El león masoquista

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Ya era de noche y no había comido nada desde el mediodía, en realidad no comí mucho ya que estaba tratando de ignorar a Jacob, tratando de averiguar lo que era Edward, cosa que ya no me preocupaba, pero debería. Era un vampiro.

-Tengo que atender tus necesidades humanas.-Dijo Edward colocando mi mano sobre mi abdomen, el cual producía un sonido muy molesto en protesta por el hambre. Era penoso.

-No, puedo resistir hasta mi casa.-Le mentí, seguramente me iba a desmayar en el camino.

-Bella, ¿Piensas despreciar la cena que preparó mi familia?-Preguntó Edward dramáticamente ofendido.

-Lo siento Edward, es que me da muchísima pena bajar, después de todo el escándalo que se for...-Un dedo frío y suave se posó sobre mis labios.

-Nada de esto es tu culpa, además. ¿Quién te dijo que bajarías a comer? Yo te traeré la comida.-Me dijo riendo y desapareciendo, sin permitir que se lo impidiera.

Era tan cortés y amable.

Me volteé a ver su colección de música, la mayoría era clásica e instrumental. Desde décadas pasadas hasta música actual. Edward tenía un siglo de vida, y por lo que pude suponer, su cultura en general debe estar increíblemente avanzada. Mientras tomé un CD al azar, lo solté al instante sintiendo un pinchazo en mi dedo, levanté mi mano para visualizarlo, había un punto marcado en la parte superior de mi dedo índice. Solté un bajo gemido de dolor al presionar el punto rojo.

-¿Te duele?-Apareció Edward sorpresivamente atrás de mi. Colocando una mano alrededor de mi cintura y con la otra tomando mi débil dedo.

-No, sólo es un punto Edward.-Repliqué.

-Bueno, si tú lo dices.-Dijo mientras fruncía un poco los labios, aparentando seriedad para no soltar su risa.

Mis ojos recorrieron el cuarto, había traído una pequeña mesa desplegable, tenía comida de todo tipo de la que había en el comedor, pero estaba delicadamente adornado con pétalos alrededor, formando un mantel de colores pasteles, que me dejaron totalmente fuera de mí.

-Alice es definitivamente obsesiva.-Suspiré.

-En realidad... No fue Alice, fue mi idea.-Susurró en voz baja, si hubiera podido sonrojarse, apostaría lo que sea porque lo hubiera hecho. Su postura se convirtió en incómoda, probablemente pensó que no me había gustado su tierno detalle.

-¿Tú...? Esto, Edward... Es...-Me había quedado sin palabras totalmente.

-Si te molesta, puedo quitarlas.-Repuso con la cabeza baja mientras se acercaba a la mesa a quitar los pétalos.

-No.-Me acerqué e impedí que las quitara.-Iba a decir que es muy dulce... En serio, me encantó.-Me encontré con su mirada, mientras aparté suavemente su mano de la mesa. Mis latidos empezaron de nuevo, apenas podía contarlos. Llevé su mano al lugar superficial de mi corazón.

-Eso es increíblemente maravilloso. Si el mío estuviera funcionando, te aseguro que sería mucho peor que eso.-Dijo refiriéndose con sus ojos a mi corazón.

-Es así cómo me siento cuando estoy contigo.

Me dirigió una mirada suave, que después se tornó confusa y dolorosa, su cara se movió lentamente a un lado y quedó mirando algo atrás de él.

-Creo que deberías comer algo, no quiero que desmayes.-Repuso cambiando el tema, pero sin dejar el dulce tono de voz.

-Yo creo también.-Murmuré colocando instintivamente mis manos alrededor de mi estómago de nuevo.

Me senté en su sillón de cuero blanco, y el procedió a hacer lo mismo después de colocar la mesa al frente de mi. A pesar de que me apenaba muchísimo comer "sola", no podía evitar probar esa comida que se veía exquisita y más aún cuando mi estómago tenía una sinfonía desde hace media hora. Me observó, siempre sonriendo, sus ojos se posaban en mí cómo si yo fuera una escultura de arte, una reina, algo fascinante, esto me incomodaba un poco, pero trataba de no poner atención a sus ojos dorados. Me pasé todo el rato hablando de lo deliciosa que había quedado esa comida, para ser "Vampiros", el arte culinaria humana lo tenían muy bien avanzado. Terminé mi tartaleta de fresas con una sonrisa de satisfacción en mi cara.

Mi Última VoluntadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora