CAPÍTULO 15

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Estaba libre.

Había sido solo cuestión de tomar la decisión y esperar el momento justo. El hombre rudo había bajado la guardia y le había dado la oportunidad que tanto necesitaba. No había demorado más que lo necesario para vestirse y colocar en un bolso de mano alguna de las prendas desparramadas por el piso del cuarto. Luego había recorrido de puntillas el mismo camino que habían hecho horas antes para escapar de la mansión. Las llaves del automóvil estaban en el panel central de la cochera, debidamente rotuladas, y el control del portón eléctrico exactamente donde debería estar. Tomó las del auto deportivo y tiró todas las restantes en un gran tacho con agua.

La legua de tierra que unía el casco con la ruta fue una prueba para su ansiedad. Zumbó por sobre los guardaganados que separaban los potreros y solo se detuvo ante el gran portón de rejas que no se dignó cerrar después de haber superado.

La vacía y oscura carretera se desplegaba frente a ella como la frontera entre el infierno de su matrimonio y la libertad. Aceleró el vehículo esperando que los cuarenta kilómetros que la separaban de la ciudad desaparecieran lo antes posible debajo de los neumáticos. Las lejanas luces de la urbe se le antojaron huidizas cada vez que una curva las colocaba fuera de su centro de atención. No se atrevió a encender la radio como si cualquier distracción pudiera jugar en su contra. Sabía que Ramiro estaba lejos y que, a pesar de los otros vehículos, tenía una importante ventaja de tiempo con respecto a Santillán pero aún así no se dignó relajarse. Solo veinte minutos después de haber iniciado su huída comenzó a respira con mayor normalidad.

Las luces intermitentes no accionaron ninguna señal de alarma en su mente. En la entrada a la ciudad y a esas horas de la noche, no eran extraños los operativos policiales. Bajó la velocidad pensando que era solo cuestión de rutina y se sorprendió cuando los efectivos le señalaron que debían aparcar en la banquina. Estacionó a pocos metros del móvil policial, bajó la ventanilla y espero impaciente que el agente se le acercase.

- ¡Buenas noches!

El tono del efectivo no auguraba una charla amena. Eva compuso una sonrisa austera y retribuyó el saludo.

- ¡Buenas noches!

El policía se inclinó hacia la ventanilla y escudriñó el interior del automóvil. Luego fijó su hosca mirada en ella.

- ¡Registro y cédula verde!

El pedido cotidiano la dejó mal parada. Por algunos segundos se preguntó cuál sería la mejor manera de salir del atolladero. La verdad es que no tenía idea donde podrían estar los papeles del coche y no creía que alguna excusa plausible fuese suficiente para que la dejasen continuar. Fingiendo una tranquilidad que no tenía, se estiró para abrir la gaveta.

El espejo lateral reflejó un movimiento inusual. En principio, no le llamó la atención la aparición de los otros policías hasta que vio el reflejo del arma a la luz de los vehículos. La certeza que sucedía algo extraño se acentuó cuando giró para encarar nuevamente al primer efectivo. Él había retrocedido y la apuntaba directamente con la pistola reglamentaria. La orden fue brusca y cortante.

- ¡Baje del auto!

La impresión le causó taquicardia. Temblando como una hoja abrió lentamente la puerta y se apeó del vehículo.

- ¿Qué está sucediendo, oficial? – preguntó sin poder ocultar su angustia.

El interpelado retrocedió dando lugar a una de sus compañeras que la colocó frente al coche y la palpó de armas. Los otros ingresaron al auto y retiraron sus pertenencias. A la señal de limpio, el primer agente se volvió a acercar.

EL INFIERNO DE EVAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora