la única manera en la que pudo enseñarme a ir al baño era dándome M&M's. No estaba alagada con la comparación.
—Bueno, eso me dice todo lo que necesito saber.
Frunció el ceño en confusión.
—¿Sobre qué?
Negué con mi cabeza, sintiéndome estúpida.
—Sabes, por un momento pensé que tal vez... No importa. Ahora sé exactamente como me ves. No soy nada más que una niña.
—¿Cómo más podría verte?
—¡Aléjate de mí! —Lo empujé lejos. Cuando no se inmutó lo fulminé con la mirada.
—Dime que nunca intentarás encantarme de nuevo.
Entrecerré mis ojos hacia él. Incluso yo sabía mejor que arrojar palabras como nunca. Sólo podría decir la verdad, y futuros intentos se volvían complicado cuando no podías mentir.
Pareció darse cuenta de lo que estaba pidiendo, y negó con su cabeza.
—Sólo... no. ¿Cómo te sentirías si sólo pudiera mirarte a los ojos y hacerte hacer algo que no querías?
Tenía razón. Dejé caer mi mirada al piso. Había tratado de controlarlo, de despojarle de su voluntad.
niña. Perdonaré esta única transgresión, pero si alguna vez tratas de manipular mis sentimientos de nuevo, no seré tan complaciente. ¿Entiendes?
Mis mejillas se colorearon por la vergüenza.
—En la práctica, siempre conseguía que me des los M&M rojos.
—Eso era un engaño para hacerte saber cuándo estabas usando suficiente encanto para afectar a un humano —espetó—. Lo obtuve de un manual humano de paternidad. No creí que fueras lo suficientemente estúpida para creer que podrías usar tu encanto en contra mío.
Mis ojos destellaron. Recordé a mi madre diciéndome que la única manera en la que pudo enseñarme a ir al baño era dándome M&M's. No estaba alagada con la comparación.
—Bueno, eso me dice todo lo que necesito saber.
Frunció el ceño en confusión.
—¿Sobre qué?
Negué con mi cabeza, sintiéndome estúpida.
—Sabes, por un momento pensé que tal vez... No importa. Ahora sé exactamente como me ves. No soy nada más que una niña.
—¿Cómo más podría verte?
—¡Aléjate de mí! —Lo empujé lejos. Cuando no se inmutó lo fulminé con la mirada.
—Dime que nunca intentarás encantarme de nuevo.
Entrecerré mis ojos hacia él. Incluso yo sabía mejor que arrojar palabras como nunca. Sólo podría decir la verdad, y futuros intentos se volvían complicado cuando no podías mentir.
Pareció darse cuenta de lo que estaba pidiendo, y negó con su cabeza.
—Sólo... no. ¿Cómo te sentirías si sólo pudiera mirarte a los ojos y hacerte hacer algo que no querías?
Tenía razón. Dejé caer mi mirada al piso. Había tratado de controlarlo, de despojarle de su voluntad.
—¿Quién permitió que los humanos llegaran a los billones? Eso fue codicia, simple y planamente. Más humanos equivalen a más adoración. Y en serio, entre el Dios de la Niebla, y el Dios de las Puertas, y el dios de cada cosa inútil, ¿no podrías al menos intentar?
—Estás enojada. Entiendo. No viste este lado del mundo en tu tienda de flores. Tu madre te mantuvo protegida. Es un poco impactante al comienzo, pero...
—¿Pero qué? ¿Con el tiempo me acostumbraré? ¿Me acostumbraré a ver niños en la corte de la muerte? ¿A ver maridos llorando por sus esposas perdidas? ¿Por qué debería acostumbrarme cuando puedo hacer algo al respecto?
—No puedes salvar a todos. Tú sólo no tienes ese poder.
—¡Pero tú lo tenías! ¡Cada uno de ustedes tenía el poder de otorgar la inmortalidad! —Lancé mis manos en el aire—. ¿Por qué sólo algunas personas recibieron el don? Mi madre tiene el poder de hacer que las cosas crezcan de la nada. ¿Cómo es que aún hay personas muriendo de hambre? ¿Están tan llenos de ustedes mismos que piensan que son más merecedores de estos dones que cualquiera de esos humanos?
Hades me agarró de los hombros. El frío mármol presionaba contra mi espalda. Apreté los dientes, levantando mi barbilla para encontrarme con sus ojos, tratando de recuperar el aliento.
—Perséfone...
La puerta de la sala de tronos se abrió de golpe y un chorreante Caronte entró a la habitación.
—¿Qué demonios, Moirae? No puedes quitar a personas de mi bote. Derrumbó toda la cosa del equilibrio...
Él se congeló cuando nos vio a mí y a Hades.
—Um... —Dio un paso atrás—. Estoy realmente... Me voy a ir.
—No —dije fríamente, empujando a Hades lejos de mí con todas mis fuerzas. Él puso los ojos en blanco y se apartó—. Ya me estaba yendo.
~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.
