CAPÍTULO 9

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Era su santuario.

Ramiro se lo había aclarado poco después de la boda. Era su lugar privado y ella no tenía acceso salvo que él la llamase. El estudio de la mansión estaba reservado exclusivamente para el dueño de casa, pero ese día tendría que romper las reglas y entrar sin invitación. Había pasado varios días reuniendo el coraje suficiente para enfrentar a su marido y si dejaba pasar la oportunidad no sabía si volvería a tenerlo. Golpeó la gran puerta de roble y esperó hasta que él le indicó que pasara.

La inmensa habitación de grandes ventanas y pesados cortinados parecía estancada en el tiempo. El mobiliario, las fotos, los libros y cada uno de los accesorios decorativos ostentaban no menos de un centenario de vida. Totalmente fuera de lugar, la computadora personal de avanzada tecnología ronroneaba ufana sobre el gran escritorio. Frente a ella, sentado en su trono de gran señor, Ramiro trabajaba totalmente abstraído del resto del mundo.

Eva esperó pacientemente a que él levantara la vista para avanzar. Sabía que la había escuchado y que tenía absoluta conciencia de su presencia, pero no iba a permitir que esa actitud glacial la intimidara. Varios minutos después, su marido alzó la cabeza.

- ¿Eva? – su tono era claramente admonitorio.

Ella avanzó decidida hasta las sillas que estaban frente al escritorio y se sentó sin esperar que se lo pidiera.

- Necesitamos hablar – dijo resuelta.

Ramiro, algo extrañado por su actitud determinada, dejó a un lado los papeles en los que trabajaba y bajó la tapa de su notebook.

- Entonces, te escucho – respondió atento.

Sin encontrar la manera de comenzar con la conversación, Eva se removió un poco en la silla. El carraspeo impaciente de su marido le indicó que no tenía demasiado tiempo para perder.

- Las cosas no están bien, Ramiro – soltó antes de arrepentirse -. No sé si ya lo habías notado.

Su esposo alzó las cejas en señal de desconcierto.

- En realidad no lo había notado – comentó asombrado -. ¿Qué es lo que sucede?

Se sintió algo desorientada pues había esperado una respuesta afirmativa. Ante la postura negativa de su marido, las contrariedades deberían plantearse desde su realidad personal.

- Estoy sola, me siento sola – dijo afligida -. Aún peor, me siento como una prisionera.

Ramiro volvió a parecer confundido.

- Ésta es tu casa, Eva, no es una prisión – replicó él -. Además tienes libertad de ir y venir cuando quieras.

Ella resopló fastidiada. Si bien tenía que admitir que eso era cierto, también era verdad que no podía salir sin acompañante.

- Siempre estoy vigilada – dijo amargada -. Tu guardaespaldas me sigue a todas partes.

Su marido, algo perplejo, minimizó la queja.

- No te está vigilando, querida – explicó amable -. Solo te está cuidando.

Al no poder expresar sus carencias de la manera adecuada, ella se sintió frustrada. Todo lo que decía acababa pareciendo vago e infundado.

- Siempre me manejé sola y nunca necesité que nadie me cuidase – argumentó sintiéndose abrumada por la retórica retorcida de su cónyuge.

- Pero no eras mi esposa entonces – retrucó él –. Soy un hombre rico e influyente y pueden querer extorsionarme a través tuyo. No me voy a arriesgarme a que eso suceda solo por satisfacer tus caprichos.

EL INFIERNO DE EVADonde viven las historias. Descúbrelo ahora