El aire salió de mi cuerpo y me senté con un ruido sordo. Ha secuestrado. No la secuestrará. Lo que sea que ella vio, era algo que se haría ahora que Bóreas había secuestrado a Melissa. Millones de posibilidades competían por la atención en mis pensamientos, cada una peor que la anterior. Hades estaba hablando, pero no podía
oírlo. En lo único que podía pensar era en mi amiga en las manos de ese monstruo.
—¿Por qué no nos lo advertiste? —Me adelanté a Cassandra. Ella debió haber visto algo en mis ojos porque se echó hacia atrás.
—No puedo verlo todo. Han estado sucediendo muchas cosas en la superficie. Su secuestro no debió haber sido tan caótico como para atraer mi atención.
Entrecerré mis ojos. ¿Qué otra cosa había sucedido y no me lo habían dicho? Me obligué a alejar ese pensamiento. No importaba en estos momentos. Tenía que rescatar a Melissa.
—Tienes que ayudarla —le dije a Hades.
—Bóreas solo está haciendo esto para hacerte salir —me recordó Hades—. No puedo dejarte ir tras ella, y no puedo dejar mi reino sin protección.
—¿Tú no puedes dejarme?
—No puedo arriesgarte por una mortal. No. Lo siento. —Él detuvo mi protesta con un gesto de la mano—. Sé que esto es difícil para ti, pero si te sirve de consuelo, no creo que vaya a hacer cosas extremas con ella como lo hizo con Oritía. Él solo la escogió para sacarte. Una vez que se dé cuenta de que no saldrás, simplemente la matará, y luego te reunirás con ella aquí.
El suave jadeo de Cassandra fue la única advertencia que Hades tuvo antes de que yo volara hacia él.
—¡Bastardo! —le grité, agitando los puños, todas mis clases de autodefensa estaban completamente olvidadas. Él tomó mis muñecas con facilidad, esquivando un rodillazo a su ingle—. ¡Cobarde! ¡Solo vas a dejarla morir!
—¡Perséfone!
Traté de girar las muñecas para deshacerme de su agarre, pero él era demasiado fuerte.
—Déjame hablar con tu madre, ¿de acuerdo? —Traté de liberarme, y él alzó su voz—. ¡Déjame hablar con ella! ¡No puedo simplemente intervenir, Perséfone! ¡Ese es su reino y la hija de una de sus sacerdotisas!
Las palabras penetraron en la neblina roja que nublaba mi mente. Fui debilitándome en su agarre, respirando de forma errática. Mi mamá podría arreglar esto. Ella rescataría a Melissa. La Sra. Minthe era su sacerdotisa. Mamá había arreglado el nacimiento de Melissa para que yo pudiera tener una sacerdotisa. Bóreas había elegido bien a su víctima. Melissa nos importaba demasiado como para dejarla morir.
No estuve en la habitación durante la conversación con mi madre. Por alguna razón, Hades tenía miedo de que pudiera tratar de atacarlo si la conversación no iba a mi manera. Me acosté en mi cama y traté de descansar. Necesitaba estar con todas mis fuerzas, y Hades y yo acabábamos de gastar lo que quedaba de mis poderes.
Después de varias horas, Cassandra me informó sobre la situación. Bóreas tenía a Melissa como rehén, y el precio de su libertad era yo. Prometió que no le haría daño hasta el próximo sábado, cuando se haría el intercambio.
Eso me pareció mucho tiempo, pero tenía sentido. Sin duda, él había quemado sus poderes al secuestrar a Melissa. Necesitaría mucho tiempo para recuperarlos.
Por supuesto, tanto mi madre como Hades acordaron que no me cambiarían. Su objetivo era encontrar a Bóreas tan pronto como sea posible y rescatar a Melissa. Eso estaba bien para mí. Yo tenía un plan B si era necesario.
Durante la semana siguiente, empecé a entrenar. Tuve cuidado de no alertar a Hades de mi plan. Él enfocaba mis clases de diosa con cautela, pero no me las podía negar. Era demasiado peligroso no tenerlas. Pareció aliviado cuando opté por concentrarme en la tele transportación. Podría practicar todo lo demás en mi propio tiempo.
Caronte fue más contundente.
—No vas a hacer algo estúpido si te enseño esto, ¿verdad?
—¿Cómo puedo usar los puntos de presión contra Bóreas? —pregunté con voz seca. Me limpié mis palmas sudorosas en mis pantalones cortos de ejercicio negros, moviendo mis pies para ver las sangrías que hicieron en el azul mate.
—No podrías. Lo sabes, ¿verdad? Si te acercas así a él, estás muerta. —Lo sé.
Caronte me miró a los ojos.
—Vendrá por ti de alguna otra forma, utilizando los elementos a su disposición. Querrás ser rápida con tus pies y estar preparada para romper el hielo. Tienes que estar alerta por lo que haya bajo tus pies, por los carámbanos voladores, y recuerda, tus plantas no reaccionan bien a su hielo.