Salí furiosa del castillo. Había hecho mi gran discurso con mis grandes promesas, olvidando completamente que mi gran poder era hacer florecer las flores. ¡Como si eso pudiera ayudar a alguien!
No olvides tu grandioso carisma. Solté un bufido, caminando a lo largo del Río Estigio. Y pensar que había considerado... Hades apestaba. Quería a alguien como Orfeo. Orfeo había ido a través del Tártaro para rescatar a su esposa... eso era amor. Probablemente Hades ni siquiera conocía el significado de la palabra amor.
Ese era el problema de los dioses. Ellos nunca podrían sacrificarse por amor como los humanos lo hacían. ¿Cómo podrían llegar a entender las emociones así como nosotros...?
Dejé de caminar. No soy humana.
Había aceptado el hecho que era una diosa, pero se sentía más como mi título que como mi especie. No había considerado que no era humana. ¿Sería tan indiferente como Hades en algunos cientos de años? ¿Era ese mi futuro? ¿Podría volver a sentir la clase de amor que me llevaría a cruzar el Infierno por la otra persona si lo necesitaban?
No por Hades, eso era seguro.
—¿Cómo más te vería? —me burlé, soltando un profundo suspiro. No sabía por qué me importaba. No era como si sintiera algo por él. Él era enervante, orgulloso, suspiraba todo el tiempo, y era desconsiderado. Bueno, eso no era del todo cierto. Algunas veces él era bueno, amable y reconfortante. Como después de que tuve mi pesadilla, él me sostuvo y...
Maldije, frunciendo el ceño a mi reflejo en las cristalinas aguas.
—¡Perséfone! —llamó Tánatos. Caminó rápido para alcanzarme. Caminé más rápido.
—Déjame sola.
—¿Qué pasó? ¿Qué hizo? —Tánatos dio unos pasos más corriendo sobre la colina cubierta de hierba hasta que llegó a mi lado.
—No quiero hablar de eso, y no quiero compañía. —Ante su mirada herida suavicé mi tono—. Lo siento, yo sólo... Dijiste que no pensara en ti como un guardia, ¿recuerdas?
Él asintió.
—Claro. Somos amigos.
—Entonces sé mi amigo. Dame un poco de espacio ahora, ¿sí? No puedo pensar al menos que esté sola, y nunca estoy sola aquí. Siempre hay alguien... —Tomé una respiración profunda—. No debería tener que esconderme en mi habitación para tener un poco de espacio.
Tánatos dudó.
—Bueno —estuvo de acuerdo—. Me voy a alejar, estaré al final de la colina, fuera de vista, fuera del rango auditivo, fuera de tu mente, espero. Tómate todo el tiempo que necesites. Sólo promete venir a buscarme cuando termines. Y por favor, no vagues por allí.
Miré alrededor, sorprendida de encontrarme junto a la delgada cinta de fuego que marcaba el límite del Tártaro. No había estado prestando atención de hacia dónde estaba caminando. Sólo había caminado lejos de Tánatos.
—Está bien —dije—. Me quedaré por aquí.
Él asintió, pero su cara estaba preocupada, como si tuviera dudas de dejarme sola. Pero fiel a su palabra, bajó por la verde colina. Desapareció de la vista y me senté al borde del río de llamas y las miré bailar perversamente en su pendiente. Era un río, no una muralla de fuego como había asumido en la clase de Latín. Podía ver claramente la otra orilla, pero no había nada allí. El paisaje continuaba en la distancia sin un cambio. ¿Un truco de los ojos, tal vez? Si yo fuera sentenciada al Infierno, permanecería junto al río toda mi otra vida esperando poder escapar de alguna manera.
No tendría sentido que el bien tuviera que ver al mal sufrir por toda la eternidad, pensé, pero si fuera a la inversa, sería una tortura. ¿Y si al otro lado del fuego, estaba siendo observada? Podría haber alguien parado a sólo unos pocos metros de mí y no sería capaz de verlos por el truco mágico.
El río era hermoso; sería bastante genial sólo tocarlo...
Fascinada, me arrodillé ante el borde del agua y sostuve mi mano sobre las llamas. Podía sentir el calor, pero no era tan abrasador como había imaginado que sería. Toqué las llamas con la punta de mi dedo, sonriendo cuando no quemó.
—Qué genial. —Miré furtivamente a mi alrededor y luego metí mi mano en el río. Se sintió húmedo. No como fuego en absoluto. Sonreí, con pensamientos entretenidos de nadar en el río de llamas mientras miraba cómo ellas se enroscaban por mi mano. Algo serpenteó a través del río y se envolvió alrededor de mi muñeca.
Apenas registré el shock antes de que sintiera un repentino tirón. Grité mientras era arrastrada a través del río.
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Persephone. Hija de Zeus
Roman pour AdolescentsHay peores cosas que la muerte, peores personas también. La "charla" fue bastante mala, pero, ¿a cuántas adolescentes se les dice que son una diosa? Cuando su madre se lo dice, Perséphone está segura que su madre se ha vuelto loca. No es hasta que B...
