Capítulo 19

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La verdad es que Bates comienza a echarme la bronca, mi cerebro simplemente desconecta. Como no iba a perderme en los recuerdos, todo es como una tormenta, están llegando grandes recuerdos a mi cabeza, por ejemplo, mi hermana y yo jugando en un jardín, yo en el bosque dando un largo paseo, nuevamente yo en el mar nadando... Se ha roto el dique que los retenía. Pero lo que recuerdo es lejano, es antes de que la Tierra nos declarase la guerra. Yo la amaba, me encantaba ese mágico olor que desprende el bosque tras un día lluvioso, el olor a tierra mojada y ese olor del aire limpio, sin estar contaminado por los coches y las fábricas. Es como si el agua fuera capaz de purificarlo todo, se arrastrar y llevarse muy lejos lo peor.

Bates ha vuelto a preguntarme algo, pero no le estaba escuchando. Miro al guardia de ojos azules, buscando su ayuda, él asiente levemente, y yo le respondo que sí a Bates sin saber lo que ha dicho.

− Muy bien, entonces puedes quedarte aquí durante media hora. Disfruta de tu permiso en el exterior – dice Bates. Espero no haberle prometido algo demasiado difícil de cumplir a cambio del permiso. – Chicos vigiladle – añade.

− Gracias − le digo a Bates.

− No me las des – dice riéndose, mientras entra al edificio por la única puerta, por la que salí yo. Su risa me dice que esta media hora me va a salir muy cara.


Cuando la puerta se ha cerrado, camino hasta el banco que hay cerca de un sauce llorón, el sauce llorón siempre ha sido mi árbol favorito. Me quito la chaqueta que llevo, la dejo sobre el banco y me siento al cobijo del sauce.

El chico de ojos azules ordena al otro guardia que salga. Le acompaña a la puerta y la bloquea para que solo se pueda abrir desde fuera, es decir desde el recinto en el que solo quedamos él y yo. Se acerca a mí, se sienta a mi lado. Yo me tenso por la cercanía y él dice – No pasa nada, aquí ni hay cámaras ni micrófonos – como respuesta giro la cabeza hacia la cristalera – No nos pueden ver, están tintados, tú puedes ver quien se acerca a la puerta y recorre el pasillo, pero ellos no pueden vernos. Sabes que no me tienes que tener miedo, relájate.

− No – respondo en un susurro.

− Vale, disfruta de los veinte minutos que te quedan aquí. Recuerda que tienes que leer el cuaderno de notas que hay en tu arcón – dice. Tras esto se levanta y se coloca junto al banco, simplemente cumple la orden de Bates, me vigila.


Cierro los ojos y me relajo con el sonido del viento, que juega con mi pelo. Pero de repente siento que alguien coloca la chaqueta sobre mis hombros. Luego coloca su bazo debajo de mis rodillas y el otro en mi espalda, de repente ya me siento ingrávida, no toco el luego. Abro los ojos y me encuentro unos ojos azules que me devuelven una mirada tierna.

− Sigue durmiendo – dice el chico de ojos azules.

− Quiero ver la estrellas – digo. Se me hace raro, Jason Bates solo me iba a dejar veinte minutos aquí, en cambio es de noche. Cuando fui a hablar con Jason ni siquiera era la hora de comer.

− Tienes cinco minutos – dice sonriendo.

− Gracias – respondo en un susurro.

Las estrellas son preciosas, pequeños puntos de luz que son más grandes que yo, que siempre están ahí, que te acompañan incluso de día, que no te abandonan. Puntos de luz que te guían. Entonces recuerdo cuando en el jardín me tumbaba junto a mi madre en una manta y me enseñaba las constelaciones y sus nombres. Mis favoritas eran Pegaso y Orión, el cazador. Mi madre me decía que siempre debía saber localizar la Osa mayor, pues en ella se encuentra la estrella polar que siempre nos indica el norte, me decía que así nunca estaría perdida. Mis parpados caen suavemente, y antes de dormirme en los brazos del chico de aojos azules le digo nuevamente en un susurro, gracias.


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Siento haber tardado tanto en actualizar, pero aquí tenéis el nuevo capítulo.

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Mar de arena [En pausa]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora