CAPÍTULO 13

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La culpa la tenía ella.

Siempre exigiendo, siempre pidiendo, como si no entendiese que no podía dejar todo solo para complacerla. Él le había explicado que no había futuro, que debía conformarse con las noches robadas a la realidad de cada uno. Las discusiones habían llegado a desgastar tanto su relación que últimamente ya no le apetecía ni siquiera compartir un revolcón entre las sábanas. Sabía que tarde o temprano vendría el ultimátum y la extorsión. El llanto, las quejas y los reclamos insistentes ya se perfilaban en el horizonte.

Aquel día había estado más obstinada que lo habitual. Lo había llamado en varias ocasiones para suplicar que fuera a visitarla. Su marido estaba de viaje y ella le había dado la noche libre al personal. Harto ya de tanta persecución, decidió dar por terminada la historia. Confirmó su asistencia para altas horas de la noche y se preparó para lo inevitable.

Ella lo había esperado ansiosa, escasa de ropa y bañada en perfume. Las luces tenues, la música suave, el champagne en el balde de hielo, las copas de cristal labrado, las frutillas transpiradas, toda la escenografía dispuesta para la seducción.

Él había fingido caer nuevamente en sus redes, aceptar las demandas y analizar la posibilidad de dejarlo todo por un futuro en común. Solo habían sido una pantalla para disfrazar sus verdaderas intenciones. Sabía que si se negaba, ella inmediatamente pensaría en traicionarlo, tal como la habían hecho las otras. No tenía ninguna duda, pero él no le dio la oportunidad.

Caminó lentamente hacia el cuarto de baño y abrió la canilla del lavamanos. El agua barrió la hoja manchada de sangre dejándola otra vez impoluta. El reflejo de su hoja brillante dibujó figuras surrealistas en las cerámicas de la pared mientras la secaba con mucho cuidado antes colocarla en su vaina. Poco después, el gran cuchillo de caza desapareció nuevamente dentro del borceguí como si nunca hubiera existido.

Una vez más los hechos se habían consumado como por voluntad propia. Como si otra persona decidiera por él y no tuviera la fuerza de voluntad para oponérsele. Se miró al espejo en un intento de descubrir si la nueva marejada de eventos había conseguido marcarlo de alguna forma pero se encontró cara a cara con su yo inexpugnable.

Sabía lo que decían por ahí cuando se referían a sus actos. Lo catalogaban de cruel, de salvaje, de bestial. No sabían cuan equivocados estaban. Por supuesto que él no era un monstruo inhumano, solo reaccionaba cuando lo enfurecían y, lamentablemente, ella y las anteriores, lo habían desafiado.

Volvió al dormitorio con el ánimo aletargado. El golpe de adrenalina que lo llevaba a la acción luego le cobraba gran parte de sus ímpetus y le exigía concluir la tarea con un esfuerzo adicional. Miró el cuerpo de la mujer que yacía sin vida y sacudió la cabeza, abatido. Parecía una muñeca articulada que alguna niña había olvidado tirada después de jugar. El charco de sangre oscura la rodeaba como un marco macabro, resaltando aún más su palidez. Los ojos abiertos, fijos en el vacío, todavía parecían suplicarle otra oportunidad. No era algo bonito de ver y no lo hacía sentirse orgulloso pero no le había quedado más remedio que matarla. Si él no hubiera actuado a tiempo, ella habría convertido su vida en un infierno.

La culpa de todo era de las mujeres. Ya en los albores de la humanidad habían conseguido destruir lo que había de más preciado para el hombre. Por su causa, Adán había sido expulsado del paraíso. Confundido, engañado, seducido, había accedido a sus caprichos y sus ruegos para terminar desterrado del mundo que le habían prometido. Él no cometería el mismo error. Nunca, ninguna mujer, lograría que perdiera de vista su principal objetivo.

Recorrió la habitación confirmando que nada de lo que había pudiese, de alguna manera, conectarlo con la difunta. No quería que un simple descuido destruyese la perfecta vida que había logrado erigir con tanto esfuerzo. Todo su tiempo, toda su energía y todo su dinero puestos en pos de sostenerlo como un pilar de la sociedad. No podía permitir que una mujerzuela sin escrúpulos fuese la causante de su decadencia. Ella no se merecía su remordimiento, ni siquiera su pesar. No había dudado en traicionar, en engañar, en mentir para su propio beneficio. Así como lo había hecho con su esposo, en algún momento lo habría hecho también con él.

La noche era clara y fría cuando se escabulló de la casa por los ventanales del jardín. La bruma que se alzaba de la gran piscina rodeaba el parque con un halo fantasmal, colándose entre los árboles circundantes como un telón de fondo. El gran perro que dormitaba a pocos metros de la galería no le prestó atención. Estaba tan acostumbrado a sus incursiones nocturnas que lo aceptó como parte habitual del paisaje. En pocos minutos, atravesó el cerco perimetral de Laurentino y se perdió en la profunda oscuridad de los senderos vacíos.

Mientras las suelas gruesas quebraban las hojas escarchadas en su disipado éxodo, volvió a reprocharse por su necia turbación.

No era el responsable de lo sucedido. Apenas había actuado para evitar un mal mayor. La culpa era de las mujeres que siempre deseaban más de lo que uno les podía dar, como si la única obligación de los hombres fuera satisfacer sus ambiciones La culpa era de ella por haberlo llevado hasta el límite exigiendo que obedeciera todos sus caprichos. Él error era de ella. El pecado era de ella. El desliz, la imprudencia, la falta, el vicio, la mentira, la traición era todo de ella. Él no tenía la culpa.

La culpa era de Eva.

EL INFIERNO DE EVAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora