Sería el evento de la temporada.
O por lo menos eso era lo que Ramiro le había informado al entregarle una larga lista de nombres para enviar las invitaciones. Para ella era, simplemente, una nueva ocasión en donde debería fingir ser una recién casada feliz y enamorada. Políticos, gente de la farándula, autoridades y conocidos deportistas figuraban entre los asistentes al torneo de polo que organizaban las empresas Montiel. La copa "Hipólito Montiel" y los premios del certamen figuraban entre los más codiciados del círculo polista local.
Ni siquiera había intentado convencer a su marido de liberarla de la obligación de jugar a la anfitriona. Aceptó las indicaciones y los encargos sin emitir opinión alguna y los cumplió al pie de la letra para evitar cualquier posible reprobación. Sabía que de nada valía quejarse y era que demasiado peligroso rebelarse. Había tenido que asumir, de una vez por todas, que debía desempeñar su papel a la perfección o aceptar las consecuencias. Ya no iba a luchar más en contra de la corriente, un par de días intentándolo solo le habían provocado mayores pesares.
Le costó mucho tomar la decisión que la despojaba de su orgullo y de su dignidad. Pero había acabado haciéndolo en silencio, entre las sábanas de la cama matrimonial donde, una vez más, Ramiro había dejado claro que las cosas serían a su manera por las buenas o por las malas.
La mañana era luminosa, agraviando así su oscuridad interior. El sol brillaba indiferente a su amargura sobre un cielo azul impoluto. El viento, compañero ineludible de los últimos días, les había brindado la gracia de su ausencia, decidiéndose a no soplar. En contra de lo habitual para esa época del año, era realmente agradable estar al aire libre. El torneo que se disputaría durante toda la jornada había atraído a gente de toda la región. Las personas habían comenzado a llegar desde temprano y ya había una multitud acomodada en las cercanías de la cancha de polo.
Eva dejó a sus espaldas la muchedumbre y los caballos y se dirigió hacia la mansión. Sabía que tendría que pasar varias horas haciendo sociales entre la concurrencia pero aún le quedaba algún tiempo antes de que comenzara el espectáculo. Había decidido volver a la casa para poder descansar sin tener la obligación de ser amable con personas que ni siquiera conocía. Una actitud que seguramente Ramiro reprobaría si no se hubiera ausentado, sin previo aviso, hacía un par de horas. De nada valía lamentarse ahora, tendría que sobrevivir a la jornada y esperar que los próximos días su esposo se embarcase en algún negocio que lo mantuviera ocupado y le diese la oportunidad de estar sola y en paz.
Cruzó el umbral de la puerta principal intentando decidir si subiría a su cuarto para dormir o solo se recostaría en algunos de los sillones a descansar. El embarazo, aunque aún no se había hecho evidente, agotaba su energía dejándola cansada y somnolienta la mayor parte del día. La casa estaba vacía y silenciosa a pesar de lo avanzado de la mañana. Todo el personal doméstico se encontraba trabajando en las carpas cercanas al torneo. Se paró en el hall principal mirando las escaleras con desconsuelo. Tal vez el living o la sala de lectura fueran más adecuados para esa pequeña pausa mañanera. Un movimiento extraño en el corredor llamó su atención. Resignada, Eva tuvo que admitir que su joven mascota estaba, nuevamente, haciendo de las suyas.
- ¿Otelo?
El gato no era más que una mancha negra al ras del suelo. Ella lo había salvado milagrosamente de entre las fauces de uno de los röttwailers de Ramiro cuando el estúpido animalito intentaba, vaya a saber por qué razón, entrar en los caniles de los feroces perros. Lo había llevado babeado y algo masticado, pero aún con vida, hasta la cocina para curarlo y darle de comer. De ahí en adelante, para desgracia de las empleadas, "Otelo" había adoptado la casa como su refugio seguro pero, lejos de comportarse, el ingrato felino acostumbraba destruir con sus afiladas garras, todo cuanto quedaba a su alcance.
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EL INFIERNO DE EVA
Mystery / ThrillerTodo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal. Friedrich Nietzsche 1844-1900 ¿Cuantas veces podemos tomar decisiones equivocadas sin autodestruirnos? ¿Cuantas veces podemos decir te amo y arrepentirnos sin pagar las consecuencia...
