Una vez que estuve fuera de mi cómoda habitación, mis manos empezaron a temblar. Imágenes de la tarde se reprodujeron ante mis ojos. Miré hacia mi vestido y resoplé en disgusto. ¿Qué andaba mal conmigo? ¿Hacerme un cambio de imagen después de
observar a un hombre quien intentó secuestrarme y torturarme?
Me detuve fuera de la biblioteca de Hades. Voces levantadas hacían su camino a través de la puerta.
—¡Te pedí hacer una cosa! ¡Una cosa, Tánatos! ¡Cómo pudiste permitir que esto pasara!
—¡No me eches la culpa de esto! Ella quería estar a solas. ¿Me pregunto quién tuvo la culpa de ello?
—¿Qué? —La voz de Hades tenía un borde peligroso.
—Escuché la forma en la que le hablaste después que dejaras ir a Orfeo. Todo el reino lo escuchó. No puedes tratarla de esa manera, como si fuera alguna ninfa, ¡es una diosa! La hija de Zeus y Deméter, nada menos. ¡Ella supera a todos aquí menos a ti, y tú nunca nos hablarías a nosotros así!
Hades respondió. No podía entender las palabras, pero la silenciosa furia en su voz me hizo dar un paso lejos de la puerta. ¿A qué se refería Tánatos con que lo superaba? La única jerarquía que conocía era generacional. Mientras más lejos de los Titanes estuvieras, menos poderoso eras. ¿Tánatos estaba más abajo en la línea que yo, o esto tenía algo que ver con ser reina?
—¡Ella no debería necesitar un guardia! —protestó Tánatos—. ¡Ni siquiera debería de estar aquí! Te advertí que esto podría suceder. Te dije que la regreses donde Deméter...
—Deméter no es ni cerca de poderosa como cuando la conocías. Ella no estaba a salvo ahí.
—Lo que le hiciste a esa chica no estuvo bien. Es solo una niña...
Sus voces se desvanecieron en silenciosos murmullos, y me pregunté por qué Hades no estaba usando un escudo.
—¿De verdad quieres ir ahí, Hades? —espetó Tánatos—. La mitad de tu poder debería ser mío. No debería estar rogando por más Segadores cada vez...
Agaché la cabeza. Hades no estaba usando un escudo porque la biblioteca era su santuario. Él no debería de preocuparse sobre la gente escuchando. No sabía que a Tánatos le molestaba su puesto en el Inframundo, pero tenía sentido. Él era el Dios de la Muerte, y de lo único que todos hablaban, se preocupaban, o rezaban era del más allá.
Caminé lejos de la puerta. No debería estar escuchando esto. Era lo suficientemente malo haber metido a Tánatos en problemas. Caminé hacia el salón de banquetes, mis pasos volviéndose más rápidos y erráticos mientras me acercaba. Me detuve cuando vi la estatua, era Pirítoo pegado a su silla.
Largos minutos pasaron mientras miraba la estatua. Una puerta al final del salón se cerró con fuerza y pasos furiosos llenaron el salón. Caí de rodillas. Lo sentía por todo. La preocupación que le había causado a mi madre, el caos que le había causado a Hades, el problema en el que había metido a Tánatos, el tiempo en que todos aquí habían invertido en mí, que casi lo eché a perder esta tarde. Y sobre todo, lo sentía por ser la responsable por la tortura de un ser humano, sin importar cuánto se lo merecía.
Los pensamientos y miedos que había mantenido a raya, se precipitaron en mi cerebro. No sabía si podía escucharme, pero sabía que estaba vivo ahí, rezando por la muerte.
—Lo siento mucho —susurré.
—Él no merece tu compasión —dijo Hades desde la puerta. —Lo sé.
Hades suspiró.
—Pensé que Cassandra te estaba cuidando.
—No requiero que me estén cuidando.
—Claramente.
—Lo odio. —Se me cortó el aliento—. Nunca he odiado a nadie, pero lo odio. Sigo sin querer esto. —Tragué las lágrimas—. ¿Cómo pudiste hacer esto? ¿Cómo pudo ella?
—¿Quieres que lo deshaga? —preguntó duramente—. ¿Chasqueo mis dedos y coloco a este despreciable de nuevo en tu camino? —Cruzó la habitación con un paso enojado—. ¿Dejarlo que te haga daño? ¿Intentar alejarte de mí? Podría hacerlo, si quisieras. Solo di la palabra.
