Viernes, seis de la tarde. Al fin ya se podía ir a casa.
Eran comienzos de otoño, con esas tardes grises y ventosas que auguraban un obstinado aguacero. Eva Linares miró al cielo desde la ventana de su oficina y deseó fervientemente que no se desatara antes de que estuviera resguardada en la calidez de su hogar. Se colocó el saco de su traje sastre bordó y volvió a mirar resignada la corrida en sus pantis que, por mucho que hiciera, cada vez era más evidente. Por un instante, pensó en sacárselas y tirarlas al tacho de basura, pero hacía frió y lo estético dejó de ser tan relevante. Tomó, del perchero, la cartera de cuero, demasiado pesada para su tamaño y se dirigió a la salida. Un instante frente al espejo del vestíbulo fue suficiente para corroborar que su peinado hacía horas que había dejado de considerarse así. Murmuró una maldición entre dientes y decidió también dejar pasar ese detalle.
Salió a la calle algo apurada El automóvil negro estacionado enfrente se le antojó conocido. Se sorprendió de verlo apoyado en su auto, tan indolente, tan elegante, tan despreocupado, tan él. Con ese aire de dueño y señor de su espacio y del mundo en general, Lautaro Montiel esperaba, un pie mancillando la bruñida pintura de la puerta del conductor, los brazos cruzados sobre el pecho, una sonrisa indescifrable y la mirada devastadora clavada exactamente en ella. Miró hacia ambos lados buscando a su prometido o alguna señal de que él se hallaba cerca, pero no encontró nada y no se le ocurría ninguna explicación lógica para la presencia, en ese lugar, de su futuro cuñado. Respiró hondo para tratar de paliar esa inquietud que él solía despertarle y esbozando una sonrisa, quiso creer, amistosa, se decidió a cruzar la calle adoquinada evitando que los tacos quedaran atascados entre las húmedas piedras.
Él se incorporó sin prisa y dejó que sus brazos cayeran a los lados del cuerpo, pero no se adelantó a recibirla, como si mostrarse ansioso no fuera compatible con su estilo despreocupado e informal. Amplió la sonrisa dejando a la vista su blanca y perfecta dentadura, digna de una publicidad de pasta dental e inclinó levemente su cabeza en señal de conformidad al ver que ella no se hacía esperar.
- ¿Sorprendida?
Había querido sonar como una pregunta pero era indudablemente una afirmación. Un relámpago burlón cruzó su mirada cuando Eva intentó negar lo que era indiscutible sacudiendo sus rizos caoba algo alterados por la humedad. Desistió de su inútil negativa y se estiró para rozar apenas las mejillas en un pseudo beso que sopló al aire.
- ¡Hola..........!?
Su voz sonaba demasiado ronca, delatando su nerviosismo, por lo que prefirió esperar que Lautaro explicase el motivo de su presencia y así ganar algunos segundos para calmarse. Si él notó su inquietud no se dio por aludido, esperó apenas un instante a que hiciera las preguntas de rutina y luego se encogió de hombros.
- Ramiro tuvo que viajar de urgencia. No sabía si él acostumbraba pasar a buscarte y lo ibas a estar esperando.
Eva pensó en los viajes urgentes de Ramiro que cada vez se repetían con más frecuencia y en la poca delicadeza que él demostraba al no avisarle. No quería especular al respecto pero de alguna manera le molestó que su hermano tuviese ese tipo de consideración.
- No, no lo estaba esperando.
Le pareció poco leal comentar que su prometido no acostumbraba buscarla, ya sea en el trabajo o en cualquier otro lugar. Si debían salir juntos, ella pasaba por las oficinas de la empresa o, en su defecto, mandaba un coche con chofer para que la llevara donde la estaba esperando. Ese pequeño detalle no le molestaba o, por lo menos, eso era lo que deseaba creer. Esbozó una sonrisa algo rígida y lo miró como retándolo a realizar algún comentario mordaz al respecto pero él no mordió el anzuelo.
- Bueno, no importa – su actitud algo distraída confirmaba sus palabras –. Ya estoy acá y no es una linda tarde para pasear. Podría llevarte hasta tu casa.
