Me desperté, y cada hueso de mi cuerpo dolía. Hades. Levanté la vista hacia el techo, sentí mis sábanas de algodón, y sabía que estaba en casa. La idea me llenó de una decepción aplastante. El sentimiento me sorprendió. Solo hace unos meses, había estado llorando porque no podía volver a casa. Ahora lo único
que quería hacer era volver con él. —¿Mamá? —grazné con voz ronca.
Ella estaba a mi lado en un instante, mimándome excesivamente hasta que finalmente conseguí decir una palabra.
—¿Qué estoy haciendo aquí? Ella me miró sorprendida. —¿Dónde más podría estar? —El Inframundo.
—Cariño. —Ella acomodó mi almohada y ajustó mis sábanas—. Has destruido a Bóreas. ¿Por qué tendrías que ir de nuevo?
Fruncí el ceño.
—¿Eso realmente pasó? —Cuando ella asintió con la cabeza, le pregunté:
—¿Melissa?
—Ella está bien. La salvaste. —Mi mamá se removió—. ¿Cómo mataste a Bóreas?
—No... —Me detuve—. ¿Estuvo Hades aquí?
—Él me ayudó a traerte a casa. —Mamá tocó con el dorso de su mano mi frente—. Pero él regresó hace un rato. ¿Te acuerdas de lo que pasó con Bóreas, cariño?
—No estoy segura. ¿Qué día es hoy?
—Veintiuno de marzo. —Ella me sonrió—. Feliz cumpleaños, cariño.
—El equinoccio de primavera —murmuré.
Una sonrisa atravesó su rostro preocupado.
—Te he echado mucho de menos. —Me dio un abrazo.
Aspiré el aroma familiar y tranquilizador de la tierra húmeda y las plantas recién cultivadas.
—Yo también te extrañé. —Las lágrimas brotaron de mis ojos.
Pasamos el resto de la tarde poniéndonos al día. Le hablé de mi tiempo en el Inframundo, y ella me habló de su lucha a través de la tormenta de nieve. Ella visitaba a la esposa de Orfeo en el hospital todos los días, tratando de restaurar la comunicación entre su alma y su cuerpo. Entre su culto y las nuevas adiciones de sus sacerdotisas que yo le había enviado desde el Inframundo, fue ganando terreno rápidamente sobre Hades en lo que poderes se refiere.
Ella había maldecido a Melissa con la inmortalidad. Había deseado hacerlo cuando fuese mayor, pero tenía miedo de que Tánatos recobrara sus sentidos y regresara por su alma.
—Él no haría eso —le dije—. No tenías que maldecirla todavía.
—Perséfone, no tengo ni idea de lo que pasó en ese claro, pero no voy a arriesgar a Melissa de nuevo. Ya no envejecerás dentro de poco, especialmente con tus poderes apareciendo desde tan joven.
—No quiero perderla más de lo que tú quieres.
Ella frunció el ceño.
—Hablando de tu preocupación por Melissa...
—Mamá, estoy segura de que tienes un largo sermón preparado sobre cómo llegué a estar en ese claro, pero va a tener que esperar.
—¿Perdón?
Le di una mirada.
—Hades estará tan preocupado como tú estuviste, y estarán haciendo todo lo del equinoccio esta noche...
—Perséfone...
—Mamá, estoy vinculada al Inframundo por el resto de mi vida. Que Bóreas haya desaparecido no cambia eso.
—Lo sé, pero tienes que prepararte para la posibilidad de que no te quieran más allí.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Perséfone, lo que hiciste en ese claro fue aterrador. Por lo poco que pudimos recoger de Tánatos, encantaste y mataste a un dios, lo que no debería ser posible. Solo estoy diciendo que te prepares para alguna... aprensión.
Asentí con la cabeza, sintiéndome mareada. Ella me dio una mirada extraña.
—¿Qué pasa?
—Has cambiado —dijo ella, con lágrimas brillando en sus ojos—. Has florecido. Siento como que la última vez te vi, eras una niña, y ahora ya has crecido.
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Pensé en eso mientras me dirigía a casa de Melissa. No me sentía madura. Me sentía pequeña e incierta frente a todo lo que había sucedido. Tenía que ver a Melissa antes de regresar al inframundo. Tenía que ver con mis propios ojos que ella estaba a salvo.