Estaba temblando incontrolablemente. Abrí mi boca para decirle que por supuesto que quería que esto se deshaga. Esto era una tortura, algo inhumano, algo que estaba mal. La mentira se atascó en mi garganta. Era un monstruo. A pesar de mi horror, estaba aliviada de que Pirítoo estuviera fuera del camino. Una pequeña parte de mí estaba furiosa por todo lo que él había hecho, y lo que intentó hacer. Él se merecía esto.
—Yo...
—¿Sí, Perséfone? —preguntó Hades, su voz saliendo con sarcasmo.
Tuve una momentánea satisfacción de observar el pánico nublar sus rasgos cuando exploté en lágrimas.
—Yo hice esto, ¿verdad? Cuando le pedí a mamá que hiciera lo que fuera necesario. Lo sabía, a algún nivel sabía lo que estaba pidiendo. Soy un monstruo.
—Está bien —dijo Hades, arrodillándose junto a mí—. No llores. —Su voz tenía un indicio de desesperación—. Por favor, no llores.
Sentí su mano recostarse sobre mi hombro, y tuve un destello de Hades sentando en una mesa, casualmente comiendo semillas de granada mientras Pirítoos gritaba en agonía. Me alejé de su toque.
—No me tengas miedo —rogó—. Tú no. Nunca he querido hacerte daño. Lo siento.
—Por supuesto que no, me estabas protegiendo. Tú y mi mamá, los dos — sollocé—. Así es cómo se ve cuando me protegen.
—No debería haberte dejado verlo.
—Eres el Señor del Inframundo —cité a Cassandra—. ¿No creíste que yo sabía que tenías un lado oscuro? Hiciste lo que tenías que hacer. Él entró a tu reino e intentó tomar a alguien bajo tu protección, ante la licitación de otro dios. Si no hubieses actuado...
—Hubiese sido tomado como un signo de debilidad.
—Tú no eres débil. Tampoco mi madre. Ambos son capaces de más oscuridad que yo jamás... —Sacudí mi cabeza—. No me gusta, pero no soy estúpida. Me estoy beneficiando de tu reputación. Es por eso que estoy a salvo aquí.
—Exactamente.
—Si no fuera tan débil, si fuera más como tú, no necesitaría protección.
Hades frunció el ceño, aparentemente intentando seguir mi cambio errático de lógica.
—No —dijo cuando comprendió—. No tienes que ser como el resto de nosotros.
—Ya soy más como tú de lo que me gustaría admitir. Es inevitable, ¿verdad? Ahora mismo solo soy una estúpida niña, pero con la eternidad... —Tomé una respiración temblorosa, limpiando las lágrimas de mis ojos—. No quiero ser rescatada o cuidada. Quiero cuidar de mí misma. —Aparté la mirada de Pirítoo—. Así es cómo los dioses se comunican entre sí, ¿verdad? ¿Muestras de fuerza, hacer daño a las personas? De otro modo, te ves vulnerable, y ahora mismo yo...
—¡No! No tienes que jugar estos juegos. No tienes que ser como nosotros. Todo es diferente ahora. Tú... —Hizo una indicación hacia mí—... tú eres la manera en que nosotros deberíamos ser. Eres buena, justa y compasiva.
¿De verdad había usado esas mismas palabras para describir a Hades hace unas pocas semanas atrás? Reí amargamente ante mi ingenuidad.
—¿Todo es diferente? —pregunté, haciendo un gesto hacia Pirítoo—. ¿En serio?
—¡Tú no tienes que ser de esta manera! Tú madre y yo...
—¿Pelearán todas mis batallas? Solo seré un objetivo más atractivo. —Limpié las lágrimas de mi rostro—. De todos modos, más de lo que ya soy. Hija de la Vida, esposa de la Muerte, y además una hija de Zeus. ¿Quién no tiene que ajustar cuentas con uno de ustedes? Ni siquiera estoy a salvo de los humanos por mi estúpido carisma —escupí la palabra.
—No.
