Capítulo 6

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El último álbum de Orfeo resonaba en mis altavoces cantando Mortus Dei mientras manejaba mi escarabajo por la carretera Hog Mountain. ¿Y si ella no estaba loca?, susurró una voz en el fondo de mi mente. Reí. ¿Era así como esto comenzó? ¿Voces disfrazándose
como tus propios pensamientos? Ella tenía que estar loca.
Me aferré al volante. Si comenzaba a creer en las afirmaciones de divinidad de mi madre, ¡mi mundo se desmoronaría! Si estaba diciendo la verdad, significaría que todo lo que conocía sobre mí era una mentira. Mi madre, e incluso Melissa, las dos personas en las que más confiaba en este mundo, me habían mentido toda mi vida.
No. Prefería creer que mi madre estaba loca. Ellos tenían pastillas para arreglar la locura. La confianza era más difícil de reparar. Las vidas eran más difíciles de reconstruir. ¡No podía mudarme! Este era el único hogar que había conocido. Tenía que arreglar esto de alguna forma.
Tiene sentido.
-¡Cállate!
Espontáneamente, imágenes pasaron por mi mente. Ojos desapareciendo detrás de pupilas dilatadas. Escarcha cubriendo las páginas amarillas del bloc de notas. Hielo atravesando mi parabrisas. Orfeo entregándome su tarjeta.
Orfeo... Giré la cabeza para ver mi teléfono, posado tentadoramente en el asiento trasero. Maldije, volviendo mi atención a la carretera. Un ciervo se atravesó. Ni si quiera frené.
¿Era esto sobre lo que había estado hablando? De ninguna manera. Nunca, has estado si quiera enferma, me recordé. Los dioses no se enferman, ¿o sí? Los otros niños en la escuela se enfermaban todo el tiempo, resfriados, alergias, algo.
-¿Y la sensación de ser observada, Perséfone? -me desvíe-. ¿Tienes una respuesta para eso? Este libro de texto es una locura. Quiero decir, incluso estoy hablándome a mí misma.
Pirítoo mencionó a alguien enviándolo.
Quise poner mis manos en mis oídos, pero el maldito volante demandaba mi atención. Canté tan alto como pude, pero la voz dentro de mí no se silenciaría.
Escuché la voz de Melissa:
Sabes que ella hará todo lo que tu madre pida.
Vas a tener preguntas.
-No. -Apuñalé el dial, subiendo la música. La gravilla crujió debajo de los neumáticos cuando entré en la calzada de la casa de Melissa. No tuve ni siquiera tiempo de golpear antes de que Melissa abriera la puerta y se arrojara a mis brazos.
-¡Tú madre llamó y nos dijo lo que pasó! ¿Estás bien? -Ella me llevó dentro de la casa antes de que pudiera formular una respuesta.
Toda esa conducción imprudente y había ido exactamente a donde ella había esperado. Imagínate.
-¿Qué fue exactamente lo que te dijo mi mamá?
-¡Dijo que algún chico descubrió lo que eres e intentó raptarte!
¡Descubrió lo que eres! Toda la esperanza de que esto fuera una loca teoría de mi madre estaba siendo arrancada de mi alcance.
-¿Qué quieres decir con eso? -Descubrió que eres una diosa.
No podía respirar. El mundo daba vueltas. Estaba resbalándome y patinando hacia los lados, incapaz de recuperar el equilibrio.
-¡Perséfone! -gritó Melissa mientras me tambaleaba sobre mis pies.
Tomé una respiración profunda, forzando a los puntos brillantes a deslizarse lejos lentamente. Me alejé de Melissa entre tropiezos y volví al porche de madera.
-No tú también.
-Lo siento. Quería decírtelo, pero tú mamá no me dejaría. -Ella me alcanzó para estabilizarme.