La Sra. Minthe abrió la puerta.
—Perséfone. —Ella me estiró en un confortable abrazo—. ¡Gracias! Muchas gracias por traer a Melissa de nuevo a mí.
Lágrimas humedecieron mi pelo, pero no me importó. Ella me hizo pasar a la casa y me ofreció leche y galletas.
—Tu madre hizo lo que pudo, pero yo sabía... —Ella dio un respiro tembloroso—. Pero la rescataste. —Me sonrió—. Nunca lo olvidaré.
—¿Mamá? —llamó Melissa desde el pasillo. Salió con una cesta llena de pantalones vaqueros y camisetas. Ella me vio y la bajó con una sonrisa—. La heroína regresa.
Le devolví la sonrisa, aliviada de no ver ninguna aprensión en sus ojos.
—Por poco. Me voy abajo en unas horas. Quiero ver cómo Hades está tomando todo esto.
Un plato se estrelló en la cocina, y me volví a ver a la Sra. Minthe alcanzando una escoba.
—Dedos resbaladizos. —Ella agitó una mano—. Perdona si te he asustado.
—¿Vas a volver? —Melissa hizo un gesto para que yo la siguiera a la sala de lavandería—. ¿Por qué?
La puse al tanto de mi tiempo en el Inframundo, diciéndole todo sobre Hades mientras Melissa ordenaba su ropa.
—Así que ya ves, tengo que intentar por lo menos pedir disculpas a Cassandra y Tánatos y trabajar en algún tipo de horario con Hades. Esto si es que él no está todo asustado como mi madre parece pensar.
El sonido de las noticias del fondo nos llamó la atención, y nos asomamos por la puerta para ver la televisión en la sala de estar.
—Y le dije a mi hijo, Billy Bob. Le dije, ¡Billy Bob! ¡Tienes que salir allí y sacar esa maldita nieve! Y él dijo, no puedo Maw Maw, es hielo. ¡No podía dejar mi maldito trailer! No me había perdido la iglesia en cincuenta años y no podía salir de mi maldito tráiler.
La cámara pasó de la mujer obesa con el pelo marrón y dientes amarillos a una mujer rubia en un poderoso traje.
—Y ahí lo tienen —dijo con tristeza—. Los residentes quedaron atrapados en este parque de casas rodantes desde hace más de una semana...
—¿¡Dónde encuentran a esas personas!? —jadeé.
Melissa rió, mirando alrededor de la esquina buscando a su mamá y empujando toda la ropa en la máquina.
—Cada vez que Georgia se convierte en noticia nacional, te juro que los periodistas buscan los peores campesinos que puedan encontrar. Pero volviendo al tema, tu madre piensa que Hades... ¿te tiene miedo? —Ella se rió.
Mi rostro se ensombreció.
—No viste lo que hice en ese claro, Melissa. Estoy un poco asustado de mí misma. —Tomé una respiración profunda—. ¡Lo siento mucho! Es mi culpa que viniera detrás de ti, y entonces él realmente te mató. Ahora tienes dieciséis años para siempre...
—Diecisiete —me recordó—. Feliz cumpleaños a nosotras, y no estoy enojada. Bueno, está bien, estoy un poco enojada —se corrigió—, pero solo porque fuiste realmente tan estúpida como para venir detrás de mí. Nada de lo que pasó fue culpa tuya, todo fue por culpa de Bóreas. Nadie más es responsable. Si bien —dijo ella, levantando la voz—, ¡uno pensaría que cumplir diecisiete y morir sería suficiente para sacarte de tus tareas por un día!
—Si hubieses terminado tus tareas ayer, tendrías el día libre —dijo su madre en un tono cantarín. Contuve una sonrisa.
—Melissa, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.
Mis manos se retorcieron nerviosamente en mi regazo. —Acerca de ser una sacerdotisa... ¿tuviste otra opción? Ella negó con la cabeza.
—Yo nací para eso. Pero creo que lo hubiera elegido. Eres mi mejor amiga. Fue duro estar lejos de ti este invierno. Cada vez que algo pasaba, quería hablarte de eso, y sin ti no era real.
Nosotras habíamos nacido con horas de diferencia. Mi mamá siempre hacía que sonara como si hubiera conocido a la Sra. Minthe en una clase de yoga prenatal. Me acordé de mi madre contándome la historia de cómo rompió bolsa cuando estaba en la pose diosa.
