CAPÍTULO 22

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No pasaría ni una noche más en esa casa.

Lo había intentado, había hecho un gran esfuerzo, pero ya no soportaba más permanecer entre las paredes que le traían tan horribles recuerdos. Creyó poder esperar hasta instalarse en la nueva casa y comenzar a trabajar pero el ambiente frío y lóbrego del caserón se estaba cobrando su cordura. Ese atardecer, mientras las sombras iban cubriendo lentamente su alma, había resuelto hospedarse en un hotel y tomarse un tiempo para decidir qué haría con su vida.

Revisó sus pertenencias una vez más asegurándose que de no olvidar nada importante para esta primera etapa y cerró con cuidado la valija. El resto de sus cosas quedarían allí hasta que pudiera llevarlas directamente a su domicilio definitivo.

Cargó los bultos y se dirigió hacia las escaleras. La oscuridad de la planta baja llamó su atención. Creía haber dejado las luces del hall encendidas antes de subir para armar su equipaje pero, últimamente, no estaba segura de nada. Descendió los escalones con cuidado, apoyó las maletas y se dirigió hacia el interruptor.

La luz brillante la encandiló por un momento e iluminó la figura oscura e inmóvil que se encontraba a pocos metros de distancia. Su corazón dio un vuelto y estuvo a punto de gritar antes de reconocer el porte familiar.

- ¡Lautaro! – recriminó a media voz -. ¡Me asustaste!

Él la observó callado y luego miró hacia el bagaje apilado al pie de la escalera.

- ¿Huyes, Eva?

El innegable reproche en su tono logró hacerla sentir culpable. Era evidente que estaba aprovechando su ausencia para marcharse y, así, evitar la discusión a la ahora tendría que afrontar.

- No puedo quedarme ni un minuto más aquí – explicó afligida -. Esta casa me aterra.

Lautaro la miró ceñudo, moviendo la cabeza en un seco gesto de negación.

- ¿Cómo te atreves a decir eso de nuestro hogar? – murmuró hosco.

Ella sintió el resabio de la decepción en sus palabras pero no pudo hacerse cargo de todo el peso que acarreaba su fracaso. Más que nadie, había esperado con ansias que la historia tuviera un final feliz.

- Esto nunca fue un hogar – replicó apesadumbrada.

Sin querer profundizar en los motivos de su deserción, aprovechó el silencio que siguió a su alegato para cambiar de tema.

- ¿Qué haces aquí? – indagó curiosa -. Dijiste que no volverías por un par de días.

Un leve gesto de superioridad atravesó el rostro adusto de su interlocutor.

- Tienes razón, pero cambié de idea – presumió irritado -. Es una de las libertades que te brinda mi profesión.

Eva lo miró extrañada, intentando, inútilmente, comprender a que se refería.

- No te entiendo.

Él mudó, súbitamente, de actitud. El enojo pareció desaparecer bajo una dura capa de frialdad. La rigidez cambió por una displicencia relajada.

- Digamos que ser piloto privado, tener dinero y buenos contactos me permite ir y venir a mi antojo con mucha celeridad – se ufanó cáustico -. Ahora aquí, conversando contigo, en un par de horas a cientos de kilómetros, festejando con amigos.

Se acercó a ella y comenzó a juguetear con los rizos alborotados.

- No sabes cuánto tiempo y discreción pueden comprar el dinero – se jactó vanidoso – Mucho más que las amenazas y el terror. Ramiro nunca lo llegó a entender.

EL INFIERNO DE EVADonde viven las historias. Descúbrelo ahora