—Bóreas la odia, ¿verdad? Su naturaleza se entromete en su invierno, la vida persiste durante la temporada de muerte, y esto no tiene mucho que ver conmigo para nada. Yo solo soy la conexión débil. La forma que él puede hacerle daño.
—Bóreas ha hecho esto antes.
—Estoy segura que tiene una cuenta pendiente, entonces. No soy estúpida. Bóreas no saltó después de cientos de años porque soy bonita. —Miré a Hades, retándolo a negarlo—. Apuesto que también te odia a ti. Ya nadie asocia el invierno con la muerte, no realmente. Las personas aún te tienen miedo, pero él es solo una temporada. Te apuesto que él odiaría a Zeus si estuviera vivo. Señor de los cielos, infringiendo en sus vientos de invierno... pero yo soy la conexión débil. No puedo permitirme ser indefensa.
—Encontrarás tu propio camino. La violencia no está en tu naturaleza. Tú eres... —Suspiró, alzando la mirada hacia el techo mientras buscaba las palabras correctas—. Tú eres luz.
Lo miré sin comprender.
—Eres buena y pura y... —suspiró—. Eres la mejor parte de todo lo que tiene que ver con la vida. Eres fuerte y valiente. Más de lo que sabes. Te levantaste y peleaste en Tártaro.
Sacudí mi cabeza.
—No soy valiente. Solo soy estúpida. Cuando algo que da miedo o algo malo sucede, mi mente se apaga y actúo. Créeme, después, cuando es tiempo de procesar, estoy aterrada.
—No tienes que tener miedo. Puedo protegerte. Solo no quiero que me tengas miedo. —Su brazo se envolvió alrededor de mi hombro y me acurruqué contra él, abrazándolo con fuerza.
—No te tengo miedo —dije, alzando la mirada hacia él—. Eso es lo que más me asusta.
Hades secó una lágrima de mi mejilla. Alcé la mirada hacia él, con los ojos abiertos y me quedé sin aliento.
—Hades... —Me sentí flotando hacia él. Me incliné a su toque mientras su mano se movía por debajo hacia mi hombro.
—Perséfone, no podemos. —Soltó su mano. Me alejé de él, poniéndome de pie.
—Porque soy malditamente indefensa, ¿verdad? Estoy tan cansada de ti, de mi madre, y de secuestradores al azar intentando tomar decisiones por mí.
—Nosotros no somos...
—¡No quería dejar Atenas! —me precipité, apenas tomándome tiempo de respirar mientras el revoltijo de mis pensamientos tomaban forma en palabras. Él se puso de pie, observándome con cautela—. ¡No quería venir aquí! Me dijeron qué hacer, dónde ir, qué es más seguro, que no. ¡Ya no puedo hacer más esto!
—Estás enojada...
—¿Eso crees? —Me acerqué a Hades, intencionalmente evadiendo su espacio. Su espalda se puso rígida, pero yo sabía que no estaba en él el retroceder—. Estoy cansada de que me digan que soy muy vulnerable, muy impotente, muy joven. ¡Soy una diosa! Mi padre me dio la habilidad de destruir ciudades con una sonrisa. Mi madre me dio el poder de crear vida, y tú me diste el poder sobre la muerte. Puede que nunca sea capaz de hacer eso... —Apunté a Pirítoo—... a otra persona, pero no debería ser indefensa. He terminado de escapar. He terminado de esconderme. Y he terminado de dejar que otras personas peleen por mí. Quiero ir tras Bóreas.
—Espera. ¿Qué? —Hades parpadeó, sacudiendo su cabeza—. ¿Y hacer qué? No puedes matar a un dios más de lo que podría matarte.
—Bien, no puedo matarlo, pero puedo hacerlo desear que pudiese hacerlo. —Ante su mirada de sorpresa, crecí a la defensiva—. ¿Qué? Voy a ponerme toda del lado oscuro algún día, de todos modos. Puede que también haga algo tan extremo que él piense dos veces la próxima vez que escoja una víctima. —Hice una pausa, considerando—. ¿Lo dioses pueden ser castrados?
Hades tosió.
—Eh... —Alzó una mano, luego sacudió su cabeza—. Perséfone, por favor no tomes el camino incorrecto, pero ahora mismo no tienes lo que se necesita para ir cabeza con cabeza contra otro dios.
