Reflexión de media noche.

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Tomás aguardaba aún en la calle, cerca de la casa de Marcos. Quería saber si Rubi había pasado allá la noche. Cuando lo vio salir de la pizzería apurado, tan sólo unas horas antes, Tomás supo a donde iba el rubio. Un calor extraño había recorrido entonces su nuca. ¿Iba con Marcos? ¿Con su Marcos? Bien sabía Tomás que no era ni el primero ni el último hombre al que el pelirrojo llevaba a su casa. Pero, era por eso que se había alejado ¿no? Para no saber cuantos hombres llegaban a él. Una vez maldijo su estúpido orgullo. Marcos. Marcos. Marcos al que tanto amaba. Como extrañaba sus brazos cálidos. Como sus carnosos labios. Su primer beso. Si. Recordaba ese día. Pero él había sido tan estúpido. Fue impulsivo y lo besó. Marcos salió del armario para animarlo a él, para hacer que ambos pudieran estar juntos. ¿Que no sabía de sobra que el no podía hacer eso? Pero ese mismo día... Él pudo haberlo evitado. Él. Y. Se sintió mareado de nuevo al recordar ese día. El enfado en un principio fue sólo por eso. Lo que vio después fue lo peor. Permaneció allí. No se movió ni un segundo. No quería hacerlo. ¿El suelo había estado siempre tan lejos? ¿El aire tan seco? ¿Tan cortante? Y las paredes ¿habían sido siempre tan frías? Cuantas vueltas más podría dar su cabeza hasta encontrarse a si mismo en medio de ese laberinto de sin sentidos. Se odiaba quizá. Más que a Marcos. Más que a nadie. Pero fuera como fuera, no dejaría que Rubí lo tuviera. El chico sólo debía estar confundido. Si. Él lo ayudaría. Nadie tendría a Marcos delante de sus narices. Para algo se había alejado. Para evitar ese horrible dolor. Y nadie se lo impediría. 

Estos pensamientos azotaban a Tomas, cuando vio la sombra. Unos pies se arrastraban haciendo un sonido que le sonaba realmente conocido. Su corazón se aceleró. ¿Podía ser Marcos? Una botella cayó al suelo. Escucho su risa. Si. Sin duda alguna era Marcos. Respiro con fuerza el aire, esperando captar algo de su olor de tan lejos, pero no pudo oír nada. Aquella risa se rompió. Las carcajadas fueron olas chocando contra los muros de la realidad, y el llanto, espuma, inundo el mar de sus ojos verdes. El corazón de Tomas dio un pequeño salto. Una extraña presión lo asoló. No soportaba oírlo llorar. Nunca lo había soportado. Sintió como sus manos se apretaban contra la pared haciendo que sus dedos se lastimaran. Aquel dolor no aliviaba el de su corazón pero al menos lo conseguía distraer. Las lágrimas caían por sus ojos. ¿Porque tenía que haberse enamorado de un completo imbécil como él? ¿Era el menos imbécil que Marcos? Tan celoso y estúpido. Su garganta lo traicionó y emitió un pequeño sollozo. La desesperación se vio interrumpida cuando escuchó las voces. 

-¿Tomi?- dijo la voz rota y alcoholizada de Marcos a lo lejos. 

Su corazón latió, tratando de castigarle. Estaba roto. Tan roto que cada latido significaba miles de vidrios clavándose en su pecho. Pero el dolor se vio interrumpido por otra voz. Una voz que prometía peligro. 

-¡Miren lo que encontré! Al puto marica que se follo a mi hermano. 

La voz sonaba ronca, adulta, peligrosa. Quizá la droga o el alcohol inundaba la garganta de aquella amenaza. 

-Vamos a enseñarte lo que le hacemos aquí a los maricas. 

Tomas imaginó el espectáculo. Un golpe fuerte. ¿Una patada? ¿Un puñetazo? Aquel podría haber sido él. Aquel podría haber sido Rubi que ahora mismo estaba en la casa de Marcos, que a tan solo 20 metros de allí permanecía abierta. Tumtum, el perro de Marcos, ladraba angustiado en la casa cuando sonó el segundo golpe. Los sonidos, acompañados de risas torturaban a Tomas. De miedo. De dolor. De rabia. Escucho a Marcos toser. ¿Donde había sido ese golpe? ¿Cuanto más aguantaría sin poder defenderse? Por las voces pudo deducir que habría dos acompañantes y el de la voz ronca. Tomas se subió la capucha ocultando su rostro como mejor pudo. Respiró profundo, y se enfrentó a la imagen. En el suelo, Marcos comenzaba a vomitar cubierto de lágrimas, mientras un hombre algo más bajo que él, acertaba a patearlo en su estomago. Detrás de él, otros dos de una altura parecida, animaban coreando insultos. Tomas caminó hacia el que ahora, tras haber pateado a Marcos, lo levantaba de la camisa. Recordó el olor de esas camisas. La suavidad. El tacto. Con esas prendas él se había acurrucado entre sus brazos. 