Mantuve mis ojos en los suyos. —Gracias.
Él suspiró.
—¿Hades te enseñó a hacer escudos?
Negué con la cabeza. Había diferentes tipos de escudos. Hades usaba escudos para tener privacidad no como defensa. Había escudos para evitar que puedas ser visto, u oído, pero también había escudos para protección física. Durante la hora siguiente, practiqué lanzar un escudo mientras Caronte me arrojaba terrones de tierra.
Me concentré en mantenerlo fuera de su balance, alternando entre mis escudos y hacer que enredaderas se enroscaran alrededor de sus pies.
—¡Ey! ¡No tienes que usar las espinas aquí! —¡Lo siento!
Estuvimos así durante unos minutos más, antes de poner punto final. Me paré, respirando con dificultad.
—No va a ser suficiente —murmuró Caronte mientras caminaba hacia la puerta.
—¿Por qué no?
—Yo no quiero hacerte daño. Él sí. Él realmente quiere hacerte daño. Por favor, Perséfone. No hagas nada estúpido.
Él no esperó mi respuesta antes de irse. Él sabía que yo no podía mentir. Después de esa lección, Tánatos me siguió como una sombra dentro y fuera del palacio. Él estaba inusualmente en silencio sobre todo el asunto. Mis sentimientos estaban un poco heridos. Esperaba contar con su apoyo.
Quizás él no me ayudara, pero yo sabía que entendería. Sin poder hablar de mis planes con él, ¿qué podía hacer?
Le lancé una mirada frustrada antes de llamar en la puerta Hipnos. Hipnos contestó, su rostro cayó cuando vio que era yo. —Perséfone.
—Necesito aprender cómo entrar en los sueños de los humanos para contarle a Melissa lo mucho que estamos tratando de encontrarla. ¡Tal vez ella sabe dónde está!
—No es posible. No se le ha dado la inmortalidad todavía. No ha sido alterada de ninguna manera. No podemos entrar en los sueños de todos los seres humanos. Solo en los de algunos pocos elegidos.
—Melissa es mi sacerdotisa. ¿No debería ser uno de los pocos?
Hipnos negó con la cabeza.
—Ya lo he intentado. Tu madre no ha hecho nada para alterarla aún. Probablemente está esperando que dejes de envejecer antes de maldecirla con la inmortalidad.
—¿Qué hay de Bóreas? ¿No puedes espiar sus sueños? —Sus defensas son demasiado buenas.
—¿Mejores que las tuyas?
Hipnos dudó.
—Actualmente, sí.
—¿Cómo? Hades y mi madre dijeron que no había manera de que a él le quedara mucho poder. ¿Cómo consigue todo eso?
—Esa es una buena pregunta.
Como no había ninguna respuesta, apreté mis dientes.
—¿Y si me dejo abierta? Si él viene a mí, ¿cómo podría conseguir la información de él?
El rostro de Hipnos se cerró a toda emoción.
—No voy a ayudarte si vas hacer algo estúpido. Adiós, Perséfone. —Cerró la puerta.
Cuando pude dormir, dejé mi mente sin protección. Bóreas no picó el cebo. Sentía que difícilmente había parpadeado cuando llegó el sábado. Junté mis llaves y mi cartera y las empujé en mi mochila. La empujé bajo mi cama, luego fui a esperar fuera de las cámaras de Hades, como hacía cada mañana desde el secuestro de Melissa, mientras él deliberaba con mi madre. Salté cuando la puerta se abrió.
—Lo siento—susurró él—. Ella no pudo encontrarlo, pero no se rendirá. Está buscando en todas partes. Sabemos exactamente dónde va a estar esta tarde. Si ella puede atraparlo con la guardia baja antes de...
Sabía lo que quería decir. Si ellos podían rescatar a Melissa antes de que él se diera cuenta que yo no iba a ir... de otra forma ella moriría.
Las lágrimas no fueron difíciles de llamar, y me lancé a los brazos de Hades. Él me abrazó, y murmuré algo sobre mi dormitorio, sorbiendo por si acaso. Él me guio de vuelta a mi habitación donde Cassandra estaba esperando.
—Necesito cambiarme—dije como aturdida. Señalé la parte superior de mi vestido blanco, mostrando las manchas de mi máscara de pestañas.
Hades levantó una mano, impidiéndole a Tánatos entrar a mi habitación.
—Esperaré afuera—dijo Tánatos con un encogimiento de hombros.
La puerta se cerró. Hice una muestra de que estaba sorbiendo mientras me cambiaba por unos pantalones vaqueros y una gruesa camisa de terciopelo. Cuando los pasos de Hades se perdieron por el vestíbulo, dejé de llorar. Cassandra se giró para enfrentarme, sus ojos precavidos.
—Interesante elección—notó ella cuando me puse una sudadera. —Haría lo mismo por ti. —Estiré mi mano bajo la cama y tomé mi bolsa. La comprensión iluminó sus ojos.
