Decimocuarto punto

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Sus ojos se posaron en los míos, pude notar dolor. Cruzó el jardín a paso lento y abrió la puerta de la entrada a la residencia en dónde vivía.

-Hola - dijo en voz muy baja.

Sin pensarlo dos veces lo abracé. Por primera vez.
Ni siquiera pensé en el dolor, ni en el último "buenas noches", ni en el adiós que nunca se dijo, sencillamente quería sentir su cuerpo junto al mío, sencillamente quería dejar de sentir frío.

Me posé sobre su hombro y deposité una lágrima en su camiseta negra mientras mis manos se entrelazaban con su sedoso cabello.
Él colocó sus manos en mi cintura para después abrazarme con toda la fuerza que poseía, tan fuerte que sentí a mi corazón crujir bajo la piel.

-B...
-Sh... porfavor, no digas nada, déjame sentirte antes de que te vayas.

Permanecí en silencio, aquellas palabras me dolieron.
"No quiero irme" pensé.

Continuamos en silencio y abrazados. Al cabo de varios minutos dí un paso hacía atrás desprendiéndome de su
cuerpo.

- ¿Vamos a dar un paseo? - dije intentado sostener la mirada.
-Claro - dijo bajito.

Caminamos tímidos por el mirador, como si nunca hubiéramos estado allí.

-¿Cómo has estado? - pregunté rompiendo el silencio incómodo.

-Bien... supongo. Algo liado con el instituto. ¿Tú?

-Igual que siempre.

Ahora sin ti.

-¿Cómo llevas las mates?

-Como siempre.

Esbocé una pequeña sonrisa que provocó su risa.

-No seas malo, no te rías.

-Es inevitable, eres muy graciosa.

Su risa terminó con la tensión que se respiraba entre nosotros. Su risa siempre tuvo ese don. Su risa tiene y tendrá siempre, también, el don de curarme.

Llegamos al final del bosque, y subimos al árbol. A mí árbol. Nos sentamos en su vieja rama roída por los años.

-¿Cómo sigue tu madre?

Gracias.

-Bien, ya está mejor.

-Me alegro - dijo con la sinceridad que lo caracteriza.

-Y yo - se río, y eso me deconcertó - ¿Por qué te ríes? - dije mirándolo.

La luz que se colaba entre las hojas del árbol dibujaba figuras estrañas en su rostro y sentí empatía hacia ese tierno chico.

De forma espontánea caí en su juego y empecé a reírme.

-Ya te lo he dicho, eres muy graciosa.

Sin pretenderlo la melancolía me invadió.

-¿Por qué? - dije apoyándome en su hombro.

-Porque eres espe...

-No tonto, eso no... Digo que, ¿por qué esto tiene que ser así?

-Tal vez porque somos muy distintos -dijo sincero en un suspiro.

Pues sí.

Tomé su mano e intenté unirla con la mía, creí que encajarían. Pero fracasé. Nunca han encajado, quizás nunca encajen.

-Tienes las manos frías. Cómo la primera vez que intentaste hacer eso, en Octubre - dijo sonriendo triste.

-Y tú las sigues teniendo igual de cálidas - le dije con una sonrisa que se volvió recíproca.

Pasaron las horas y hablamos sobre la vida y sobre su hermana pequeña que dentro de nada cumpliría un año. También de Daniel, y de Victoria y del futuro. Hablamos mientras yo recordaba que se hacía de noche.

Aproximadamente hacía las siete el cielo se tornó oscuro. Era hora de decirlo:

-Tengo que irme.

Salté del árbol sin mirar atrás. El impacto de mis pies contra el suelo me provocó cierto dolor. Quería correr hasta llegar a casa, porque siempre he odiado las despedidas, pero su voz me detuvo. 

-¿Por qué? ¿Dime por qué contigo todo es así?

-¿Cómo? - aparté la vista y miré al suelo. Esto me dolía demasiado.

Saltó también y puso sus manos sobre mis mejillas. Sosteniéndome para que no me fuera.

-Así, como siempre, con secretos y verdades a medias. 

No dije nada, las palabras no salían de mi boca.

-Dime, ¿ahora que hago? Cómo continuo después de esto? No te entiendo.

- Yo tampoco...

De verdad cariño, yo tampoco.

-¿Por qué no me quieres Isabelle?

Para B (aunque me refiera a ti en tercera persona).

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