—Entonces enséñame. —Un dolor sordo se deslizó en la parte de atrás de mi cabeza, y lo froté.
Hades sacudió su cabeza.
—La autodefensa es una cosa. Enseñarte a usar tus habilidades, para protegerte a ti misma, e incluso darte perfiles de todos los dioses vivientes así sabes cómo evadir atraer su atención, está bien. Idea genial, de hecho. Pero no voy a dejar que vayas tras Bóreas. Mi única meta en rescatarte fue evitar que Bóreas te destruya. Enseñarte a ir hacia la ofensiva sería contraproducente con esa meta. Yo me encargaré de Bóreas.
—Es la misma cosa. —Mi piel se estaba calentando de una manera incómoda. Dolía, como si insectos estuvieran gateando debajo de la superficie. Froté mis brazos, intentando recuperar el tren de pensamiento—. Hacer algo bajo mi nombre es lo mismo que... —siseé a medida que el dolor en mi cabeza empezó a pronunciarse, mi mano volando a mi frente.
Hades tocó mi sien con su dedo índice, sus cejas juntándose en confusión. —¿Qué diablos...?
La puerta del salón de banquetes se abrió de un golpe y Cassandra corrió hacia adentro, su cara pálida.
—¡Hades!
—¡Orfeo! —maldijo, levantando mi mentón así podía mirarme a los ojos—. Ese idiota.
—¿Qué está pasando? —pregunté alrededor del zumbido en mis oídos.
—Perséfone, necesito que te enfoques, ¿de acuerdo? —Tomó mis dos hombros, mientras, mis ojos se pusieron vidriosos—. ¡Perséfone!
Mi cuerpo se puso rígido mientras mi mente explotaba en dolor. Golpeé el suelo, convulsionando. El dolor creció aún peor con cada latido. Vidrio fundido se vertió a través de mis venas. Ya no podía ver el salón de banquetes. Los colores destellaban adentro y afuera de mi visión.
Grité. Alguna parte de mí estaba al tanto de Hades y Cassandra sosteniéndome mientras yo me retorcía hacia atrás y adelante.
—¡Escúchame! —gritó él con pánico—. ¡Perséfone!
Chillé, mis uñas intentando clavar el suelo de mármol. No podía pensar, no podía formar palabras. Sentía como si podía saltar en pedazos en cualquier minuto. Quemaba; estaba siendo quemada viva desde adentro hacia afuera. Se sentía cientos de veces peor que cuando Zachary intentó liberar el alma de mi cuerpo.
—¡Haz algo! —gritó Cassandra.
Hades maldijo, cogiendo mis dos manos.
—¡Perséfone! ¡Dame esto a mí! —Presionó sus manos contra las mías—. ¡Maldita sea! ¡Ella tiene que consentir!
Mi llanto sin palabras se incrementó gradualmente. Hades presionó su mano contra mi frente y mi cuerpo se puso rígido. Luché contra el vínculo invisible. No podía moverme. El dolor dentro de mí rogaba por alguna clase de salida. Hades me alzó y presionó sus labios contra los míos. Su voz se entrometió en mis pensamientos. Dime que puedo tomar esto.
¡Duele! ¡Duele! ¡Duele! ¡Duele! El único pensamiento cohesivo que podía formar, se mantuvo gritando a través de mi cabeza.
Puedo arreglar esto, si me dejas.
Luche para interpretar sus palabras a través del fuego rojo de dolor, pero me aferré firmemente a la esperanza que él ofrecía. ¡Por favor!
Hades tomó mis manos entre las suyas. Sentí un pulso de energía abrasar a través de mí como una marca quemando, y luego el dolor se detuvo.
Mis ojos se abrieron y encontré los suyos. Sus pensamientos y sentimientos se arremolinaron a través de mi cabeza. Eran extraños, oscuros, conflictivos, y crudos. Mi mente se enganchó a ellos, intentando de darles sentido.
Con su nombre en mis labios, me hundí en una dichosa oscuridad.
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Persephone. Hija de Zeus
Novela JuvenilHay peores cosas que la muerte, peores personas también. La "charla" fue bastante mala, pero, ¿a cuántas adolescentes se les dice que son una diosa? Cuando su madre se lo dice, Perséphone está segura que su madre se ha vuelto loca. No es hasta que B...
