Se oía a lo lejos cómo un carruaje se acercaba. Todos los trabajadores de la mansión esperaban delante de la puerta principal con aire sombrío a la espera de lo inevitable.
Sentí como mi pecho me oprimía cada vez más a medida qué llegaba el momento de ver a la señora de la casa. Comencé a sentirme ansioso hasta que no te cómo Roger, con el dedo meñique, acariciaba disimuladamente el dorso de mi mano. Lo miré de reojo viendo cómo sonreía levemente y noté calor en mis mejillas.
La tensión se notaba en el ambiente y los nervios de algunos afloraron más de lo que debían y segundos antes de que el carruaje de la señora Goldstein hiciera aparición Roger tomó mi mano y la apreto cariñosamente, lo mire de soslayo viendo una pequeña sonrisa en sus labios y le devolví el apretón. Sentí como la presión aumentaba hasta que, por fin, la puerta del carruaje se abrió y salió de él una mujer de mediana edad completamente vestida de negro. Su pelo era rubio platino, su rostro era de facciones duras y ojos verde oliva penetrantes.
El señor Goldstein se acercó a su esposa para darle la bienvenida pero ésta lo miró con desprecio. Roger y Erica se adelantaron unos pasos para saludar a su recién llegada madre.
-Tenemos asuntos que tratar.- Dijo sin siquiera mirar a su hijo mayor y siguiendo su camino hasta la mansión dejo atrás a todo el personal.
Se escuchó un suspiro de alivio colectivo y todos comenzaron a volver a sus quehaceres. Antes de regresar Roger me miró con cara de preocupación y entendí que quería que no me mostrase si no era necesario, así que fui directo a mi habitación.
Había pasado un buen rato y aún no sabía nada del pelirrojo. Estaba preocupado, dandole vueltas a lo que estaría sucediendo cuando un ruido proveniente de la puerta me sacó de mis pensamientos.
Abrí lentamente la puerta dejando solo una rendija para ver que sucedía y sin previo aviso se abrió de sopetón golpeándome en el hombro con fuerza y haciéndome caer. Sentado en el suelo miré a la persona que había delante de mi
Mis pupilas se contrajeron al ver esos ojos verdes que me miraban con tanto desprecio.
-Otra basura más bajo este techo. - Dio unos pasos hacia mi quedando a un costado, pisando con su tacón mi mano derecha con saña. Aguanté el dolor y mantuve la mirada apartada de ella.
-Dudo que estés a la altura de ser nada para "mi" familia, por lo tanto espero que tu estadía sea breve.
De repente entró la pequeña Shan ladrando como si estuviese poseída y se abalanzó a morder el tacón que tenía mi mano encima. La señora Goldstein miro al animal con repulsión y lo pateó lanzándolo lejos.
-Creo que no necesito decir nada más, ¿verdad? - y diciendo eso desapareció por donde había venido.
Shan se acercaba despacio a mi cojeando de una de sus patitas. Cerré la puerta rápidamente y vi como la perrita había regresado a su forma humana y ésta se sujetaba el hombro y le caían las lágrimas.
-Lo siento, no pude hacer nada más contra esa bruja despiadada. - se frotó los ojos con el dorso de la mano y se levantó.
-Espera, tengo que curarte. - Al decir eso ella me sonrió y se sentó mirándome la mano que había sido pisada con saña.
-No te preocupes, esto no es nada en comparación a lo que nos ocurrió en el lago...
Una hora mas tarde Roger fue a mi habitación y vio como Shan descansaba sobre el sofá nuevamente en su forma animal, y yo me colocaba un pequeño vendaje para que el ungüento que me había aplicado cumpliese su función. El pelirrojo se arrodilló ante mí y sujetando mi rostro se disculpó por no estar cuando me hacía falta.
-No te preocupes, se que a la próxima estarás ahi para mi. -y diciendo esto besé su frente mientras el se aferraba a mi cintura.
Las cosas no iban a ser fáciles.
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Mi Señor
RastgeleEn los tiempos que corren hacer magia está prohibido. La única forma que Alais tenía de ganarse la vida es delito. Teniendo que huir al reino vecino, en el cual nadie lo conoce, comienza de cero pero esta vez como sirviente de la noble familia Golds...