—No puedo dejarte.
—No lo creo, ya que soy tu reina, ¿tienes que obedecerme? —La afirmación salió confusa, el pensamiento medio formado en mi cabeza, pero la mirada indignada que destelló a través de sus ojos me dijo que comprendía lo que estaba queriendo decir.
—Los humanos siempre han tenido libre albedrío. He conocido a Hades mucho más de lo que te conozco a ti. Si intentas algo, iré a él. No puedo dejarte hacer algo estúpido.
—Yo también tengo libre albedrío. —Tomé su brazo—. No está en tu poder dejarme hacer nada.
—¡Tánatos! —gritó ella.
Actué sin pensar, de otra forma, jamás hubiera funcionada en Cassandra. Cuando abrí mis ojos, estábamos mirando al palacio mientras el Lete destellaba favorecedoramente a la distancia.
—¿Qué has hecho? —Cassandra giró su brazo para liberarlo—. ¿Dónde estamos?
—En el Olimpo.
—¡No puedes! ¡Nadie puede tele trasportarse pasando los ríos!
—No, tú no puedes —contesté, como si hubiera sabido que esto funcionaría—. Yo soy la reina de este reino, ¿recuerdas?
—¡Perséfone! —jadeó ella—. No puedes hacer esto. No puedo cruzar el Lete.
—No puedo dejar que se lo digas a Hades —contesté, observando tristemente como nuestra amistad moría—. Volveré por ti, pero si no lo logro, no le llevará mucho tiempo a Hades encontrarte.
—¡Tánatos tuvo que haberme oído!
—Entonces será mejor que me dé prisa.
—¡No! ¡Perséfone! —Ella tomó mi brazo—. Por favor no me dejes aquí. En cualquier otro lugar, puedes dejarme en cualquier otro lugar y me quedaré, prometo que me quedaré. Por favor no me dejes aquí. —Ella sonaba cercana a las lágrimas, su voz estaba aterrada, y estaba respirando con dificultad.
—¿Por qué?
—Por favor —suplicó, lágrimas deslizándose por su rostro—. No me dejes aquí, dónde los otros dioses podrían encontrarme. No lo comprenderías, no has crecido mientras ellos estaban en el poder. Ellos no son como tú o como Hades.
Ella estaba temblando, y demasiado tarde recordé cómo había sido maldecida con visiones.
—No te dejaré en el Tártaro. —Me estremecí—. No podría hacerte pasar por eso.
—No se lo diré, lo prometo. Por favor, no me dejes aquí, por favor. —Ella vio mi rostro y supo que no le creía—. Llévame al otro lado del Estigio —sugirió ella—. Sabes que Caronte no llegará allí hasta esta tarde. Conoces su horario tan bien como yo. Puedes hacer eso.
Agarré su brazo y desaparecimos. Cuando el Inframundo se materializó a nuestro alrededor, estábamos de pie en un desvencijado muelle, destacando en el agua negra. Recordé que el agua estaba hecha de las lágrimas de aquellos que dejaban el reino viviente y me pregunté si algunas de esas eran de Cassandra.
Ella cayó en el muelle, sacudiéndose y llorando.
—Lo siento —susurré, sintiéndome terrible por tener que dejarla en este estéril panorama. Una espesa niebla envolvió el muelle, dejándome con la sensación de ser ahogada en la oscuridad.
—Solo vete. —Ella se alejó de mí y enfrentó el río.
Desaparecí. Cuando mis pies tocaron el suelo otra vez, estaba de pie en el Tártaro. El suelo siseó debajo de mis pies, y oí a una figura torcida husmeando, arrastrando los pies por el suelo como si girara para venir hacia mí.
Me estremecí, recordando estar rodeada por esos retorcidos seres una vez humanos. Chasqueé mis dedos y un arbusto de espinas brotó alrededor de ella. Siseó y cerró sus mandíbulas, saliva saliendo de su boca podrida y torcida. La rodeé, asegurándome que era seguro.
—Vas a llevarme a la entrada más cercana. —Observé como las espinas crecían en su apaleado cuerpo—. Ahora.
La liberé, y la criatura tropezó. Esperaba más de una queja, pero la criatura me guio a un pequeño pasadizo. Me miró esperanzado. Hice una mueca cuando toqué su hombro.
—No te llevaría conmigo si pudiera.
Lo tele trasporté al borde del río de fuego. Si volvía, no estaba segura de tener la energía suficiente para defenderme, y no quería arriesgarlo por esperarme en la entrada.
Ajusté la mochila en mis hombros, respiré profundamente, y entré en la estrecha grieta entre las piedras.
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Persephone. Hija de Zeus
Teen FictionHay peores cosas que la muerte, peores personas también. La "charla" fue bastante mala, pero, ¿a cuántas adolescentes se les dice que son una diosa? Cuando su madre se lo dice, Perséphone está segura que su madre se ha vuelto loca. No es hasta que B...