-¡Aléjate de mi! -Retrocedí, bajando las escaleras y hacia mi auto. Melissa gritó detrás de mí pero la ignoré. Necesitaba salir de allí. Necesitaba pensar, procesar todo lo que había sucedido. El recorrido pasó en un borrón que no pude recordar y me encontré en el Memorial Park.
Me dirigí a mi habitual lugar de picnic; las flores, los árboles y la fuente de agua en el medio del brillante lago siempre me calmaban. Mi estómago gruñó, recordándome que me había saltado el almuerzo con toda la confusión. Busqué en mi bolso por alguna reserva de bocadillos y saqué una bolsa de plástico llena de semillas de granada.
Caminé junto al patio de juegos hacia el jardín de rocas, extendiendo mi manta con motivo de margaritas sobre el descolorido césped. Flores silvestres crecían, engañadas a florecer por el clima templado. Contuve la respiración cuando una grulla tomó vuelo desde los matorrales cerca del puente de madera que atravesaba el lago. Comí una semilla de granada e intenté pensar. Necesitaba un plan.
Mis dedos manchados de rojo tomaron la tarjeta que Orfeo me había dado. ¿Mi mamá creía que él era un dios? Mamá había dicho algo sobre construir una red de apoyo. Quizás esa era la razón por la cual él actuaba de manera tan extraña a mi alrededor.
Pero Melissa creía en mi madre. ¿Qué significaba eso?
Mis manos temblaban mientras sostenía la tarjeta. Si una persona más creía en su teoría, lo sabría. Sabría que no estaba volviéndome loca, que algo sobre mí era legítimamente diferente.
No necesité mirar la tarjeta para discar el número. Mi corazón amenazaba con golpear fuera de mi pecho mientras el teléfono sonaba.
-¿Hola? -Mi boca se secó ante el sonido de su voz-. ¿Hola? -Él esperó un instante, sonando irritado ahora-. ¿Hay alguien ahí?
Colgué. ¡No podía preguntarle si era una diosa! ¡Pensaría que estaba loca! O peor, sabría que no lo estaba.
Esto era ridículo. Si fuera una diosa, debería ser capaz de hacer algo. Si no podía, no lo era. No había necesidad de arrastrar a alguien más en esto.
-No puedo creer que siquiera esté considerando esto -murmuré.
Mi cabello se arremolinó por mi rostro mientras una brisa se levantaba a mi alrededor. Me senté y puse mis manos delante de mí en la fría y oscura tierra, sintiendo la energía vibrar a través del suelo. Cerré mis ojos y me concentré en hacer que algo, cualquier cosa, sucediera.
Sentí un cosquilleo contra mi palma y tiré hacia adelante, con los ojos bien abiertos. Casi caí de bruces en el suelo cuando un tallo verde se desenroscó entre dos de mis dedos extendidos. Apenas respiraba mientras los pétalos rojos se desplegaron en una pequeña amapola roja.
Jadeé. ¡Tenía poderes! ¡Era una diosa! No estaba loca, mamá no estaba loca. Melissa, Orfeo, era todo cierto. ¿Verdad?
-No estoy alucinando, ¿cierto? -Toqué la flor, sintiendo el suave pétalo contra mi mano. El viento me empujó hacia adelante con fuerza. Mi bolsa de semillas de granada voló, desparramándose alrededor de la amapola. Mi vestido se agitaba contra mis tobillos mientras un frío se disparaba por mi piel. Escuché un crujido y me volví para ver el suelo congelado alrededor de la flor.
La escarcha se arrastró hacia donde yo estaba. Las ramas sobre mí se extendieron hacia mi rostro, hielo moviéndose lentamente a lo largo de las ramas. Escuché un fuerte crujido, una enorme rama se quebró del árbol y se precipitó hacia mi cabeza.
Grité y me tambaleé hacia atrás. La rama cayó delante de mí, rozando mis piernas. Corrí hacia el estacionamiento lo más rápido que pude. La escarcha se acercaba, rodeándome. Nunca había sido claustrofóbica, pero mientras la escarcha cerraba mi ruta de escape con un sólido muro blanco, entré en pánico.