-Dejaste destrozado a mi hermano cabronazo. 

Dijo la voz un segundo antes de que el puño de Tomas aterrizara en su boca. No dijo nada, cubrió su cara y comenzó a dirigir puños y patadas a los tres hombres. Cada golpe dado o recibido, dejaba pasar un imagen de Marcos. El tacto de su pelo en su nariz cuando eran más niños. Y un golpe llegaba a su ojos. El latido de su corazón cuando Marcos le dijo que él era su persona favorita. Y era él quien golpeaba alguna boca, nariz, o cualquier otra parte. Los golpes dolían. Estaba en desventaja. Pero daba igual. Marcos lo necesitaba. Y allí estaba. Era eso lo único que podía pensar. Pero era evidente que no aguantaría mucho más él solo. 

-¡Hijo de puta!- gritó al recibir un golpe en la cara.

Pronto oyó una voz conocida a sus espaldas. 

-¡Tomas! ¡Marcos! ¿¡Que mierda!?

Era la voz de Nico. El bueno de Nico que no tardó ni un segundo en correr a ayudarlo. Dos contra tres. Y uno de esos tres estaba lo suficientemente drogado para poder noquearlo con facilidad. Pronto las cosas se pusieron mejor. Tras la caída del primero de ellos, el que parecía el cabecilla, los otros dos tomaron el cuerpo desplomado y salieron corriendo. El labio de Tomas estaba destrozado, y su ojos morado. A Nico el brazo le dolía mucho, pero no pudo más que echarse a reír al ver el cuerpo de Marcos. 

-Marcos marcos... Siempre habías sido tan bueno.- dijo tocándole el pelo.- Tomas llévalo adentro, yo llamaré a Tiago. 

Obedeció algo aturdido. Trato de tomar el cuerpo de Marcos como mejor pudo. Entre sus brazos. Su Marcos. Lo subió a su cuerpo, donde dormía Rubi, aun desnudo. Carraspeo fuertemente, esperando que el chico despertara. Este lo hizo rápidamente, y confundido mientras se vestía dijo. 

-¿Qué paso? 

-Que te lo explique Nico. Esta abajo. Trae alguna venda.- contestó aun consternado por lo que había pasado. 

El chico obedeció y Tomas se quedó allí, mirando el rostro dañado de Marcos. Este abrió los ojos sorprendido. Su rostro parecía haber descubierto la razón más maravillosa para vivir, aun cuando acababan de darle una paliza. Subió su mano hasta el rostro de Tomas, que aun lo observaba preocupado. 

-Tomi... Yo... Perdón... Yo...- El rostro de Marcos volvió a llenarse de lágrimas al recordar todo lo que pasaba. 

El dolor. ¿La preocupación? Quizá solo la sorpresa, o la compasión. Tomas no supo que clase de sentimiento fue el que le hizo actuar. Sus labios se acercaron a aquellos tan conocidos, y lo beso delicadamente. Sus labios, rotos tras la pelea, ardían, pero dolía aun más cada herida en su pecho. Cerró los ojos con fuerza, tratando de aspirar ese momento, para separarse al momento, esperando que Marcos no recordara aquello al día siguiente. 

-Te amo.- dijo un segundo antes de separarse. 

Rubi entró con las vendas, ya vestido y con su rostro lleno de preocupación por Marcos. El rostro llenó de lágrimas de Tomas ignoro al rubio. 

-Por favor encárgate tu de curarlo. Yo me sentaré un rato aquí. Que no se duerma. No sabemos donde lo han golpeado.- dijo Tomas sentándose. 

¿Porque no se largo de allí? Eso se preguntaba una y otra vez, mientras observaba el rostro confundido y llenos de lagrimas de Marcos, que trataba desesperadamente de encontrarse con el suyo. Solo le preocupaba aquel estúpido chico. Por ahora sería mejor dejárselo a las delicadas manos de Rubi, que podía cuidarlo mejor que él. Cerró los ojos para fingir que estaba dormido, cuando su mente solo podía pensar. Aquel beso. ¿Porque le había dado ese beso? 

Amigos de la infancia (Yaoi)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora