La luz se cortó en el momento más inconveniente.
Ante la sorpresa, el cuchillo resbaló de su mano y se precipitó con estrépito en el suelo rozando su pie descalzo. Eva lanzó una maldición impropia para una dama y se acuclilló tanteando el suelo para poder recuperarlo. La oscuridad era absoluta salvo en breves instantes que la luz de los relámpagos irrumpía por las ventanas de la cocina e iluminaba el recinto con su flash cegador. Ella se sentó en el piso algo desorientada, sin saber cómo reaccionar al imprevisto. Pensó en quedarse allí y tomarse esa tregua de sus sentidos para poner en claro sus pensamientos. Podía buscar innumerables excusas para su temerario e, incluso, insensato comportamiento de esa noche, pero la realidad era que estaba jugando con fuego y se podía quemar. A pesar de tener en claro esa posibilidad, el deseo de romper las reglas y aventurarse en sendas prohibidas lograba abrirse camino entre la maraña de objeciones que su conciencia ponía a cada paso. Una nueva chispa de rebeldía cruzó por su mente cuando la voz de su otro yo quiso hacerse oír destacando las peores consecuencias que podría acarrearle su insensatez. Hasta ese día siempre había actuado con moderación y cautela y de nada le había servido.
Desde algún lugar en el fondo de la casona, la voz apagada Lautaro le indicó que las velas y los fósforos estaban en el segundo cajón de la derecha, interrumpiendo así sus divagaciones. Con un suspiro de resignación, ella se acomodó las mechas húmedas de cabello detrás de la oreja y como jugando al gallito ciego, comenzó a buscar los mencionados cajones.
Se había dado una buena ducha en cuanto entraron a la casa. Él le había preparado el baño en uno de los cuartos y le había dado las toallas antes de desaparecer por el pasillo. Al salir, encontró sobre la cama un conjunto deportivo algo grande pero apropiadamente seco. La remera de algodón rojo, era amplia, con mangas hasta el codo y le cubría hasta la cadera. El pantalón lograba ajustarle en la cintura gracias a un cordón elástico pero había tenido que dar varias vueltas a la botamanga para no arrastrarlo por el suelo. Había querido agradecerle la atención a su anfitrión pero él había desaparecido, probablemente para ducharse y cambiarse.
Encontró un paquete de velas en el cajón señalado y las dispersó por la cocina para poder seguir trabajando. La heladera, como era de esperar en la casa de un hombre solo, no tenía gran variedad de productos. Había revuelto todos los estantes y las gavetas hasta descubrir que las opciones se reducían a carne y ensalada. Estaba en plena faena de cortar los tomates cuando la luz se apagó. Al volver sobre sus pasos descubrió que el jugo de las frutas trozadas se derramaba sobre la mesada de mármol y el elegante piso. Fastidiada, dejó de lado sus reflexiones para limpiar el desorden y poder volver a poner manos a la obra.
El resplandor rojizo de la hornalla encendida acrecentó un poco la claridad del ambiente, recuperando algo de la calidez que la atmósfera lúgubre de la tormenta le quitaba. Sintió un cosquilleo de efervescencia al admitir que estaba cocinando casi a oscuras, en un lugar desconocido y para un hombre al que la unía un incierto parentesco pero que, en realidad, era un completo extraño. Desde donde la mirase, era una situación absurda y, para muchos, peligrosa, pero para ella, significaba sentir, por primera vez en mucho tiempo entusiasmo y expectativas por algo. Su corazón latía a un ritmo mucho más acelerado que el habitual, respiraba agitadamente y sentía un aleteo de mariposas en el estómago que, decididamente, no se debía al hambre.
Escuchó a Lautaro mucho antes de poder verlo. A pesar de la oscuridad, sus pasos seguros y determinados retumbaron primero por el corredor y luego en la sala contigua. El tenue reflejo que pronto iluminó las paredes aledañas le indicó que había conseguido más velas para poner en el comedor.
Eva esperó ansiosa que él apareciera en la cocina pero se llevó una desilusión. Sin querer profundizar en los motivos, sintió la necesidad apremiante de terminar la cena para poder ir adonde estaba. Cuando al fin concluyó los preparativos y llevó los platos servidos, se sorprendió al encontrarse la mesa preparada y unas elegantes copas de cristal colmadas de vino. Lautaro estaba sentado en la cabecera, con expresión distraída, como sumido en sus pensamientos. Ella se acercó en silencio y depositó con cuidado el plato delante de él.

ESTÁS LEYENDO
EL INFIERNO DE EVA
Misterio / SuspensoTodo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal. Friedrich Nietzsche 1844-1900 ¿Cuantas veces podemos tomar decisiones equivocadas sin autodestruirnos? ¿Cuantas veces podemos decir te amo y arrepentirnos sin pagar las consecuencia...