Niebla cayó, como muerte fría, cortando mi visión del parque. Se enroscó a mi alrededor, rozando contra mi rostro, brazos y piernas. Luego me volví hacia el árbol y corrí más rápido, mi vestido enredándose entre mis piernas mientras la niebla y el viento helado soplaban contra mi piel.
¡El estacionamiento está por el otro lado!, gritó mi mente. El otro lado estaba bloqueado por una montaña de hielo. Sentí como si estuviera siendo arreada. ¿Por hielo?
Me resbalé en el suelo helado, cayendo de bruces contra la escarcha. Hielo se deslizó por mis dedos y a lo largo de mis piernas. Me di vuelta y grité. Sentí que la niebla se convertía en una sólida masa sobre mí, sujetándome al suelo. El hielo se acumuló alrededor de mí. ¿Voy a ser enterrada viva?
Clavé mis uñas en la nieve helada frente a mí e intenté abrirme camino fuera de la trampa de muerte congelada. Estaba tan asustada que no sentí cuando mis uñas se rompieron contra la pared impenetrable de hielo, dejando medialunas rojas de sangre brotando de la piel sensible. Un sollozo histérico encontró su camino fuera de mi garganta mientras excavaba líneas rojas en el hielo. El hielo estaba por encima de mis rodillas, serpenteando hacia mis muslos. Me estremecí.
Temblar es bueno, me recordé. Quiere decir que tu cuerpo no se ha dado por vencido... aún. El frío era doloroso, como mil cuchillos punzando mi piel. Un temblor violento subió por mi columna, enviando olas de dolor a través de mí.
-¡Ayúdenme! -grité, sabiendo que era inútil. Iba a morir aquí.
Excepto que no podía morir. ¿O sí? Mamá dijo que era inmortal, ¿pero estaba todo incluido? ¿Tenía debilidades? ¿Era la nieve mi kriptonita? Si salía lastimada, ¿sanaría o estaría atrapada en un cuerpo dañado con dolor por siempre?
De repente no sabía si la inmortalidad era una cosa buena o mala. El frío dolía. Estaba pateando, gritando y arañando mi camino fuera de la escarcha, pero por cada centímetro que ganaba una montaña se apilaba a mi alrededor. Me pareció oír la risa de un hombre en el viento, el sonido de alguna forma más fría que el hielo que me congelaba en mi lugar.
El suelo debajo de mi mano extendida tembló. La sacudida aumentó. La tierra se sacudió debajo de mí. La superficie se rompió y el sonido era tan fuerte que por un momento todo lo que pude escuchar fue un agudo zumbido en mis oídos. El suelo se dividió en una grieta imposiblemente profunda. Mi voz se tornó ronca de gritar mientras me asomaba por el abismo sin fin, atrapada e incapaz de moverme lejos del borde que inducía vértigo. Un carruaje negro como la media noche, tirado por cuatro caballos crepusculares que lucían como si hubiesen sido creados del cielo nocturno, surgieron de la grieta. Agaché la cabeza en la nieve con un gemido asustado mientras pasaba por encima de mi cuerpo tendido.
La niebla a mi alrededor se disipó mientras el hielo se derretía lejos de mi cuerpo. Aterrorizada, me puse de pie, frenando cuando estuve cara a cara con uno de los aterradores caballos que tiraban del carruaje. Por un momento no pude hacer nada más que mirar en sus ojos enormes y sin emociones. Un gemido estrangulado salió de mi garganta y el caballo resopló ante mí.
No eran negros; no eran nada. Eran una ausencia de color y luz, un nauseabundo torbellino de vacío. Hacía daño mirarlos. Mi cabeza dolía, y mi estómago se sacudió en rebelión. Apreté mis puños y me volví al conductor.