Una vez más una pregunta transformada en afirmación. Se sintió algo avasallada por lo imperativo de la situación, como si ella no tuviera más opción que permitir que los hermanos Montiel decidieran sobre sus gustos y necesidades. Sintió deseos de rebelarse contra lo que consideraba una intrusión inoportuna pero advirtió que estaba colocando sobre los hombros de Lautaro meses de arbitrariedades cometidas por Ramiro. Después de todo, no era una linda tarde para pasear y su casa quedaba bastante lejos, negarse a que él la llevara sería solo un capricho inconsecuente. Dejó de lado los impulsos infantiles que la llevaban a actuar de manera irracional y se sintió agradecida por la posibilidad de evitarse una ducha potencial durante su largo recorrido.
- Me encantaría ahorrarme la caminata.
Sin darle tiempo a cambiar de opinión, Lautaro la escoltó hasta la puerta del acompañante y se la abrió solícito. El gesto caballeresco la tomó por sorpresa. Se había criado en una sociedad donde las mujeres habían perdido la costumbre de dejarse halagar. Donde, para demostrar su igualdad e independencia, le habían negado la oportunidad a los hombres de mostrarse atentos y serviciales. Se hundió en el asiento inmersa en un torbellino de emociones que no podía definir. No estaba habituada a ser tratada de esa manera y, en el fondo, el hecho de que le gustase que lo hicieran, la inquietaba. O tal vez no era el cómo, sino el quién.
- ¿Tenías algún plan?
La pregunta la sobresaltó al interrumpir sus cavilaciones y la hizo responder casi de manera automática.
- No. ¿Por qué?
Lautaro no respondió enseguida atento al tránsito. Cuando volvió a hablar parecía algo tenso.
- Pensé que tal vez podíamos parar para tomar un café.
No era una invitación tan inusual, sin embargo Eva sintió un nerviosismo inaudito al pensar en aceptarla. Un nudo en el estómago y un leve temblor le hizo dudar en dar una respuesta afirmativa. Quiso analizar los sentimientos que interferían en su decisión pero no llegó a ninguna conclusión coherente. No podía dejar de sentir culpa por desear entablar una charla amistosa, en un lugar público con un hombre que no fuera Ramiro, pero sin duda, era una reacción desmedida. Sin embargo, sabía que si llegaba a enterarse, su prometido se enfurecería. Tal vez sería mejor dejarla para otra ocasión.
Lautaro percibió su vacilación y esbozó una sonrisa resignada.
- Era solo una idea – comentó quitando importancia al asunto - No te sientas obligada a aceptar.
Eva no pudo evitar el respirar profundamente, como cuando se toma aire para zambullirse en el agua. Esa era exactamente la sensación que tenía, se estaba tirando de cabeza en aguas profundas y no sabía con que se podía encontrar. Arguyó para sí misma que era una tontería tanta alharaca por una inocente invitación a tomar un café. Después de todo, hacía poco que conocía a su cuñado y que mejor oportunidad de entablar una relación amistosa con su futura familia política. Ramiro no pondría objeciones en eso.
- Me parece una excelente idea - replicó queriendo convencerse -. En realidad no me vendría mal algo de cafeína para llegar hasta el final del día.
No hubo ningún comentario al respecto ni un cambio brusco de dirección del automóvil. Apenas un leve asentimiento con la cabeza por parte del conductor como queriendo confirmar que había oído la repuesta o que ésta era satisfactoria.
El atardecer había pasado desapercibido entre las nubes y la bruma gris. La noche salpicada de faroles borrosos desfilaba apresurada a través del cristal de la ventanilla. La radio apenas murmuraba las estrofas de una vieja canción de Rita Coolidge, "...all's forgotten now, we're all alone oh oh we're all alone..", como una advertencia de la irrefutable realidad. Eva apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca y cerró los ojos. No quería seguir analizando las causas y los motivos de cada acción, necesitaba dejarse llevar por el momento sin cuestionarse cada hecho y cada palabra. Esta parecía una excelente oportunidad de pasar un rato agradable y pensaba aprovecharla. Abrió los ojos decidida a cambiar su actitud y miró a su acompañante. Algo en su expresión la inquietó. Sin saber porque, tuvo la certeza que, desde un primer momento, él se dirigía exactamente a donde quiera que la estuviera llevando ahora.
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EL INFIERNO DE EVA
Mystery / ThrillerTodo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal. Friedrich Nietzsche 1844-1900 ¿Cuantas veces podemos tomar decisiones equivocadas sin autodestruirnos? ¿Cuantas veces podemos decir te amo y arrepentirnos sin pagar las consecuencia...