Por supuesto que entiendo la broma ahora.
—¿Fue algo real? —le pregunté, pensando de nuevo en la citas de juegos infinitas y dormir fuera de casa, cómo siempre estábamos en los mismos clubes, clases, y deportes. Nunca había pensado en nada de eso antes, pero ahora parecía tan manufacturado.
—Todo es real —me tranquilizó Melissa—. Eres mi mejor amiga, Perséfone. Quiero decir, tú me salvaste la vida.
—No habrías estado en peligro si no fuera por mí. Ella se encogió de hombros.
—No fue tu culpa.
Me hundí en el sofá de cuero de lujo, aliviada de que aún me llamara su amiga. Había galletas veganas y cacao en la mesa ratona de cedro desgastado. Tomé una galleta mientras registraba mi indignación.
—No puedo creer que sabías de mí todo este tiempo.
—Quería decirte. —Se sentó a mi lado—. Tienes que creerme, Perséfone. Quería decirte, pero no podía. Tu madre no me dejaba. Me obligaron a guardar el secreto cuando nací.
Consideré eso por un momento.
—¿Así que tienes que escucharla? ¿Y a mí? ¿Eso es parte de ser una sacerdotisa?
—Ustedes son diosas. Pueden enlazar cualquier cosa a cualquiera, si quisieran. No tiene nada que ver con que yo sea una sacerdotisa. Eso es solo un título anticuado. No voy a realizar ningún tipo de ceremonias, u orar por ti, ni nada raro. Solo creo en ti. Tú eliges cómo quieres que tus seguidores demuestren su devoción.
—¿Qué hacen las sacerdotisas de mamá?
—Mi mamá y las demás la honran con el trabajo en la tierra y las cosas que crecen. También le dan un poco de todo lo que crece, pero creo que es más la amistad que el diezmo.
Pensé en los frascos de mermelada, pan fresco, frutas y verduras que las amigas de mi madre siempre estaban trayendo y tuve que estar de acuerdo. Ellas venían con regalos, y las mujeres se retiraban al porche trasero y chismoseaban durante horas. Eso no me parecía adoración a mí.
—Son todas sus seguidores, ¿no es así? —Me di cuenta—. Todas sus amigas. Melissa asintió.
Negué con la cabeza. Esto era demasiado para procesar, y tenía cosas más importantes de qué preocuparme.
—Me alegro de que estés bien. Pasaré de nuevo cuando vuelva del Inframundo. Debemos hacer algo normal. Como ir a ver una película.
—La nueva película de Anochecer ya está disponible.
Sonreí. ¿Cómo había olvidado eso? Dejé a Melissa y me dirigí de nuevo al parque Memorial. Aparqué mi coche y me aventuré en el claro. ¡Se veía tan diferente hoy! El claro estaba empapado con vida.
La hierba era de un verde vibrante y las flores silvestres habían florecido. El árbol se había ido, pero varios árboles jóvenes habían surgido ya en su lugar. El sol comenzaba a hundirse en el cielo cuando me metí en el Inframundo. Mis pies apenas tocaron tierra en el Tártaro antes de tele transportarme a mi habitación en el palacio.
Caminé por el pasillo y golpeé a la puerta de Cassandra. Abrió la puerta y luego se apartó de mí con aprensión. Miré detrás de ella y vi a Helena en el sofá.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Cassandra con frialdad.
—Perséfone —exclamó Helena. Ella corrió hacia mí y me dio un abrazo—. ¡Gracias a los dioses que estás bien!
Le sonreí.
—Cassandra, lo siento mucho.
Agitó la mano, con desconfianza todavía en sus ojos.
—Funcionó.
—No irás a la celebración del Equinoccio en eso, ¿verdad? —preguntó Helena.
Miré a mi falda estampada de flores y mi top rosa y sacudí la cabeza. —Estaba esperando que me ayudaras con eso.
Cassandra suspiró.
—Entra.
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Persephone. Hija de Zeus
Teen FictionHay peores cosas que la muerte, peores personas también. La "charla" fue bastante mala, pero, ¿a cuántas adolescentes se les dice que son una diosa? Cuando su madre se lo dice, Perséphone está segura que su madre se ha vuelto loca. No es hasta que B...