Sus ojos azul eléctrico se encontraron con los míos, y él parecía ver todo lo que había hecho y todo lo que alguna vez hice. Tuve la extraña sensación de que había sido juzgada y hallada insuficiente. No había forma de que este tipo fuera humano. Su piel podría haber sido esculpida con mármol; su cabello era del mismo desorientador negro que el de los caballos. Un poder aterrorizante emanaba de su alta y escultural figura.
No podía hablar. No podía moverme. Su capa negra ondeaba detrás de él mientras marchaba hacía mí. Cuando sentí el agarre de su mano volví a la vida y me alejé de él.
-Tenemos que salir de aquí.
-¡Déjame ir! -grité, tirando de mi brazo. El se acercó a mí, empujándome contra la carroza. Luché contra él, chillando con rabia cuando me tomó y me echó sobre su espalda como una bolsa de patatas.
Golpeé su espalda, pateando con mis piernas.
-¡Déjame ir! ¡Alguien ayúdeme! ¡Ayúdeme!
Recordé al instructor de alguna clase de defensa personal, perdida en mi memoria, diciéndome que un peso muerto era más difícil de llevar que un rehén luchador. Mi cuerpo se rebeló ante la idea de ir cojeando así que hice a un lado su capa, subí su camisa y pasé mis uñas rotas y desiguales a través de su piel desnuda. Sus manos se sacudieron en sorpresa y me bajó de su espala al suelo duro.
Mi aliento abandonó mi cuerpo cuando golpeé el suelo con fuerza suficiente para hacer que me mareara. Con una fuerza que no sabía que poseía, me moví rápidamente, arañando mientras él me estiraba.
-Suficiente -gritó-. ¡No tenemos tiempo para esto! ¡Tengo que sacarte de aquí!
-¡No! -grité. ¿Realmente él esperaba que dijera: Bien hombre extraño y espeluznante, voy a entrar en tu aterradora carrosa de la muerte. No hay problema?
Su mirada furtiva examinó el parque vacío, y maldijo en una voz tan suave como la seda.
-Lo siento.
Mis ojos se abrieron con sorpresa cuando sus labios presionaron contra los míos. Enloquecí, golpeando y arañando y empujando por todo lo que valía la pena. Él no se movió. Exhaló, y me hundí sin vida en sus brazos.
A través de una niebla, me sentí siendo levantada y llevada lejos. Intenté abrir mis ojos, pero eran muy pesados.
-Lo manejaste muy bien, Hades. -La voz sarcástica de una mujer se entrometió en la neblina de mis pensamientos-. ¿Sabes qué podría haberlo hecho un poco más fácil?
-Estoy seguro de que me lo vas a decir.
¿Hades? Luché con más fuerza contra la pesadez de mis ojos. ¿Ese Hades? ¿El señor del Inframundo, Hades?
¡Diablos!
-Un simple "soy el chico bueno" podría tener... -¿Piensas que soy el chico buen, Cassandra? -rió. -¿Qué tal algo como "estoy aquí para rescatarte"?
-¿No dije eso? -Me colocó sobre una suave superficie-. Necesito hablar con Deméter, decirle lo que casi ocurrió aquí. ¿Podrías...?
-No la vas a devolver a su casa. -Fue una afirmación, no una pregunta. -Dioses ayúdenme, Cassandra, pensé que estabas bromeando.
-Sabes que no bromeo acerca de mi...
Intenté escuchar, pero su conversación no tenía ningún sentido y mi mente no estaba bien para decodificar sus tonterías. Pensé en mi manta de picnic, amapolas y semillas de granada. ¿Qué había sucedido? ¿Había sido una extraña tormenta de nieve la consecuencia de usar mis poderes? Algo dio un empujón en el fondo de mi cerebro, llamando a antiguos mitos y leyendas hacia adelante, pero mi mente desterró esos pensamientos y se entregó a la dichosa oscuridad.

Persephone. Hija de ZeusHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora